El martirio de San Bartolomé

La obra llamada El martirio de San Bartolomé es un lienzo de Tiépolo, hecho en sus primeros años en Venecia. El testamento de Andrea Stazzio, patricio de Venecia, indicaba la realización de varias obras sobre la vida de los doce apóstoles para la iglesia de San Stae. Entre los pintores a los que les fue encargada esta comisión se encontraban Sebastiano Ricci y Giovanni Antonio Pellegrini, además de Tiépolo. Cada artista debería realizar una pintura sobre la vida de un apóstol, y a Tiépolo le tocó en suerte representar a San Bartolomé. Los cuadros estaban originalmente planeados para situarse en una de las naves del templo pero finalmente se ubicaron en el presbiterio, donde aún se encuentran. Se trata de una pieza con coloración oscura y sumo dramatismo…

El martirio de San Bartolomé

A pesar de pertenecer al primer período de Tiépolo, posee un acertado realismo en las figuras. El cuadro muestra el momento del martirio, cuando Bartolomé es despojado de su piel. Domina la composición una diagonal que dibuja el cuerpo del santo entre sus víctimas, reflejando la crueldad del momento captado. La vehemencia con que el apóstol encauza sus brazos hacia el cielo, sugiriendo una alusión a la figura divina, subyace el rayo de luz que viene desde lo alto. A la postre, Tiépolo se trasladaría a España, donde algunas de sus obras serían observadas y estudiadas por el joven Francisco de Goya, que también debió de haber visto este cuadro en su viaje a Italia en 1771.

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                                      El martirio de San Bartolomé

La violencia que irradia este lienzo fue repetida por el maestro aragonés en su cuadro El tres de mayo de 1808 en Madrid[1]

La Factoria Historica


[1] Giovanni Battista Tiepolo era hijo de un corredor de barcos. Su maestro fue Gregorio Lazzarini, pero aprendió aún más de la obra de los maestros que le precedieron: Tiziano, Tintoretto y, sobre todo, Veronés. Es el más grande decorador del siglo. En 1719 se casó con una hermana del vedutista Francesco Guardi, Maria Cecilia, de la que tuvo nueve hijos, dos de los cuales fueron también buenos pintores: Lorenzo y en especial Giovanni Domenico Tiepolo, que comenzó a colaborar con él en la década de 1740. Pintor fecundo e imaginativo, alcanzó enorme éxito, y recibió encargos de Venecia, Milán, Bérgamo y Vicenza. Fue asistido en Venecia por un experto en perspectiva, Gerolamo Mengozzi-Colonna. El éxito de estos frescos hizo que se le contratara en otros lugares de Europa, como la Residencia de Wurzburgo y, al final de su carrera, en Madrid. Partió a Madrid (donde fallecería), llamado por el rey Carlos III, a principios del año 1762. Su tarea principal fue decorar al fresco varios techos del Palacio Real de Madrid. Acudió con sus hijos Giandomenico y Lorenzo. Viudo de Maria Cecilia Guardi, le acompañó su nueva novia, mucho más joven que él y frecuente modelo de sus figuras femeninas. Sus principales trabajos en Madrid fueron los frescos del Palacio Real (a destacar los del Salón del Trono) y una serie de cuadros para el altar del Convento de San Pascual (Aranjuez). Cuando falleció, su estilo empezaba a ser cuestionado y este altar fue desmontado y mutilado, para ser sustituido por otras obras al gusto neoclásico que imponía Mengs. En una primera época siguió el estilo de Giovanni Battista Piazzetta, Federico Bencovich y Sebastiano Ricci. El claroscuro del barroco da paso en él a los colores claros. En Venecia desarrolla un nuevo género, las vedutte, esto es, vistas minuciosas de Venecia, muy estimadas por los viajeros extranjeros. Habiendo conocido un gran éxito por sus obras de Venecia y Bérgamo llegó a distanciarse del academicismo. Excelente pintor, influyó en Goya debido a una notable técnica que posteriormente alcanzaría un gran reconocimiento: la «iluminación» de partes precisas del cuadro. Los colores claros resaltan impresiones o ideas tales como la pureza o lo divino. Tenía una gran facilidad para el dibujo. Sus composiciones son etéreas, llenas de gracia. Sus techos pintados, de efecto ilusionista, engañan a la vista y parecen abiertos al cielo. Para sus temas bíblicos y mitológicos, introducía fondos arquitectónicos al estilo de Veronés. Su colorido es más claro y ligero que el de Tiziano o Rubens, con tonos nacarados, si bien maneja el pincel con soltura, sin buscar un efecto liso como Mengs y otros pintores neoclásicos posteriores. Su producción es en gran porcentaje religiosa, por encargos de iglesias y cofradías venecianas. Abunda en cuadros de apariciones, visiones celestiales y temas de martirio. Por exigencias decorativas, suelen ser composiciones verticales muy alargadas, dividiendo el espacio entre una zona celeste y otra terrenal. Inspiró a autores muy posteriores, como Jules Chéret (1836–1933), el primero de los grandes cartelistas que produjo sistemáticamente grandes carteles litográficos en color.

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