La regularización empresarial en los años veinte

Un método de control además del bancario y las líneas de crédito de los distintos planes económicos de Estados Unidos respecto Europa durante los años veinte fue la regulación de las empresas que perjudicó la inversión tecnológica de los diferentes países europeos, sobre todo los de mayor proceso de industrialización, hubo también el intento de controlar el modelo productivo a partir del intento de introducir el taylorismo en el antiguo continente europeo que en términos generales fue sesgada y en otras, un fracaso pero que de alguna manera influyeron en la Europa posterior a 1929 sobre todo en países como Alemania o Italia. En Europa el Taylorismo fue conocido desde los primeros años del siglo debido a tres fuentes de información como fueron las traducciones de sus artículos en revistas especializadas, la movilidad de ingenieros y técnicos entre Europa y Estados Unidos y las visitas de los empresarios europeos a este país. La aplicación de sus principios no alcanzó sin embargo un gran desarrollo antes de la Primera Guerra Mundial aunque hay indicios de que determinadas experiencias estaban ya en marcha. El hecho de que cerca de dos mil ingenieros británicos visitaran Estados Unidos en esos años, que grandes empresas contrataran gerentes y directores con experiencia en América, y que bastantes empresarios como los Opel, Renault o Agnelli de Fiat visitaran los Estados Unidos, es una prueba del interés europeo por esos métodos. Aun así la nueva cultura del trabajo no dejaba de ser un fenómeno aislado…

 La regularización empresarial en los años veinte

En Alemania en septiembre de 1918, en pleno clima pre-revolucionario, la secretaria berlinesa de la Asociación de Ingenieros creó el primer Instituto de Psicología Industrial. En esos mismos años Rathenau, propietario de AEG y Von Siemens lideraron la creación de comités de empresarios a nivel regional y nacional para implantar la estandarización industrial, la eficiencia y el estudio de métodos y tiempos.[1] La rapidez con la que se extendieron los principios tayloristas en el contexto pre-revolucionario de la posguerra parecen dar la razón a quienes opinan que los empresarios en general usaban la tecnología y la organización del trabajo no tanto con criterios de eficiencia sino para explicitar su poder sobre los trabajadores, contra el obrero profesional de oficio y sus sindicatos.[2] Una vez conseguida de una manera impuesta o pactada la nueva disciplina en los talleres, las empresas pudieron aprovechar la momentánea bonanza económica de los años veinte. En 1923, En Alemania, Opel inaugura la primera cadena de montaje en el sector del automóvil. En Italia la Fiat, la empresa más americanizada de las empresas del sector pasó de tener una cuota de mercado del 5’2% en 1905 al 82’6% en 1937 frente a la competidora Alfa Romeo que se especializó en vehículos de lujo. Ford instaló factorías en Cádiz en 1920, Barcelona en 1923 y en Berlín en 1925, como ya había hecho en Manchester y en Burdeos antes de la Primera Guerra Mundial. En Francia Berliet y Citroen eran empresas decididamente fordistas. La sesgada aplicación del taylorismo fue común en todos los países.

