Portugal

La prehistoria de Portugal está unida a la de la península ibérica. Hacia el año 10 000 a. C. los íberos comenzaron a poblar el interior de las tierras de la península a la que darían nombre. Entre el 4000 a. C. y el 2000 a.C, Portugal y Galicia vieron cómo se desarrollaba una cultura megalítica original, con respecto al resto de la península, caracterizada por su arquitectura funeraria, sus rituales propios y por la práctica de la inhumación colectiva. Aún se pueden encontrar monumentos de entonces, sobre todo en el Alentejo: el crómlech de los Almendros, cerca de Évora, los del valle Maria do Meio o de Portela de Mogos, así como el dolmen de Zambujeiro. La Edad del Bronce vio los primeros contactos marinos entre el litoral atlántico y el de las islas Británicas, mientras que el sur de la península empezaba sus relaciones comerciales con el Mediterráneo: griegos y fenicios, provenientes del actual Líbano, así como sus descendientes, los cartagineses. Esto trajo consigo la instalación de los primeros puestos comerciales semipermanentes. El motor de este comercio era la riqueza de la península en metales (oro, plato, hierro y estaño) así como el salado de pescado atlántico, que gozaba de gran reputación en el Mediterráneo. Los fenicios fueron, precisamente, los que fundaron Lisboa alrededor del año 1000 a. C. La leyenda dice que fue Ulises quien le dio nombre…

Portugal

Durante la Edad del Hierro, un pueblo indoeuropeo se estableció por toda la región: los celtas. Estos ocuparon todo el territorio hoy conocido como Portugal, vivieron en pequeños núcleos de población aislados que se encontraban en los puntos altos con casas circulares o castros y practicaron la agricultura y la ganadería. Con su dominio del hierro los trabajos de la tierra fueron más eficaces, las cosechas aumentaron y mejoraron las condiciones de vida y la demografía. Los cartagineses llegaron a la península ibérica el s. III a. C., atraídos por sus recursos mineros, pesqueros y por la reputación de los guerreros íberos. Ocuparon el sur de Portugal y, aliados con los lusitanos de origen celta, formaron la primera resistencia a la invasión romana de la península. No obstante, tras las Guerras Púnicas los cartagineses fueron derrotados y los romanos incorporaron la región a su imperio como Lusitania, a partir de 45 a. C. Tras la disolución del imperio romano en el siglo V d. C. Lusitania fue invadida por pueblos como los suevos, los vándalos, los alanos, los burios y los visigodos hasta que, finalmente, fue conquistada por los árabes. En 868, durante la Reconquista, se formó el condado Portucalense, que fue incorporado al Reino de Galicia en 1071.

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El templo romano de Diana, en Évora

Mucho antes de que Portugal lograra su independencia hubo algunos intentos para alcanzar una mayor autonomía, e incluso la independencia, por parte de los condes que gobernaban las tierras del condado de Galicia y de Portucale. Con la idea de acabar con este clima independentista de la nobleza local en relación al dominio leonés, el rey Alfonso VI de León entregó el gobierno del condado de Galicia, que en aquel momento incluía las llamadas «tierras de Portucale», al conde Raimundo de Borgoña. Tras muchos fracasos militares de Raimundo contra los árabes, Alfonso VI decidió dar en 1096 al primo de este, el conde Enrique de Borgoña, el gobierno de las tierras más al sur del condado de Galicia fundándose así el condado Portucalense. Con el gobierno del conde Enrique de Borgoña, el condado conoció no solo una política militar más eficaz en la lucha contra los árabes, sino también una política independentista más activa. Tras su muerte y la llegada al poder de su hijo Alfonso Enríquez, Portugal consiguió la independencia con la firma en 1143 del tratado de Zamora y reconocida por el papa Alejandro III en la bula Manifestis Probatum en 1179. Posteriormente, conquistó localidades importantes como Santarém, Lisboa, Palmela y Évora. Una vez acabada la Reconquista portuguesa en 1249, la independencia del nuevo reino fue puesta en entredicho varias veces por el reino de Castilla. La primera fue debida a la crisis sucesoria abierta tras la muerte de Fernando I de Portugal, que acabó con la victoria portuguesa en Aljubarrota en 1385.

