Guerra de Melilla

El 9 de julio de 1909, un capataz y trece trabajadores españoles fueron tiroteados cuando iniciaban la jornada laboral en la construcción del ferrocarril minero de Beni Bu Ifrur a Melilla, resultando muertos cuatro de ellos. Los demás lograron escapar y regresar a Melilla subiéndose a la locomotora de la Compañía del Norte Africano. Inmediatamente salieron de Melilla dos compañías al mando del teniente coronel Baños, penetrado en el «campo moro» en auxilio de los españoles y haciendo diecinueve prisioneros, de los que solo dos permanecieron en prisión acusados de haber participado en el ataque. El diario de Melilla El Telegrama del Rif tituló al día siguiente: «Cobarde agresión. Españoles muertos». Este ataque de «marroquíes desleales a la generosa nación española», como los llamó el general Marina, comandante general de la plaza, fue el que desencadenó la Guerra de Melilla. El día 10 de julio el gobierno español, presidido por Antonio Maura, decretaba la movilización de las Brigadas Mixtas de Madrid, Cataluña y el Campo de Gibraltar, además de otras unidades militares que complementarían a las Brigadas, para ser enviadas desde la península a Melilla. La orden de movilización, que incluía la llamada a los reservistas de los cupos de 1902 a 1907, muchos de ellos padres de familia con esposa e hijos, desató una oleada de protestas en muchos lugares, y especialmente en Barcelona y en el resto de Cataluña, donde se producirán los sucesos de la Semana Trágica, entre el lunes 26 de julio y el domingo 1 de agosto…

 Guerra de Melilla

Después del primer ataque del día 9, las cabilas rebeldes, integradas por la mayoría de las cabilas de Guelaya y del Rif central y occidental y dirigidas por el jerife Mohamed Amezian, de la cabila de Beni Bu Ifrur, y por su lugarteniente el Chadly, de la cabila de Mazuza, comenzaron a hostigar Melilla desde sus posiciones en el cercano monte Gurugú, provocando una tensión en la ciudad, que contaba con unos 12.000 habitantes, que no se vivía desde la Guerra de Margallo o Primera Guerra del Rif de 1893. Sin embargo las obras en la línea férrea se reanudaron el día 12 bajo la protección de las tropas españolas y gracias a la cooperación de algunos caídes «afectos a España» de la cabila de Mazuza, lo que según el general Marina:

«demuestra al mundo civilizado y a los marroquíes que no es una lucha la entablada entre españoles y rifeños, sino simplemente una operación de policía contra los levantiscos, contra los que olvidando los favores recibidos, atropellan bárbaramente a indefensos obreros y se oponen a la obra de progreso que nuestra nación está obligada a realizar en Marruecos».

Una de las acciones militares emprendidas por los mandos militares españoles fue el bombardeo desde el mar de los aduares, aldeas de cabañas, situados en la costa con el objetivo de disuadir a los rifeños que se sumaran a la harca, expedición militar, encabezada por Mohamed Amezian, además de destruir los cárabos, pequeñas embarcaciones, que recorrían la costa trayendo armas desde el Rif occidental. El día 18 de julio tuvo lugar el primer combate importante en el monte Si Ahmed el Hach, cuando las cabilas atacaron las posiciones españolas. En el combate del día 23 hubo trescientas bajas españolas, entre muertos y heridos.

Campaña de Melilla

Enlace directo: Historia contemporánea de España

Ver también: Historia de Catalunya

En la noche del 26 al 27 de julio los rifeños consiguieron levantar una parte de la línea férrea ya construida, lo que motivó que desde Melilla salieran dos columnas, una al mando del coronel Fernández Cuesta y otra integrada por tres batallones de la Brigada de Madrid recién desembarcada, al mando del general Pintos. Esta última fue atacada por las cabilas rebeldes causando numerosísimas bajas: 17 jefes y oficiales, además del propio general Pintos, y 136 hombres de tropa y soldados muertos; 35 jefes y oficiales, y 564 hombres de tropa y soldados heridos. Total: 752 bajas. Esta derrota fue llamada el desastre del Barranco del Lobo, que, según la historiadora María Rosa de Madariaga, se explica, además de por las decisiones equivocadas tomadas por los mandos, por las desastrosas condiciones físicas y morales de las tropas:

“equipamiento deficiente y obsoleto, bajísimo nivel de instrucción, pésimas condiciones sanitarias…, a todo lo cual venía a sumarse la ausencia total de espíritu combativo y de moral… Estas tropas sin ninguna experiencia en el combate en tierras africanas fueron las que el alto mando envió a batirse en el combate del día 27. En su declaración ante la Comisión de Responsabilidades del Congreso [formada en julio de 1923 para determinar las responsabilidades en el Desastre de Annual], el general Cabanellas admitió que se había censurado entonces al alto mando por emplear batallones como el de Figueras y Las Navas [de la Brigada Mixta de Madrid], que inmediatamente después de desembarcar fueron al combate. Agotados por el largo viaje y sin haber recibido el menor entrenamiento, la decisión de emplearlos en el combate en aquellas condiciones era llevarlos al matadero”.

