La decadencia del imperio de Alejandro

Alejandro Magno murió el 10 de junio del año 323 a. C. en Babilonia, después de entregar el anillo de sello a su amigo, el general Pérdicas, a quien al parecer habría señalado que entregaba su imperio al más fuerte entre sus generales. Todos los comandantes con experiencia tuvieron entonces que hacerse la pregunta de quién debía suceder a Alejandro. Pérdicas y otros oficiales querían esperar a ver si Roxana, la embarazada esposa de Alejandro, traía un hijo al mundo. Pérdicas quería asegurar a éste el legado de su padre, que en realidad adquiriría él mismo. Encontró apoyo a este proyecto en el ejército de caballería, donde la nobleza tenía el mayor peso. Hubo resistencia entre la infantería de la falange. La asamblea del ejército macedonio pidió coronar al hermanastro disminuido psíquico de Alejandro, Filipo Arrideo. Poco después Roxana digo a luz un hijo, Alejandro Aego, que también fue proclamado rey bajo la presión de Pérdicas y los principales comandantes y con el consentimiento de Filipo III…

La decadencia del imperio de Alejandro

En nombre de Alejandro hijo empezó Pérdicas a repartir de nuevo las satrapías, aunque como jefe militar de Alejandro estaba ansioso de alejarse de la capital de Babilonia. Antípatro, que había ganado influencia sobre Pérdicas, mantuvo el puesto de general (strategos) de Europa y por tanto controlaba Macedonia y Grecia. Crátero, nominalmente superior de Antípatro, fue ignorado al principio, pero luego se le nombró «representante» de los dos reyes. Ptolomeo recibió Egipto, Tracia fue para Lisímaco y Eumenes se quedó con Capadocia y Licia. Antígono recibió igualmente Panfilia y Pisidia. Seleuco pasó a ser comandante de la caballería de élite de los hetairoi.

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El imperio que Alejandro legó a sus sucesores, con el curso que éste había hecho.

El imperio de Alejandro estaba todavía lejos de romperse, permaneciendo formalmente como una unidad. La mayoría de los jefes militares deberían haber tenido claro que su compensación no duraría mucho tiempo, pero tuvieron que detener los primeros disturbios, que estallaron tras la muerte de Alejandro en su antigua esfera de influencia: reprimieron una rebelión de soldados griegos en Bactria, así como la rebelión de Atenas en Grecia. La derrota de Atenas también dejó claro que la era de las polis por fin había terminado: el futuro pertenecía a los reinos de los diádocos y a la confederación de estados griegos. Poco después del reparto de satrapías los antes laboriosamente reprimidos conflictos se hicieron cotidianos. Pérdicas se enfrentó a una coalición de Antípatro, Crátero, Antígono y Ptolomeo, que no querían resignarse a su supremacía. En particular Ptolomeo probablemente ya especuló sobre una escisión de su territorio del reino en el 321 a. C. cuando Pérdicas atacó Egipto con el apoyo de Eumenes, siendo derrotado en el paso del Nilo y luego asesinado por sus propios comandantes, incluido Seleuco. Éste recibió tras el Pacto de Triparadiso la satrapía de Babilonia de Antípatro, a quien se designó tutor del joven rey Alejandro IV. Antígono fue nombrado jefe militar en Asia y se le encomendó el asesinato de Eumenes por la derrota y muerte de Crátero.

Muerte de Alejandro. El viaje de regreso fue realmente épico

Antípatro ignoró las normas de sucesión con su hijo Casandro en favor de su general Poliperconte. Por esto Casandro se sumó a la alianza de Antígono, Ptolomeo y Lisímaco. Las subsiguientes batallas, en cuyo desarrollo cooperaron los dos generales «monárquicos» Poliperconte y Eumenes, se prolongaron años. La primera parte de estas muy variables batallas terminó en el 316 a. C. con la mayor parte de la familia real macedonia desaparecida. Casandro conquistó Macedonia en el 310 a. C. y también mató a Alejandro IV. Mientras tanto Poliperconte había aparecido en Grecia como un presunto libertador de las polis, pero pronto perdió el poder. Murió en fecha desconocida, tras el tratado de paz entre Antígono y los demás diádocos del año 311 a. C. Ni siquiera Eumenes, uno de los últimos defensores de la unidad del imperio, pudo mantenerse. Fue traicionado por sus soldados y enviado a Antígono, que ordenó su ejecución poco después. El destino de Eumenes puso de relieve las nuevas condiciones: el prestigioso ejército macedonio se convirtió en federaciones de mercenarios que estaban unidos a sus respectivos comandantes solo por un juramento. Antígono se esforzó entonces abiertamente por la autocracia. Aseguró su posición en Asia y atacó en el 315 a. C. a Seleuco, que huyó con Ptolomeo. En el 312 a. C. Antígono derrotó a ambos en Gaza. Seleuco volvió a Babilonia, asegurando en los años siguientes su centro de poder y logrando también el control de la zona oriental del imperio. Las siguientes batallas entre diádocos volvieron a extenderse sobre grandes regiones del fragmentado imperio de Alejandro, pero sin posibilidades reales de cambio. Con la excepción de Egipto, las fronteras de sus respectivas esferas de poder estuvieron en constante flujo y no se consolidaron hasta décadas más tarde. El poder de la Dinastía Antigónida también creció tras la derrota de Gaza. Demetrio, el hijo de Antígono, luchó para expulsar a los macedonios de Atenas, por la restauración de la democracia ática, para destruir la flota ptolemaica en Salamina y conseguir una posición fuerte y estable en Macedonia. En el 306 a. C. tomó para sí y para su padre el título de rey de Macedonia, como clara reclamación de liderazgo al teóricamente todavía existente imperio. Al año siguiente, los demás diádocos también adoptaron sus propios títulos de reyes. Así se inició un desarrollo que pronto se convertiría en una característica típica de la ideología de los gobernantes helenísticos: en diversas polis se prestaba culto a los monarcas demostrado, y algunos serían incluso considerados dioses más tarde.

