Ciudad de Roma

Roma fue fundada, según la tradición, por Rómulo y Remo, ambos amamantados por una loba, el 21 de abril de 753 a.C., Previo a la fundación de la ciudad, y también en forma contemporánea a ello, Italia estaba habitada por distintos pueblos: los latinos, que ocupaban la llanura entre el río Tíber y los montes Albanos; el Tíber separaba a los umbros al Sur y los etruscos al norte, al este y sureste del Lacio se encontraba la cadena Apenina que sería el dominio de pastores nómadas emparentados entre sí: los sabinos, samnitas, marsos, volscos, campanos en Nápoles, ausones y oscos. Todavía más al sur, los lucanos y bruttios. Roma tuvo un gobierno monárquico por un período de 244 años, con soberanos inicialmente de origen latino y sabino, y posteriormente etrusco. La tradición cuenta que hubo siete reyes: su fundador Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio, Anco Marcio, Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio. Expulsado de la ciudad el último rey etrusco e instaurada una república oligárquica en el 509 a.C., Roma inicia un periodo que se distingue por las luchas internas entre patricios y plebeyos y continuas guerras contras los otros pueblos de la Italia antigua: etruscos, latinos, volscos y ecuos. Convertida en la población más poderosa del Lazio, Roma lleva a cabo varias guerras, contra los galos, los oscos y la colonia griega de Tarento, aliados de Pirro, rey de Epiro, que le permitieron la conquista de la Península itálica, desde la zona central hasta la Magna Grecia. El III y el Siglo II a.C. estuvieron caracterizados por la conquista romana del Mediterráneo y del Oriente, debida a las tres guerras púnicas combatidas contra la ciudad de Cartago y a las tres guerras macedónicas contra el Reino de Macedonia. Fueron instituidas las primeras provincias romanas: Sicilia, Cerdeña, Hispania, Macedonia, Grecia (Acaia), África

 Ciudad de Roma

En la segunda mitad de del siglo II y del Siglo I a. C. se registraron numerosas revueltas, complots, guerras civiles y dictaduras: son los siglos en los que aparece en el panorama político y social Tiberio y Cayo Graco, así como Yugurta, Quinto Lutacio Cátulo, Cayo Mario, Lucio Cornelio Sila, Marco Emilio Lépido, Espartaco, Gneo Pompeyo, Marco Licinio Craso, Lucio Sergio Catilina, Marco Tulio Cicerón, Julio César y Augusto, quien, después de haber sido miembro del segundo triunvirato junto con Marco Antonio y Lépido, en 27 a. C. se convierte en princeps civitatis y le fue conferido el título de Augusto o emperador. Instituido de facto el Imperio, que alcanzará su máxima expansión en el Siglo II, bajo el mandato del emperador Trajano, Roma se confirmó como el caput mundi, es decir, la capital del mundo, expresión que se le había atribuido ya en el período republicano. El territorio del imperio, en efecto, se extendía desde el Océano Atlántico hasta el Golfo Pérsico, y desde la parte centro-septentrional de la Britannia, actual Gran Bretaña, hasta Egipto. Los primeros siglos del Imperio, en los cuales gobernaron, además de Octavio Augusto, los emperadores de las dinastías Julio-Claudia, Flavia, a los que se debe la construcción del Coliseo, realmente llamado anfiteatro Flavio, y los Antoninos, estuvieron caracterizados también por la difusión de la religión cristiana, predicada en Judea por Jesucristo en la primera mitad del Siglo I, bajo el mandato de Tiberio, y divulgada por sus apóstoles en gran parte del imperio. En el Siglo III, al acabarse la dinastía de los Severos, comenzó la crisis del principado, a la cual seguiría un período de anarquía militar.

La Muerte de César de Vincenzo Camuccini

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Cuando asciende al poder Diocleciano, en el 284, la situación de Roma era grave: los bárbaros asediaban las fronteras desde décadas atrás, las provincias estaban gobernadas por hombres corruptos, zonas enteras de las capitales habían sido destruidas. Para gestionar mejor el imperio, Diocleciano lo divide en dos partes: él se convierte en Augusto o emperador de la parte oriental, con residencia en Nicomedia, y nombra a Maximiano Augusto o emperador de la parte occidental, desplazando la residencia imperial a Mediolanum. El imperio se divide aún más con la creación de tetrarquía: los dos Augustos, de hecho, deberán nombrar dos Césares, a quienes confiaban la parte del territorio y que se convertirían, posteriormente, en los nuevos emperadores. Un logro decisivo tiene lugar con Constantino, que, luego de numerosas luchas internas, centralizó nuevamente el poder y, con el edicto de Milán del año 313, permitiría la libertad de culto a los cristianos, empeñándose él mismo por darle fortaleza a la nueva religión.