El portugués Vasco da Gama, que llegó a Calcuta, India, el 20 de mayo de 1498

Con el final de la guerra, Portugal inició un proceso de exploración y expansión conocido como «Era de los Descubrimientos», cuyas figuras destacadas fueron el infante Enrique el Navegante y el rey Juan II. Tras la conquista de Ceuta en 1415 y el paso del cabo Bojador por Gil Eanes, la exploración de la costa africana continuó hasta que Bartolomé Díaz comprobó en 1488 la comunicación entre los océanos Índico y Atlántico al doblar el cabo de Buena Esperanza. En poco tiempo los portugueses descubrieron rutas y tierras en Norteamérica, Sudamérica y Oriente, en su mayoría durante el reinado de Manuel I, el Aventurero. La expansión hacia Oriente, sobre todo gracias a las conquistas de Alfonso de Alburquerque, concentró casi todos los esfuerzos de los portugueses, aunque en 1530 Juan III inició la colonización de Brasil. Las riquezas allí encontradas hicieron que los portugueses se centraran en el Nuevo Mundo, con la consiguiente pérdida de otras plazas en el Índico, como Ormuz, frente a otras potencias europeas. El país tuvo su «siglo de oro» durante esta época. Sin embargo, en la batalla de Alcazarquivir contra Marruecos, en 1578, murieron el joven rey Sebastián y parte de la nobleza portuguesa. Subió al trono el rey cardenal Enrique, que murió dos años después, con lo que se abrió la crisis sucesoria de 1580, que se resolvió con la llamada unión ibérica entre Portugal y España, durante la cual los dos reinos tuvieron coronas separadas pero gobernadas por el mismo rey. Felipe II de España fue el primero de tres reyes españoles. Privado de una política exterior independiente y envuelto en una guerra junto con España contra los Países Bajos, el país sufrió grandes reveses en su imperio y perdió el monopolio del comercio en el Índico. La unión con España acabó el 1 de diciembre de 1640. La nobleza nacional, tras haber vencido a la guardia real en un repentino golpe de Estado, depuso a la condesa gobernadora de Portugal y coronó a Juan IV como rey de Portugal. Se inició así la Guerra de Restauración portuguesa, que se prolongó hasta 1668, año en que se firmó el tratado de Lisboa, por el cual el rey español Carlos II reconoció la independencia de Portugal.

Mapa diacrónico que muestra las áreas que pertenecieron al imperio portugués en algún momento entre 1415 y 1999

El final del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII fueron testigos del florecimiento de la minería en Brasil: el descubrimiento de oro y piedras preciosas convirtió a la corte de Juan V en una de las más opulentas de Europa. Estas riquezas sirvieron para pagar productos importados, en su mayoría de Inglaterra, ya que no existía industria textil en el reino y las telas eran importadas de las Islas Británicas. El comercio exterior se basaba en la industria del vino y los esfuerzos para invertir la situación con grandes reformas mercantiles del marqués de Pombal, ministro entre 1750 y 1777, impulsaron el desarrollo económico durante el reinado de José I. Fue durante este reinado cuando un terremoto devastó Lisboa y el Algarve, el 1 de noviembre de 1755. Para no romper la alianza con Inglaterra, Portugal rechazó unirse al bloqueo continental, por lo que fue invadida por los ejércitos napoleónicos en 1807. La corte de la familia real se refugió en Brasil y la capital se trasladó a Río de Janeiro hasta 1821. Ese año, Juan VI, desde 1816 rey del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve, regresó a Lisboa para jurar la primera constitución portuguesa. Al año siguiente, su hijo Pedro fue proclamado emperador de Brasil y declaró su independencia con respecto a la metrópolis. Durante el resto del siglo XIX Portugal vivió períodos de enorme perturbación política y social, como la guerra civil y las repetidas revueltas y pronunciamientos militares como la revolución de Septiembre, la de Maria da Fonte, la de Patuleia, etc. Gracias al Acto Adicional a la Carta Constitucional de 1852 fue posible un periodo de paz interna así como el inicio de las políticas de obras públicas lideradas por Fontes Pereira de Melo. A finales del s. XIX las ambiciones coloniales portuguesas chocaron con las inglesas, lo que provocó el ultimátum británico de 1890. La cesión a las exigencias británicas y los crecientes problemas económicos causaron a la monarquía un descrédito creciente, que culminó con los asesinatos de Carlos I y el príncipe heredero Luis Felipe el 1 de febrero de 1908. La monarquía se mantuvo en el poder durante dos años más, encabezada por Manuel II, pero fue abolida el 5 de octubre de 1910, implantándose en su lugar la república,