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Ford T

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Las razones en primer lugar fueron los métodos que eran considerados espúreos y ajenos a la forma de proceder en distintas naciones, por lo que su introducción sería origen de tensiones en las relaciones entre patronos y trabajadores.  En Alemania el taylorismo quebraba las tradicionales relaciones laborales basadas en los vínculos de jerarquía y lealtad y armonía previstos en las practicas paternalistas de los empresarios hacía sus trabajadores.  En Gran Bretaña lo más suave que se podía oír a técnicos y especialistas era que el taylorismo era un método muy simplista que no se ajustaba a la compleja naturaleza humana; también decían que convertía el trabajo en algo rutinario y odioso, que equiparaba el hombre a la máquina, e que incluso, como ocurría en el sistema Bedaux, que podía restaurar la esclavitud. En segundo lugar muchas empresas adoptaron los métodos del taylorismo finalmente mostraron su escepticismo al comprobar que solo eran eficaces si se aplicaban a procesos repetitivos, poco usuales aún en una producción tan diversificada como la europea, con lo que el método aportaba más problemas que soluciones. En tercer lugar el taylorismo y el fordismo requerían obligatoriamente de amplios y homogéneos mercados para proceder a la producción a gran escala. La poca idoneidad de los mercados fue una causa decisiva en el retraso o la introducción sesgada de estos métodos. Los mercados eran aún demasiados pequeños y fragmentados para que la organización pudiera implantarse completamente y menos después de los hechos acontecidos en la bolsa de Nueva York en 1929. Las maquinas y los métodos tayloristas y fordistas introducían serías rigideces en los flujos de productos y aumentaban los costes fijos de unas empresas que operaban en mercados caracterizados aún por la flexibilidad y fragmentación de la demanda. En el sector del automóvil la organización científica fue un fiasco. Muchos empresarios europeos del automóvil como Daimler, Alfa, Rover, siguieron trabajando para una clientela que abominaba compartir sus gustos con los de las masas.  Es esta la razón del fracaso de Ford en Gran Bretaña, en Manchester y luego en Dagenham, en Londres. La producción británica de Ford era en 1929 de sólo de 182.000 respecto a los dos millones que vendía en Estados Unidos siendo su cuota de mercado en el Reino Unido del 4% en 1929. Un obstáculo importante fueron las inadecuadas características de muchos mercados de trabajo, incapacitados para alcanzar una conditio sine qua non para toda producción taylorista con una mano de obra abundante, poco cualificada y a ser posible desarraigada. Un colectivo obrero al que su desamparo le obligara a aceptar el trabajo duro y alienante sin más alternativas. En Europa la implantación del taylorismo y del fordismo sería posible donde los mercados de trabajo fueran similares al descrito, algo poco común en el viejo continente antes de la Segunda Guerra Mundial y que de algún modo influyó en el desarrollo crac de 1929 y en la evolución de ideologías y hechos históricos posteriores en Europa. Una última explicación fue que la implantación o no del trabajo científico a comienzos del siglo XX dependió también de la fortaleza de las organizaciones obreras. La experiencia histórica permite afirmar que, junto a otros requisitos ya citados más arriba, el taylorismo o el fordismo que se instalaron en aquellos sectores o ambientes en los que no existía un conflicto entre el capital y el trabajo. No es por eso extraño que el trabajo científico se desarrollara en países como Italia, Alemania o más tarde, España, en los que las dictaduras privaban a los trabajadores de la posibilidad de defenderse. Al rechazar  la implantación de los métodos americanos, la empresa europea trataba de preservar su viabilidad.  Para competir con las grandes empresas americanas, una parte del tejido empresarial europeo necesitaba libertad de movimientos en el diseño de sus estrategias; libertad para decidir en el terreno de la tecnología, de la gestión del trabajo y de las relaciones laborales, porque entendía que la reproducción mimética de las recetas tayloristas o fordistas formaba parte de los intentos de la industria norteamericana para sacar ventaja comercial y empresarial de su mayor capitalización y capacidad organizativa.

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Trabajador mecánico ajustando una máquina de vapor. Fotografía de Lewis Hine, 1920