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Los reinos de los diádocos y sus vecinos tras la batalla de Ipsos (301 a. C.)

Para aumentar su influencia, Demetrio renovó en nombre de su padre la Liga de Corinto en el 302 a. C. y asumió su liderazgo. Así enfrentó a los dos antigónidas una coalición compuesta por Casando, Lisímaco y Seleuco, mientras Ptolomeo esperaba el desarrollo de los acontecimientos. Llegaron de nuevo las luchas, que desembocaron en la batalla de Ipsos en el año 301 a. C., en la que cayó Antígono. Con él se enterró también de hecho la idea de la unidad del imperio, porque ninguno de los demás gobernantes tenían el poder suficiente para reunificarlo. Tras la batalla de Ipsos pareció que se había encontrado un statu quo, pero era una paz en perenne inestabilidad, que cesó en el 288 a. C. Demetrio volvió a intentar conseguir un poder comparable al obtenido por su padre. Lisímaco y Pirro de Epiro penetraron en Macedonia, obligando a huir a Demetrio, y se repartieron el reino, convirtiéndose pronto Lisímaco en el único gobernante aceptado. Demetrio murió más tarde cautivo de los seléucidas. Formado así el imperio de Lisímaco, que también incluía una gran parte de Anatolia, emprendió la guerra contra Seleuco en el 281 a. C. Aunque éste venció a Lisímaco en la batalla de Corupedio, poco después fue asesinado por Ptolomeo Cerauno, que aspiraba al trono macedonio. Finalmente Antígono II Gónatas, nieto de Antígono Monóftalmos, asumió el poder en Macedonia en el 276 a. C. Ambos acontecimientos marcan el final de la época de los diádocos. Como resultado de los combates se habían formado tres estados sucesores, que subsistirían hasta la aparición de Roma en el siglo II a. C.: la Dinastía Ptolemaica en Egipto, el Imperio seléucida en Asia y la Dinastía Antigónida en Grecia…[1]

La Factoria Historica


[1] Desde la Antigüedad hasta el siglo XIX la época de los diádocos se consideraba en general bastante negativamente. Para Plutarco la libertad terminó con la muerte de Demóstenes en el año 322 a. C. y, por tanto, al comienzo de esta época. La época de los diádocos marcó el final de la Antigua Grecia y, por tanto, el comienzo de la decadencia del helenismo. Aunque suele pasarse por alto, el llamado periodo clásico canónico corresponde solo con la época en la que tuvo lugar el helenismo y el propio término solo surgió en la época de romana. La evaluación positiva de la época de los reinos diádocos se debe principalmente al historiador del siglo XIX Johann Gustav Droysen, que llamó al helenismo «la época moderna de la antigüedad». Droysen se rebeló contra la idealización de la época clásica y dijo que los diádocos llevaron a cabo con éxito la superación del sistema individualista de las polis, además de conseguir unos grandes países gracias a una auténtica planificación política y económica centralizada. Con Droysen se acuña la evaluación de los reinos diádocos como parte de un mundo civilizado relativamente moderno, creado por una época de expansión económica, progreso técnico, movilidad, individualismo y encuentro de diferentes culturas. En el siglo XX esta apreciación logró reconocimiento general. Debe señalarse que ni siquiera hoy se ha llegado a un acuerdo general. El historiador estadounidense Peter Green hace en su estudio From Alexander to Actium una evaluación bastante negativa, diferente de las de Graham Shipley y Hans-Joachim Gehrke. Incluso Demandt defiende las conclusiones de Droysen y destaca las similitudes entre el helenismo y la época moderna. Según él, la época de los diádocos fue en relación con la arcaica y la clásica similar a la época moderna respecto a la Edad Media y la antigüedad. Él ve similitudes en la ampliación del espacio vital, el establecimiento de regímenes coloniales en las naciones menos desarrolladas tecnológicamente, el progreso científico y técnico, la aparición de un mercado mundial y la urbanización. La importancia de la época de los diádocos es prácticamente indiscutible en el ámbito de la política exterior. Durante esta época se desarrolló un sistema de control sobre la política exterior, que dio solidez a las relaciones entre los estados. Sin embargo esta regulación trajo cierta inestabilidad a los estados diádocos, que estaban relacionados de forma que casi todos los diádocos querían convertirse en un gran conquistador al estilo de Alejandro Magno. En el período alrededor del año 300 a. C., los reinos diádocos estaban implicados casi exclusivamente en guerras entre sí, de forma que los más débiles se aliaban para defenderse de los más fuertes. Más tarde los reinos individuales también firmaron alianzas con los romanos mientras estos lograban la supremacía en el Mediterráneo, de forma que el equilibrio de poder se inclinó cada vez más a su favor y ellos —y no los diádocos— fueron finalmente los ejecutores del gran sueño de Alejandro, la construcción de un imperio mundial, con varios siglos de atraso.

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