Aclamación de Juan IV

El rey Manuel II salió hacia el exilio en Inglaterra tras la instauración de la república. Después de varios años de inestabilidad política, con luchas de trabajadores, tumultos, levantamientos, homicidios políticos y crisis financieras, problemas que la participación portuguesa en la Primera Guerra Mundial agravó, el ejército tomó el poder en 1926. Dos años más tarde, el régimen militar nombró ministro de Finanzas a António de Oliveira Salazar, profesor de la universidad de Coímbra, que en 1932 se convirtió en presidente del consejo de ministros. Oliveira restauró las finanzas e instituyó el Estado Nuevo, régimen autoritario de corporativismo de Estado con un partido único y sindicatos estatales, además de una afinidad fascista bien marcada, al menos hasta 1945, cuando tras la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, Salazar sufrió presiones para transformar Portugal en una democracia. En 1968, apartado del poder por una enfermedad, fue sucedido por Marcelo Caetano. El rechazo del régimen a la descolonización de las provincias ultramarinas supuso el inicio de la guerra colonial primero en Angola (1961), y poco después en Guinea-Bisáu (1963) y Mozambique (1964). A pesar de las críticas de algunos de los oficiales del ejército más veteranos, entre los cuales se encontraba el general António de Spinola, el gobierno se mantuvo firme en su decisión de continuar con esta política. Este último publicó un libro, Portugal y el futuro, en el que afirmaba que la guerra colonial era insostenible, por lo cual fue destituido. Este hecho aumentó el malestar entre los oficiales más jóvenes del ejército, que el 25 de abril de 1974 dieron un golpe de Estado, conocido como la Revolución de los Claveles. A esta revolución le siguió un periodo de enfrentamientos políticos muy encendidos entre las fuerzas sociales y políticas, llamado Proceso Revolucionario en Curso, que tuvo su punto álgido en el llamado verano caliente de 1975, durante el cual el país estuvo a punto de caer en un nuevo periodo de dictadura, esta vez de orientación comunista. En este periodo, Portugal reconoció la independencia de todas sus antiguas colonias de África.

Manuel II, el último rey de Portugal

El 25 de noviembre de 1975 los paracaidistas y la policía militar de la Región Militar de Lisboa, aliados con diversos sectores de la izquierda radical, llevaron a cabo una tentativa de golpe de Estado sin un liderazgo claro. El grupo de los Nueve reaccionó poniendo en práctica un plan militar de respuesta, liderado por António Ramalho Eanes, que resultó un éxito. Al año siguiente se consolidó la democracia y el propio Ramalho Eanes fue nombrado presidente, el primero elegido por sufragio universal. Se aprobó una constitución democrática y se establecieron los poderes políticos locales, las autarquías, y los gobiernos autónomos regionales de Azores y Madeira. Entre las décadas de 1940 y 1960, Portugal fue miembro cofundador de la OTAN (1949), la OCDE (1961) y la EFTA (1960), de la que se salió en 1986 para adherirse a la entonces CEE. En 1999, Portugal se adhirió a la zona Euro y ese mismo año entregó la soberanía de Macao a la República Popular China. Desde su adhesión a la UE, el país ha presidido el Consejo Europeo tres veces, la última en 2007 cuando presidió la ceremonia de la firma del tratado de Lisboa…[1]

