La inminente ruptura de la Unión Soviética

Después de la rápida sucesión de Yuri Andrópov y Konstantín Chernenko, figuras de transición con fuertes raíces en la tradición breznevita, el relativamente joven y enérgico Mijaíl Gorbachov llevó a cabo cambios significantes en la economía y en el liderazgo del partido. Su política de glásnost liberó el acceso público a la información después de décadas de represión gubernamental. Pero Gorbachov fracasó al tratar de enmendar la crisis esencial del sistema soviético; en 1991, cuando una conspiración de personas próximas al gobierno con el Golpe de Estado de 1991 en la URSS reveló la debilidad de la posición política de Gorbachov, el fin de la Unión Soviética estaba próximo…

La inminente ruptura de la Unión Soviética

Al final de la Primera Guerra Mundial, los grandes imperios Otomano, de los Habsburgo y los Románov se derrumbaron, dejando Europa Oriental y Eurasia en el caos. Solo el imperio Ruso acabó reconfigurado bajo el liderazgo bolchevique. Stalin lo condujo por la senda de la industrialización y la agresión Nazi acabó convirtiéndolo en una superpotencia rival de los Estados Unidos. La economía centralizada acabó demostrándose menos sostenible con las tecnologías postindustriales y con las demandas de una nueva clase media y una burocracia forjada bajo su tutelado. La Perestroika anticipó el desmantelamiento de la economía, y la glasnost permitió a las minorías étnicas y los nacionalistas, hasta entonces invisibles para el público, adquirir notoriedad. Cuando Gorbachov trató de reformar el partido, debilitó los vínculos que cohesionaban el Estado y la Unión.

A causa de la posición dominante de los rusos en la Unión Soviética, la mayoría no le prestaba especial atención a las diferencias entre Rusia y la URSS antes de finales de los 80. Sin embargo, el hecho de que el régimen estaba dominado por rusos no implicaba que la RSFR estuviese especialmente beneficiada por esta coyuntura. De hecho, Rusia carecía de los escasos instrumentos de soberanía que las otras repúblicas tenían al menos, como sus respectivas ramas del Partido Comunista, la KGB, consejo de sindicatos, Academia de las Ciencias y similares. La razón de esto es que, de haber existido ramas de dichas organizaciones en la RSFR, habrían amenazado las estructuras de poder de la Unión. A finales de los años 80, Gorbachov subestimó la importancia de la República Socialista Federativa de Rusia, que emergió como un centro de poder rival de la Unión Soviética. Una reacción nacionalista rusa contra la Unión llegó cuando muchos rusos empezaron a creer que Rusia había subsidiado a otras repúblicas, cada vez más pobres, con petróleo barato, por ejemplo. Las demandas de unas instituciones propias habían crecido en Rusia y, cuando el nacionalismo ruso fue claramente patente al final de la década, aparecieron tensiones entre los que pretendían conservar una Unión cohesionada y los que pretendían crear un estado ruso fuerte. Estas tensiones acabaron personificándose en la lucha de poder entre Gorbachov y Borís Yeltsin. Eliminado de la política de la Unión por Gorbachov en 1987, Yeltsin, un hombre de partido a la vieja usanza sin ningún antecedente de disidencia, necesitaba una plataforma alternativa para desafiar a Gorbachov. La creó representándose a sí mismo como un nacionalista ruso y un demócrata convencido. Tras un golpe de suerte, logró ser elegido presidente del soviet supremo de la república rusa en mayo de 1990, convirtiéndose de hecho en el primer presidente electo de Rusia. Al mes siguiente, blindó la legislación otorgándole a las leyes rusas prioridad sobre las leyes soviéticas y reteniendo dos terceras partes del presupuesto.