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En síntesis los problemas económicos que desarrollaron el crac de 1929 y que influenciaron en su posterior evolución en Europa fueron que existió una excesiva dependencia crediticia por parte de Estados Unidos hacía Europa a partir de los diferentes planes económicos americanos como fueron el Plan Dawes en 1924 y el Plan Young en 1929. Entiendo que la capacidad productiva de las naciones, estadounidense y europeas, era más grande que su capacidad de consumo. El modelo productivo, la organización científica del trabajo, el taylorismo o fordismo americano no habían logrado triunfar en países con una fuerte tradición sindical y en un mercado europeo demasiado diverso y flexible poco preparado al comercio ideado para las masas. La política arancelaria y las deudas de guerra habían reducido eficazmente el mercado y agudizaron de algún modo los problemas estando el comercio entre las diferentes naciones comprometidos y sin margen de maniobras. Otro factor es que el desarrollo tecnológico estaba por delante de una industria con una estructura anticuada y un mercado no adoptado a una nueva tecnología, como era la industria eléctrica, que en 50 años pasó de ser residual a estar en todas las casas de las naciones europeas y de Estados Unidos. En resumen se puede entender que para que el mercado económico sea viable debe de haber un equilibrio entre políticas nacionales, comercio, organización empresarial y desarrollo tecnológico. Esto en el período entre 1929 y 1939 no sucedió. Uno de los principales rasgos  de la industria eléctrica del siglo XX fue lograr un alto grado de estandarización con el fin de permitir un uso universal de los aparatos eléctricos.  A comienzos del siglo habían aparecido la mayoría de los aparatos familiares de hoy en día, como la calefacción o aparatos para cocinar y sobre todo para el alumbrado área en la que se había convertido en un poderosos rival de la lámpara de gas a la que remplazó en gran medida en 1930.  Pero a comienzos de siglo su influencia como industria aún era pequeña.[3] El crecimiento de la industria eléctrica fue a la par de la del automóvil, es decir, espectacular siendo 1920 un punto de inflexión. Aquel año solo el 12%  de los hogares británicos tenían instalación eléctrica, 40 años después sería de un 96% siendo un uso casi universal. La historia de la industria eléctrica puede ser convenientemente dividida en tres apartados: el modo de generación, la distribución a los consumidores y la utilización. En Gran Bretaña la intervención gubernamental fue muy amplia acaso debido a que según las normas internacionales, la situación de la industria era caótica. En 1925 se estableció Un Consejo Nacional de Electricidad para construir una red nacional que conectara entre si un número relativamente pequeño de centrales grandes escogiéndose 58 estaciones operativas, incluyendo 15 nuevas y se recomendó el cierre de otras 432. Para fines de 1935, la red nacional estaba prácticamente completa, con 4.600 Km de líneas principales y 1.900 Km de secundarias. En los años de entreguerras, Alemania ocupaba el tercer lugar entre los productores de electricidad, estando los Estados Unidos a la cabeza, En los años veinte, la capacidad de generación superaba a la demanda porque la expansión industrial era más lenta de lo esperado. Cuando realmente empezó la expansión hubo una renuencia a invertir en mayor capacidad.[4]