File:Fori imperiali.jpg

El foro romano

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Hace construir diversas basílicas, consignó el poder civil sobre Roma al papa Silvestre I y fundó en la parte oriental del Imperio la nueva capital, Costantinopla, la actual Estambul. El cristianismo se convierte en la religión oficial del Imperio gracias a un edicto emanado en el año 380 por Teodosio, quien fue el último emperador del imperio unificado: luego de su muerte, de hecho, sus hijos, Arcadio y Honorio, se dividieron el imperio. La capital del imperio romano de Occidente pasa a ser Rávena. Roma, que no jugaba ya un rol central en la administración del Imperio, fue saqueada por los Visigodos comandados por Alarico (410); reconstruida y adornada profusamente con edificios sagrados construidos por los papas, con la colaboración de los emperadores, la ciudad sufre un nuevo saqueo en el año 455, por parte de Genserico, rey de los Vandalos. La reconstrucción de Roma fue dirigida por los papas León Magno, defensor Urbis por haber convencido a Atila, en el año 452, de no atacar Roma, y de su sucesor el Hilario, pero en el año 472 la ciudad fue saqueada por tercera vez, por obra de Ricimero y Anicio Olibrio. La deposición de Rómulo Augústulo del 22 de agosto de 476 significó el final del imperio romano de occidente y, para los historiadores, el comienzo de la Edad media.

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La coronación de Carlomagno

Con el fin del Imperio Romano de Occidente, en Roma tiene lugar un período marcado por la presencia barbárica en Italia y, sobre todo, por la afirmación de la Iglesia en el poder, con el Papa como jefe, que sustituyó al Imperio y derribó el puente que habría unido a la Antigüedad con el mundo nuevo. Muchas luchas en el ámbito romano y europeo no permitieron la instauración de una estructura política constante en Roma, que pasó por tanto a través de distintas formas de gobierno: fue dominada primero por los Godos y sucesivamente por los Bizantinos. En este período fue llevada a cabo la creación de un ducado romano, cuyos límites correspondían, grosso modo, con la ciudad y el territorio que la rodeaba. En el año 756, desaparecido definitivamente el rey longobardo Astolfo, Pipino el Breve, rey de los francos, cedió las tierras conquistadas al papa Esteban II, dando nacimiento al Patrimonium Sancti Petri, el Estado Pontificio, del cual Roma se convierte en capital. La noche de Navidad del año 800, el papa León III corona emperador a Carlo Magno en la antigua Basílica de San Pedro, instituyéndose así el Imperio carolingio: Roma no fue la capital del mismo, ubicada en Aquisgrán, pero fungió como centro religioso del nuevo estado teocrático.

Fresco de Rafael representado al Papa León IV

Alrededor de la mitad del siglo IX, el papa León IV, después de la incursión sarracena de 846, hace fortificar la Civitas Leonina, que correspondía con la actual Ciudad del Vaticano, confirmando el poder político asumido por los pontífices, que eran protegidos por las familias nobles. Aunque éstas fortificaron sus casas, hasta convertirlas en auténticos castillos: es el período comprendido entre los años 1100 y 1200, período en el cual Roma estrechó sus relaciones con las comunidades asentadas en sus cercanías. A mediados del siglo XII los ciudadanos romanos instauraron el Municipio Consular, que se asentó en la cima del Campidoglio, rival de la autoridad papal y de la autonomía de los nobles; en este período Roma se abastece de nuevos y eficientes sistemas de defensa. La Edad Media, además, se caracterizó por las luchas entre las familias nobles ligadas a los Papas y aquellas ligadas al extinto imperio, que frenaron el desarrollo del área central de la ciudad hasta el siglo XVI. Roma, centro político del mundo gracias al poderío de los Papas, se confirmó como ciudad pontificia cuando Bonifacio VIII, en 1300, proclamó el primer Jubileo, evento que reunió en la ciudad alrededor de dos millones de peregrinos; el mismo pontífice, tres años después fundó la Universidad de Roma “La Sapienza”. Pero cuando en 1309 el papa Clemente V se retiró a Aviñón, Roma fue gobernada por las familias nobles en continua lucha recíproca: la ciudad sufre una involución, y en el siglo XV registraba apenas 20.000 habitantes. La radical transformación de la Roma medieval fue iniciada por el papa Nicolás V, que decide realizar ex novo el nuevo centro de Roma, el centro de la fe cristiana, distinto del centro pagano de la Roma antigua. Abandonó Letrán y concibió la idea de la construcción de la nueva basílica de San Pedro: desde ese momento, por casi cuatro siglos, Roma estuvo bajo el completo dominio de los papas.