El golpe de agosto de 1991 por comunistas de la línea dura fracasaría con la ayuda de Yeltsin. Los cabecillas del golpe pretendieron salvar el partido y la Unión; sin embargo, apresuraron el colapso de ambos. La Unión Soviética se disgregó oficialmente el 25 de diciembre de 1991. El acto final del traspaso de poder de la Unión Soviética a Rusia fue la cesión, de Gorbachov a Yeltsin, de las maletas conteniendo los códigos para desplegar el arsenal nuclear. A mediados de los años 90, Rusia era una democracia multipartidista, mas era difícil asegurar un gobierno representativo a causa de dos problemas estructurales: el enfrentamiento entre el presidente y el parlamento, y el anárquico sistema de partidos. Aunque Yeltsin ganó prestigio en el extranjero al mostrarse como un demócrata para debilitar a Gorvachov, su concepción de la presidencia era muy autocrática, actuando bien como su propio primer ministro, hasta junio de 1992, o bien nombrando para tal cargo a gente de su confianza, sin tener en cuenta al parlamento. Mientras, la excesiva presencia de partidos minúsculos y su rechazo a formar alianzas coherentes dejaba la legislatura ingobernable. Durante 1993, el contencioso entre Yeltsin y el parlamento culminaría con la crisis constitucional de octubre. Ésta llegó a su punto crítico cuando, el 3 de octubre, Yeltsin mandó a los tanques a bombardear la Casa Blanca (Moscú). Con este trascendente e inconstitucional paso de disolver a cañonazos el parlamento, Rusia no había estado tan cerca del enfrentamiento civil desde la revolución de 1917. A partir de entonces, Yeltsin dispuso de entera libertad para imponer una constitución con fuertes poderes presidenciales, que fue aprobada en referéndum en diciembre de 1993. Sin embargo, el voto de diciembre también supuso un avance importante de comunistas y nacionalistas, reflejo del creciente desencanto de la población con las reformas económicas neoliberales.

Pese a llegar al poder en un ambiente general de optimismo, Yeltsin nunca recuperaría su popularidad tras apoyar la “‘terapia de choque” económica de Yegor Gaidar: fin del control de precios de la era soviética, recortes drásticos en el gasto público y la apertura al comercio exterior en 1992. Las reformas devastaron inmediatamente la calidad de vida de la gran mayoría de la población, especialmente en aquellos sectores beneficiados por los salarios y precios controlados, los subsidios y el estado del bienestar de la época comunista. Rusia sufrió en la década de los noventa una recesión económica más grave que la Gran Depresión que azotó los Estados Unidos o Alemania a principios de los años 1930. Las reformas económicas consolidaron una oligarquía semicriminal enraizada en el viejo sistema soviético. Aconsejada por los gobiernos occidentales, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, Rusia se embarcaría en la más grande y más rápida privatización jamás llevada a cabo por un gobierno en toda la historia. A mediados de década, el comercio, los servicios y la pequeña industria ya estaban en manos privadas. Casi todas las grandes empresa fueron adquiridas por sus antiguos directores, engendrando una clase de nuevos ricos cercanos a diversas mafias o a inversores occidentales. En la base del sistema, a causa de la inflación o el desempleo, muchos obreros acabaron en la pobreza, la prostitución o la delincuencia. A pesar de todo, un supuesto regreso a la economía dirigida parecía casi imposible, contando con el rechazo unánime de Occidente. La economía Rusa encontró el fin del calvario con la recuperación a partir de 1999 en parte gracias al alza de los precios del crudo, su principal exportación aun quedando lejos los niveles de producción soviéticos.

Tras la crisis financiera de 1998 Yeltsin se encontraba en el ocaso de su trayectoria. Solo unos minutos antes del primer día de 2000, dimitió por sorpresa dejando el gobierno en manos de su primer ministro, Vladímir Putin, un antiguo funcionario del KGB y jefe de su agencia sucesora tras la caída del comunismo. En 2000, el nuevo presidente derrotó con facilidad a sus contrincantes en las elecciones presidenciales del 26 de marzo, ganando en primera vuelta. En 2004 fue reelegido con el 71% de los votos y sus aliados ganaron las legislativas, pese a las reticencias de observadores nacionales y extranjeros sobre la limpieza de los comicios. Se hizo aún más patente la preocupación internacional a finales de 2004 a causa los notables avances en el endurecimiento del control del presidente sobre el parlamento, la sociedad civil y los representantes regionales…[1]

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La Factoria Historica


[1]Cohen, Stephen. Failed Crusade: America and the Tragedy of Post-Communist Russia. Nueva York: W.W. Norton, 2000. ISBN 0-393-32226-2; Fairbanks, Jr., Charles H. 1999. “The Feudalization of the State.” Journal of Democracy 10(2):47–53; Paul R. Gregory y Robert C. Stuart, Russian and Soviet Economic Performance and Structure, Addison-Wesley, séptima edición, 2001. ISBN 0-321-07816-0; Medvedev, Roy. La Rusia Post-soviética. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 2004. ISBN 84-493-1634-0; Moss, Walter G. A History of Russia. Vol. 2: Since 1855. 2da ed. Anthem Press, 2005. Capítulo 22. ISBN 1-84331-034-1

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