Fotografía de la bolsa de Nueva York de 1930, después del colapso de 1929

Enlace directo: El Crack de 1929 in Spain

Enlace directo: La depresión de los años 30

Enlace directo: El fin de la concordia, 1929-1933

Ver también: Wall Street

La tensión suministrada a los consumidores variaba considerablemente de un lugar a otro. En Gran Bretaña entre 1935 y 1936 oscilaba entre los 100 y los 480 voltios. También variaba considerablemente la frecuencia d suministro. A mediados de la década de 1930, comúnmente era de 50 ciclos por segundo en Europa, pero esto de ningún modo era universal. Alrededor de las tres cuartas partes del suministro de Gran Bretaña se ajustaba a esta norma por entonces, pero no eran desconocidas frecuencias tan bajas como 25 ciclos por segundo; a frecuencias tan bajas las bombillas eléctricas mostraban un parpadeo perceptible. Cualquier plan importante de racionalización tenía que tomar nota de estas diferencias y eliminarlas.[5] En 1933, la central eléctrica de Battersea en Londres tenía una instalación de 105 Mw, que era entonces la mayor de Europa. En Estados Unidos se habían alcanzado los 208Mw en la década de 1930. El aumento del tamaño fue acompañado de una mayor eficiencia. Los generadores de 1.500 Kw de Parsons para Elberfeld requerían 8,3 kg de carbón por kw/h, mientras que las unidades de Carville solo consumían 2kg por kw/h. Esta mejora de la eficiencia fue acompañada de mayores temperaturas de trabajo para el vapor. Antes de la Segunda Guerra Mundial se estaba empleando vapor sobrecalentado a 370 Centígrados, en la década de 1930 se subió a unos 425 Centígrados.  Varios factores fijaban un límite al tamaño de las unidades de generación que podían ser montadas y entre estos se destacaban el tamaño y el peso de las unidades indivisibles como el alternador, el rotor y el estator, que podían transportarse por carretera o ferrocarril desde la fabrica hasta la central eléctrica. Uno de los principales problemas de la industria eléctrica fue la transmisión por la perdida de energía.  La electricidad se perdía cuando circulaba por un conductor habiendo dos maneras de reducir las perdidas de energía como era empleando un buen conductor o utilizando tensiones altas.[6] Si se puede lograr reducciones más sustanciales de las pérdidas de energía es aumentando la tensión. Hasta la llegada de la red nacional en la década de 1930, Gran Bretaña tropezó con el problema de la multiplicidad de pequeños suministradores locales, por lo que la transmisión a larga distancia era relativamente poco importante. Para la transmisión a larga distancia en el coste del cable si se usaba corriente continua en lugar de alterna.  Para la transmisión o distibución a larga distancia por campo abierto se podían instalar cables aéreos de alta tensión sujetos a torres metálicas aunque con las crecientes tensiones el aislamiento en los puntos de suspensión se volvió problemático, especialmente con tiempo húmedo o glacial. En las zonas urbanas, sin embargo, y para la distribución final a los consumidores, eran necesarios cables subterráneos, aunque eran muchos más caros. Para éstos, era preciso un aislamiento continuo contra la humedad. Para los cables que soportaban cargas ligeras se empleaba aislamiento de caucho. En la utilización de la industria eléctrica en la industria en general el motor eléctrico tuvo un fuerte impacto, donde la convivencia de tener motores individuales para cada maquina que eliminaran las torpes y ruidosas correas de transmisión y fueran capaces de funcionar durante largos periodos de tiempo sin mantenimiento, pesaban más que el coste. La gama de potencias era enorme, abarcando desde máquinas masivas que desarrollaban varios miles de caballos a vapor y eran capaces de accionar trenes de laminación en acerías, hasta minúsculos motores que suministraban la fuerza motriz para electrodomésticos, maquinillas de afeitar eléctricas y relojes. La mayoría de estos pequeños motores son los llamados universales es decir, capaces de funcionar con corriente alterna o continua.

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Multitud reuniéndose en la intersección de Wall Street con Broad Street, después de la quiebra de la bolsa en 1929

Enlace directo: Los virajes hacia la guerra, 1933-1939

Ver también:  La crisis estructural del capitalismo

En síntesis hubo un control después de la Primera Guerra Mundial por parte de los Estados Unidos hacía Europa a partir de un plan crediticio como fue el Plan Dawes. Cuando ocurrió el crac de 1929 Estados Unidos cayó y Europa se resintió al no poder pagar los créditos que estos debían a los Estados Unidos, siendo Alemania el más afectado ya que Alemania era el 70% de las exportaciones de toda Europa. Esto produjo una caída en cadena, en países como el Reino Unido que era el país que importaba más en toda Europa. Estados Unidos no solo expandió su  control entre 1920 a 1930 mediante las líneas de créditos sino también a través de la introducción del fordismo, su sistema productivo, pero esta introducción en Europa fue sesgada ya que solo tenía calado en aquellos países donde la fuerza sindical era débil como eran Italia con la Fiat o en Alemania sobre todo cuando entraron en el poder los nazis ya entrado los años 30. Otro motivo de su fracaso fue que el mercado europeo no se ajustaba, por ser demasiado flexible y disperso, al nuevo sistema productivo destinado a unas masas demasiado empobrecidas y poco preparados para el consumo. Este desgaste del comercio y  de las empresas hizo que los estados tuvieran que apropiarse y regular dichas empresas aún sin quererlas como en el caso de Francia y subir su déficit como país. La hipótesis es que el problema se produjo por no existir un equilibrio entre el desarrollo tecnológico y el desarrollo productivo cuando el mercado no estaba preparado ni adecuado para recibir la producción ofertada…