La Guerra en 1909

Enlace directo: Desembarco en Larache

Tras el desastre del Barranco del Lobo, las operaciones militares españolas no se reanudaron hasta el 20 de septiembre, porque como reconoció el propio general Marina había que «rehacer el espíritu de aquella gente, bastante quebrantado», antes de que volvieran a combatir. El día 26 era ocupada Nador, el 27 Zeluán (donde se produjeron actos de pillaje por parte de las tropas españolas) y el 29, por fin, el monte Gurugú, aunque el ejército tardaría todavía tres meses en acabar completamente con la rebelión. Según María Rosa de Madariaga,

“frente a los planes del gobierno de limitar las acciones a «castigar a las cabilas» responsables de las agresiones y restablecer «el orden y la tranquilidad» en el territorio, el general Marina, excediéndose en sus atribuciones, habría ido más allá de las órdenes recibidas con el avance de las tropas a Zeluán y el combate de Beni Bu Ifrur. Todo parecía indicar que habría actuado siguiendo los planes de un poder por encima del gobierno, que no sería otro que el propio Alfonso XIII”.

El sultán Muley Hafid protestó por la invasión del Rif oriental pero las tropas españolas no llegarían a evacuar nunca los territorios ocupados en 1909, cuyo dominio quedó asegurado con el establecimiento del Protectorado en 1912. El número total de bajas españolas en la guerra de Melilla ascendió a 2.235, de las que 358 fueron muertos…[1]

La Factoria Historica


[1] El Rif, región montañosa del norte de Marruecos se consideraba «zona de influencia española» por el tratado firmado con Francia el 5 de octubre de 1904. Francia, por su parte, había firmado el mismo año la Entente Cordiale merced a la cual Gran Bretaña le daba vía libre a la penetración colonial en Marruecos, y había forzado la firma por parte del sultán Abd al-Aziz de varios tratados en función de los cuales el Estado jerifiano hacía dejación de varios de sus poderes en favor de la potencia extranjera, preludiando lo que años más tarde sería el régimen de protectorado. El Rif, región de lengua y cultura bereber, pertenecía a la parte de Marruecos conocida como Bled es-Siba o País del Desgobierno, donde la autoridad política del sultán no había sido nunca efectiva. Los rifeños, por tanto, no se consideraban implicados por los acuerdos que pudiera haber alcanzado el Majzen (poder central) con las potencias europeas. Desde 1903 una parte del Rif estaba bajo el control de Yilali Mohamed el-Yusfi ez-Zerhuni, apodado Bu Hamara (o Abu Himara, “el del asno”), el Rogui o el Pretendiente, que había participado activamente en la campaña contra la supresión del impuesto coránico decretado por el sultán Abd el-Aziz, y que fingió ser Muley Mohamed, el hijo mayor del anterior sultán Muley Hassan, quien tenía como misión librar a Marruecos de los cristianos a los que el sultán se había “vendido”. Así en 1902 Bu Hamara fue proclamado sultán en Taza, pero al ser expulsado de allí por la mehala (cuerpo de ejército regular) enviada por Abd el-Aziz se estableció en la alcazaba de Zeluán (cabila de Beni Bu Ifrur) desde donde consiguió imponer su autoridad sobre las cabilas de Guelaya en el Rif oriental. Cuando se descubrió que el territorio de la cabila de Beni Bu Ifrur albergaba riquezas mineras, Bu Hamara concedió en 1907 la explotación de las minas de plomo argentífero de Afra a la Compañía del Norte Africano, de nacionalidad española pero de capital francés, y las de hierro a la Compañía Española de Minas del Rif, propiedad de la familia del conde de Romanones y de la casa Güell, emparentada con el marqués de Comillas. La concesión también incluía el permiso para construir un tren minero que uniera los yacimientos con el puerto de Melilla. Las concesiones hechas a los extranjeros para que explotaran las riquezas de la región fueron rechazadas por las cabilas y en octubre de 1908 iniciaron un alzamiento contra Bu Hamara, que estuvo acompañado con el hostigamiento contra los españoles que trabajaban en las minas. La revuelta triunfó finalmente y el 4 de diciembre Bu Hamara fue expulsado del poder. El trabajo en las minas y la construcción del tren minero quedaron entonces paralizados, por lo que las dos compañías concesionarias presionaron al gobierno español, presidido por el conservador Antonio Maura, para que desplegara las tropas de la guarnición de Melilla y pudiera reanudarse así la actividad. El gobierno español al principio esperó a que el sultán Muley Hafid, que había destronado a su medio hermano Abd el-Azid, impusiera su autoridad sobre el Rif y reconociera las concesiones mineras hechas por Bu Hamara, pero finalmente cedió a la presión ante la amenaza de la Compañía del Norte Africano de pedir la protección de las tropas francesas estacionadas en la vecina Argelia, lo que hubiera puesto en peligro las aspiraciones españolas a controlar su “zona de influencia” en el norte de Marruecos. Así el 7 de junio de 1909 se reanudaba la construcción del ferrocarril a pesar de no haber obtenido aún el consentimiento del sultán (con el que el gobierno español siguió negociando) y de no contar con el apoyo de la mayoría de las cabilas del Rif oriental, que amenazaron con responder. En los días siguientes se produjeron pequeños incidentes, durante los cuales soldados españoles apresaron a algunos insurgentes cabileños

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