La familia de Carlos IV

Desde 1789 Goya era pintor de cámara de la corte del rey Carlos IV. En esa condición, e incluso antes, retrato de Carlos III en traje de corte, Banco de España, 1787, había tenido ocasión de retratar a los reyes, aunque siempre de forma individual y no en grupo. En la primavera de 1800, pocos meses después de haber sido nombrado primer pintor de cámara, recibió el encargo de ejecutar un gran retrato de toda la familia real. Gracias a las cartas de la reina María Luisa de Parma a Manuel Godoy puede conocerse paso a paso el proceso de creación y composición del cuadro. Goya comenzó a trabajar en él en mayo de 1800, cuando la familia real pasaba una temporada en el Palacio de Aranjuez. Entre mayo y julio realizó los bocetos con los retratos del natural de cada uno de los miembros de la familia real. Por deseo de la reina el pintor los retrató por separado, lo que evitó que todos juntos debieran posar durante largas y tediosas sesiones…

 La familia de Carlos IV

Todos los bocetos tienen como característica principal una imprimación rojiza y rasgos faciales construidos en un solo tono, al igual que las masas principales. Al final, una vez definidos los planos y las proporciones, se añadían los matices de color. El 23 de julio Goya presentó la minuta de los diez retratos, de los que sólo se conservan cinco autógrafos, todos ellos en el Museo del Prado: La infanta María Josefa, El infante Carlos Isidro, El infante Francisco de Paula, El infante Antonio Pascual y Luis, rey de Etruria. De los bocetos perdidos se conocen copias hechas por Agustín Esteve o por el taller repartidas por diversos museos y colecciones, entre ellos el retrato del futuro Fernando VII que está en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Finalmente, Goya trabajó en el cuadro definitivo entre junio de 1800 y diciembre de 1801, cuando fue presentado al rey. Se ha dicho que el cuadro no suscitó el entusiasmo de la familia real, que esperaba una pintura más grandiosa, semejante a La familia de Felipe V, de Van Loo. Sin embargo, no fue mal acogido.

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La familia de Carlos IV

Carlos IV aludía a él castizamente como el retrato «de todos juntos», y parece que sus protagonistas se vieron fielmente representados y pudieron quedar complacidos, como muchos de los personajes retratados por Goya con igual sinceridad y verismo, pues el pintor les dotaba de una apariencia vívida y un aire de dignidad y decoro como pocos pintores de la época podían alcanzar. De hecho, si se comparan sus retratos con otros contemporáneos, se puede observar que Goya los pintó notablemente favorecidos, tratando de «servir a sus señores del mejor modo posible». Pese a ello, en el pasado se vio en el cuadro una crítica de Goya a la monarquía, con alusiones al aspecto aburguesado de los protagonistas, que Goya no habría tenido inconveniente en trasladar al lienzo. Se cuenta en ese sentido que Pierre-Auguste Renoir, al visitar el Museo del Prado y ver este cuadro, exclamó: «el rey parece un tabernero, y la reina parece una mesonera…o algo peor, ¡pero qué diamantes le pintó Goya!»…[1]

La Factoria Historica


[1] A diferencia de los países nórdicos en España el retrato colectivo fue escasamente practicado. Existían precedentes en asuntos de género religioso, con grupos de donantes. Podrían considerarse dentro de este género algunas composiciones más complejas, como El entierro del Conde de Orgaz del Greco o la Adoración de la Sagrada Forma por Carlos II de Claudio Coello. Pero en un sentido más estricto, el único que podría considerarse como retrato de la familia real hasta el momento eran Las Meninas, de Velázquez, único antecedente directo español de La familia de Carlos IV. La familia de Felipe V de Van Loo, es el paradigma de los retratos grupales en la Corte española de los Borbones. Destaca en el cuadro una soberbia escultura, un pomposo mobiliario y las actitudes idealizadas de los miembros de la Familia Real, a fin de legitimarlos y aproximarlos a un ideal de raza y belleza. Todas estas características son desechadas por Goya, quien muestra a los reyes de un modo más humano. Ya en una ocasión anterior Goya había incorporado su autorretrato en un retrato colectivo encargado por un miembro de la familia real: La familia del infante don Luis (1783, Parma, Fondazione Magnani-Rocca). Conociendo su admiración por la obra de Velázquez, es razonable suponer que al hacerlo así tuviese en mente el ejemplo de Las Meninas, pero cabe que fuese el propio infante quien le sugiriese hacerlo de ese modo a fin de dar mayor realce al encargo. Por otro lado, Goya concibió la escena en esta ocasión de un modo más moderno, al representar al infante de perfil, sentado ante una mesa cubierta con un tapete verde y las cartas de una baraja sobre ella, rodeado por los miembros de su familia junto con algunos amigos y sirvientes en amigable tertulia. Pero al mismo tiempo supo mantener las distancias, retratándose a sí mismo con modestia, de espaldas, agachado y envuelto en penumbra. Fuese idea suya o sugerida por los monarcas, al incluir su retrato en el de La familia de Carlos IV, Goya buscó una mayor aproximación a Las Meninas, sintiéndose más cercano ahora a Velázquez desde su nuevo cargo de primer pintor de cámara, el mismo que Velázquez había ostentado al servicio de Felipe IV. Pero Goya volvía en esta ocasión a saber guardar las distancias, «colocándose con su lienzo en el fondo y a la sombra». Otros rasgos que recuerdan a Las Meninas son la presencia de dos cuadros en la pared del fondo y el hecho ya citado de que Goya se autorretratase detrás del lienzo que pinta, en su papel de creador al servicio de los reyes. Él siempre reconoció a Velázquez, junto a Rembrandt y la Naturaleza, como sus tres únicos maestros. Pero Goya se distanció de la obra maestra de Velázquez, a la que sólo en estos detalles circunstanciales se asemeja, por la escasa profundidad de la habitación y la ya señalada ausencia de alusiones conceptuales barrocas. El aragonés sitúa a sus personajes en un espacio hermético y con poca iluminación que no les favorece, además de que presenta poca comodidad para el artista. El taller del pintor, a diferencia de Velázquez, ha sido convertido por Goya, en opinión de Licht, en una «cárcel inhóspita y sórdida», concluyendo su explicación, parafraseando a Janis Tomlinson: Lo que en Velázquez era epopeya ha pasado a ser novela en Goya. La reverencia suspensa que sacralizaba la visión de Velázquez se ha esfumado. El sevillano, a su manera oblicua, retiene todas las notas del retrato «epifanía» al otorgarnos un sitio desde el que podemos ver a la familia elegida por Dios para gobernar en la tierra. Goya nos excluye, y con ello excluye la epifanía. Velázquez nos dice de dónde han venido los reales progenitores, dónde están y a dónde van. La familia de Carlos IV no viene de ninguna parte y no tiene ningún sitio adonde ir.

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