La Factoria Historica


[1] Todos los estudios de la nueva organización del trabajo se proyectaba en responder a la pregunta de cuanto tiempo necesitaba un trabajador en hacer parte del trabajo demandado.  El logro más significativo fue el estudio del proceso del trabajo humano, el modo de efectuar el trabajo el obrero. GIEDION S., La mecanización toma el mando,1978, Barcelona, p.116

[2] La empresa americana McCormick en 1885 introdujo maquinas de moldear con el propósito de acabar con la influencia del sindicato de moldeadores. La máquina sirvió para introducir un sistema de producción que prescindía de los criterios del sindicato. Una vez conseguido dicho control la productividad se triplicó entre 1886 y 1892. ARENAS POSADAS Carlos, Historia económica del trabajo, siglos XIX-XX, tecnos,  2003, Madrid, p.114

[3] La industria eléctrica es una fuente secundaria de energía, un modo cómodo de utilizar otras fuentes de energía. Los generadores de electricidad requieren a su vez combustible de uno u otro tipo, por lo general carbón, petróleo, gas, o más recientemente combustibles nucleares. Además la electricidad es un intermediario , siendo convertida nuevamente en otras formas de energía tales como la energía mecánica en los motores  o la energía térmica. WILLIAMS I. Trevor, Historia de la tecnología, desde 1900 hasta 1950, Siglo veintiuno de España editores s.a., volumen 4, 1982, Madrid, p. 103-104

[4] En consecuencia Alemania entró en la Segunda Guerra Mundial con apenas la capacidad suficiente para sus necesidades inmediatas y a medida que la guerra continuaba la carencia de acero y otras materias primas esenciales hizo difícil la expansión. Se ha sostenido que este factor contribuyó a la derrota de Alemania. En 1941, Alemania tenía más de 2.000 centrales eléctricas de suministros públicos pero más de la mitad de la capacidad radicaba en sólo 42 estaciones. Por el contrario la red nacional en Gran Bretaña proporcionó un medio inapreciable de satisfacer el nuevo modelo de demanda resultante del movimiento de una parte sustancial de la población y la reubicación y expansión de la industria. WILLIAMS I. Trevor, Historia de la tecnología, desde 1900 hasta 1950, Siglo veintiuno de España editores s.a., volumen 4, 1982, Madrid, p. 105-106

[5] El elemento central de una central eléctrica es el generador. El cambio más radical en su diseño se produjo a principios de siglo. Todos los primeros generadores tenían un inducido que giraba. A principios de siglo sin embargo esto se invirtió la posición y eran los imanes de campo los que giraban.  Esto simplificaba tanto la instalación eléctrica como los problemas de ingeniería mecánica asociados con la rotación a alta velocidad, en torno,  a las 3.000r.p.m. , necesaria para un rendimiento satisfactorio. Otros avances fueron el tamaño de las unidades y su eficiencia. WILLIAMS I. Trevor, Historia de la tecnología, desde 1900 hasta 1950, Siglo veintiuno de España editores s.a., volumen 4, 1982, Madrid, p. 108

[6] En general los mejores conductores son los metales, y los más frecuentemente empleados eran el cobre y la plata La plata era demasiado cara de modo que en la practica el conductor más comúnmente utilizado era el cobre, Este también era caro y después de una sustancial subida de precios en los años veinte, se prestó más atención al aluminio. El aluminio tenía dos grandes defectos: se corroía fácilmente, lo que hacía difícil un contacto eléctrico satisfactorio y no era lo mecánicamente lo bastante fuerte como para mantenerse entre postes muy espaciados. El primero se superó aleando el aluminio con un poco de magnesio y silicio para formar Aldrey, un proceso suizo; La falta de resistencia mecánica se superó enrollando alambre Aldrey alrededor de un alma de acero. WILLIAMS I. Trevor, Historia de la tecnología, desde 1900 hasta 1950, Siglo veintiuno de España editores s.a., volumen 4, 1982, Madrid, p. 110-111

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