Rudolf Wiegmann, San Pedro y Castel Sant’Angelo, 1834

Después de la reforma luterana en el año 1517, y al saqueo de Roma por parte de Carlos V en 1527, tuvo lugar el Concilio de Trento, culminado en 1563, que confirmó a Roma como capital del Estado Pontificio, aunque si desde aquel momento la figura del Papa disminuye sus influencias sobre la política europea. El período sucesivo al Concilio de Trento estuvo caracterizado por una renovación urbanística de la ciudad: los nobles y las familias cardinalicias poderosas abandonaron sus palacios en el centro para construirse nuevas moradas sobre las colinas; pero el verdadero artífice de la gran obra de modernización arquitectónica, cultural y económica de la ciudad de Roma, fue el papa Sixto V, pontífice solamente por cinco añosentre 1585 al 1590. En 1626 fue inaugurada la nueva basílica de San Pedro, emblema del dominio papal. Este dominio papal fue interrumpido solamente un siglo y medio después, cuando el 15 de febrero de 1798 fue proclamada la República Romana y fue depuesto el papa Pío VI. La nueva forma de gobierno duró solamente un año, entre el descontento general del clero y de los romanos, pero con el ascenso al poder de Napoleón Bonaparte, Roma pasó a formar parte del Primer Imperio francés en el 1808. El mismo Napoleón encargó al artista Antonio Canova que modernizará a la antigua capital imperial: bajo orden del emperador francés, además, comenzaron las excavaciones arqueológicas, en particular en el Foro Romano, guiadas por el francés Antoine Chrysostome Quatremère de Quincy. La era napoleónica se concluyó con una serie de encuentros bélicos decisivos, entre ellos la batalla de Leipzig, en el 1813, y la Batalla de Waterloo en el año 1815: Roma fue tomada por Murat, en noviembre de 1813, pero el 11 de abril de 1814 Napoleón liberó al papa Pio VII, hasta entonces encerrado en prisión por los franceses: el pontífice regresa a Roma, imponiendo de nuevo en la capital el dominio papal y devolviendo el entusiasmo a la gente.

Monumento nacional a Víctor Manuel II, primer rey de Italia

Enlace directo: Italia

Luego del Congreso de Viena y del regreso de Pio VII a Roma, la ciudad vivió un periodo turbulento que culminó con la toma de la ciudad y el final del poder temporal de los Papas. En 1849 fue instituida la Segunda República Romana, gobernada por Carlo Armellini, Giuseppe Mazzini y Aurelio Saffi; ésta duró poco menos de cinco meses, a causa de la invasión del ejército francés de Napoleón III comandado por el general Oudinot. En 1861, luego de la unificación de Italia dirigida por Cavour, comenzaron las presiones del rey Víctor Manuel II contra el papa Pio IX, invitado repetidamente a dejar el poder temporal. Fueron en vano los intentos de numerosos patriotas de anexar Roma al Reino de Italia, y la situación permanece igual hasta el reinado Napoleón III, emperador francés que se oponía a la desaparición del Estado Pontificio. Sin embargo, cuando cae el Segundo Imperio en 1870, Italia no tuvo ya obstáculos y pudo proceder a incorporar al Estado de la Iglesia. El 20 de septiembre los bersaglieros, dirigidos por el general Raffaele Cadorna, abrieron un boquete en las murallas aurelianas, en los alrededores de Porta Pia, y entraron a Roma: Pio IX fue obligado a retirarse; le fueron concedidos solamente el Vaticano, el Laterano y la villa pontificia de Castel Gandolfo. Roma, por lo tanto, fue incorporada al Reino de Italia, del cual pasa a ser capital. Luego de la llamada edad giolittiana, que caracterizó los primeros años del siglo XX, en la cual se alternaron los gobiernos de Giovanni Giolitti, y de la Primera Guerra Mundial, concluida en Roma y en Italia con la victoria mutilada denunciada por Gabriele D’Annunzio, la ciudad se encuentra en un clima de desorden e incerteza política que, en 1922, favoreció el ascenso al poder de Benito Mussolini, el 28 de octubre, a través del golpe de estado conocido como la Marcha sobre Roma. Durante el ventenio fascista, Roma fue el centro de una drástica revolución urbanística deseada y ejecutada por el mismo Mussolini: el duque o duce en italiano hizo destruir varias zonas, numerosos edificios medievales y del siglo XVI, y decreto la apertura de grandes avenidas, como la via dei Fori Imperiali, que pasa al lado del Coliseo romano, el viale Regina Margherita y la via della Conciliazione, que une Roma con la Ciudad del Vaticano, estado independiente instituido el 11 de febrero de 1929 con la firma de los pactos de Letrán. Nacieron, además, nuevos barrios y nuevos ambientes, como el barrio EUR, construido para albergar la Exposición Universal de Roma de 1942, pero jamás inaugurado a causa de la efervescencia de la Segunda Guerra Mundial, la ciudad-jardín Aniene, la ciudad universitaria de la Sapienza, el foro Mussolini y Cinecittà, un amplia área dedicada a la producción cinematográfica. En 1940 Italia entró en la Segunda Guerra Mundial; Roma, escenario de ataques y masacres como la que sucediò en la via Rasella y en las fosas Ardeatinas, después de haber sido declarada por los alemanes como ciudad abierta, fue liberada por los Aliados el 4 de junio de 1944. Al terminar la guerra, Roma, después del referendum del 2 y 3 de junio de 1946, pasa a ser de nuevo la capital de la República italiana. En los años cincuenta y sesenta la ciudad se desarrolló urbanística y demográficamente y, a partir del Jubileo de 1950, se convierte en uno de los más anhelados destinos turísticos transformándose, en poco tiempo, en la capital mundial de la diversión y del cine, gracias a las numerosas películas de reconocidos directores cinematográficos, particularmente La Dolce Vita de Federico Fellini.