Enlace directo: El Imperio portugués

La Factoria Historica

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[1] Portugal se ha convertido en una economía diversificada y cada vez más basada en el sector servicios desde que ingresó en la Unión Europea en 1986. Los diferentes gobiernos han realizado un vasto programa de reformas: han privatizado muchas empresas estatales y han liberalizado las áreas dominantes de la economía, incluyendo los sectores financieros y de las telecomunicaciones. Portugal fue miembro de la Unión Monetaria Europea (EMU) desde sus inicios en 1998. El 1 de enero de 2002 comenzó a circular su nueva moneda, el euro, a la vez que otros 11 países miembros de la UE. Entre 1991 y 2000, el desarrollo económico estuvo por encima del promedio de la Unión Europea. La lista anual de competitividad de 2005 del Foro Económico Mundial (WEF – World Economic Forum), colocaba a Portugal en el puesto 22º, por delante de países como España, Irlanda, Francia, Bélgica o la ciudad de Hong Kong. No obstante, el país ha ido perdiendo competitividad y en 2012 ocupaba el puesto 45, solo por encima de Chipre, Hungría, Malta, Eslovenia y Letonia en el ámbito de la Unión Europea. Portugal tiene un pasado eminentemente agrícola aunque, tras el desarrollo que el país ha registrado en las décadas de 1980 y 1990, la estructura se basa en los servicios y la industria, que en 2010 representaban el 74,5% y el 22,8% del VAB, respectivamente. La agricultura portuguesa está bastante desarrollada gracias al clima, al relieve y a los suelos favorables. En las últimas décadas se ha intensificado la modernización agrícola pero aún el 10,9% de la población trabaja en el sector. Los olivares (4000 km²), los viñedos (3750 km²), el trigo (3000 km²) el maíz (2680 km²). Los vinos, especialmente el vino de Oporto y el vino de Madeira, y los aceites portugueses son bastantes conocidos. También Portugal es productor de fruta, sobre todo las naranjas del Algarve, la pera rocha de la región Oeste, la cereza de Gardunha y el plátano de Madeira. También son importantes la remolacha dulce, el aceite de girasol y el tabaco. La importancia económica de la pesca ha ido disminuyendo y emplea a menos del 1% de la población activa. La disminución de stocks de recursos pesqueros se ha visto reflejado en las reducción de la flota pesquera portuguesa que, aunque se ha modernizado, aún tiene dificultades para competir con otras flotas europeas. A pesar de la reducida extensión de la plataforma continental portuguesa, existe una gran diversidad de especies en las aguas de la ZEE de Portugal, que es una de las mayores de Europa. La flota portuguesa realiza capturas en aguas internacionales y en las ZEE de otros países. Las especies que más se capturan son las sardinas, la caballa, el pulpo, el pez sable, el peto y el atún. Los puertos con mayor desembarco de pescado en 2001 fueron los de Matosinhos, Peniche, Olhão y Sesimbra. El corcho tiene una producción bastante significativa, ya que de Portugal sale el 54% del corcho que se produce en el mundo. Los minerales más significativos de Portugal son el cobre, el litio, el wolframio, el estaño, el uranio, el feldespato, la sal, el talco y el mármol. La balanza comercial portuguesa es deficitaria y el valor de las exportaciones apenas cubren el 65% del valor de las importaciones en 2010. Las mayores exportaciones corresponden a los tractores, los aparatos y materiales eléctricos, los combustibles y aceites minerales, las máquinas y aparatos mecánicos, las materias plásticas y sus manufacturas, el papel y el cartón y las prendas de vestir de punto, entre otros. Los principales países de los que Portugal importa productos son miembros de la Unión Europea: España, Alemania, Francia y Reino Unido. El 16 de mayo de 2011, los líderes de la Eurozona aprobaron oficialmente un paquete de rescate de 78 000 millones de euros para Portugal. El préstamo de rescate será distribuido entre el Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera, el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera y el Fondo Monetario Internacional. De acuerdo al ministro de Finanzas portugués, el tipo medio de interés del préstamo de rescate se esperaba que fuera de un 5.1%. Portugal se convirtió así en el tercer país de la Eurozona, tras Irlanda y Grecia, en recibir un rescate financiero.

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