Escudo

En este período la ciudad se expande en modo vertiginoso: se desarrollaron nuevos barrios y las zonas periféricas, hasta ahora en el campo que rodeaba Roma, fueron urbanizadas. Se construyó la estación ferroviaria de Termini y se construyeron nuevas infraestructuras, como el primer tramo del metro y la Autopista Anular A90 así como los complejos deportivos para los juegos olímpicos de los que Roma fue anfitriona en 1960. El 25 de marzo de 1957, además, se firmaron en Roma los dos tratados que diero inicio a la Comunidad Económica Europea y al EURATOM; desde 1962 hasta 1965 se lleva a cabo en la basílica de San Pedro el Concilio Vaticano II. Hoy en día, Roma, la ciudad más poblada y grande de Italia, es el centro de la vida política italiana y de la religión católica; en calidad de ciudad capital, goza de especiales poderes administrativos, pasando de ser municipio a ciudad metropolitana…[1]

La Factoria Historica

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[1]  El latín fue la primera lengua de Roma; sufrió la misma evolución y trasformación que la ciudad: primero sólo era hablado en la Urbe (con pocas variedades dialectales, por ejemplo, en Falerii y Palestrina), sufrió una influencia del etrusco y sobre todo del griego. Sucesivamente el latín siguió la expansión de Roma por la península italiana y en todo el Imperio, hasta sufrir, junto con la institución política, una fase de decadencia. En la época medieval se confirmó como lengua oficial de la Iglesia de Roma y como la lengua culta e internacional de la Europa occidental. El idioma utilizado comúnmente por la población, además del italiano que es la lengua oficial de Italia, es el romanesco, considerado un dialecto en la tradición filológica italiana, que, como la mayor parte de los dialectos italianos, no tiene ningún carácter oficial. Se formó en la Edad Media, originalmente era afín a los dialectos meridionales, para luego sufrir una influencia del florentino durante el Renacimiento, que lo hizo más similar al modo de hablar propio de la Toscana. El romanesco, como todas las lenguas, ha evolucionado con el tiempo (Giuseppe Gioachino Belli, en la primera mitad del siglo XIX, usa formas lingüísticas que no eran utilizadas por Trilussa a principios del siglo XX), y desde comienzo del siglo XX se ha difundido también en otras zonas de Lazio, como consecuencia del crecimiento demográfico. Entre las mayores creaciones literarias en dialecto romanesco son notables los poetas ya citados Gioachino Belli y Trilussa, aunque también Cesare Pascarella. Muchos actores han contribuido y contribuyen a la expresión teatral y cinematográfica del romanesco moderno: entre estos, Aldo Fabrizi, Alberto Sordi, Nino Manfredi, Gina Lollobrigida, Anna Magnani, Gigi Proietti, Gabriella Ferri, Enrico Montesano y Carlo Verdone.

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