El Imperio romano de Oriente a la defensiva

Cosroes I fue uno de los más notables monarcas que ocuparon el trono de Ctesifonte. Demostró ser un gran adversario para Justiniano y fue al mismo tiempo un monarca interesado por la filosofía y el arte y un estratega sin escrúpulos. En muchos aspectos, llevó al Imperio sasánida a su apogeo. Ordenó la traducción de varias obras griegas e indias al persa medio. Respetado por sus adversarios, se ganó el sobrenombre de Anushirvan (“de espíritu inmortal”). Derrotó a la secta de los mazdaquitas y llevó a cabo reformas en el ejército y en la política interior, que afirmaron el poder real y disminuyeron el de la nobleza. Estas reformas le aseguraron ingresos superiores y posibilitaron su política expansionista. En 540, Cosroes I vio llegado el momento oportuno para atacar al Imperio romano de Oriente. Le sirvieron como pretexto los problemas no resueltos entre los árabes vasallos de Constantinopla y los subordinados a Persia, los gasánidas y los lajmidas, respectivamente; quizá influyó también la oferta de alianza que le fue hecha por los godos. En primavera, Cosroes se internó en Siria con un enorme ejército. Su ejército atravesó el Éufrates a la altura de Kirkesion, y, a continuación, avanzó hacia Antioquía. Justiniano envió a Antioquía a su pariente Germano, un general competente, para que organizase la defensa de las ciudades principales. Pero Germano solo tenía a su disposición la ridícula cifra de 300 hombres. Tras haber inspeccionado las instalaciones defensivas de la ciudad, decidió, según Procopio, que era absurdo intentar defenderla, ya que no habían llegado los refuerzos prometidos. Por ello, abandonó la ciudad, al tiempo que Cosroes, en su camino hacia Antioquía, conseguía por la fuerza fondos de varias ciudades romanas con la amenaza de un asedio persa. Otras ciudades fueron atacadas porque no pudieron reunir la suma requerida, como Beroia, que fue tomada y saqueada. La población de la ciudad de Sura fue deportada y parcialmente masacrada…

El Imperio romano de Oriente a la defensiva

En Antioquía, el representante imperial prohibió taxativamente cualquier pago a los persas, por lo que la ciudad fue sitiada y finalmente conquistada. El Gran Rey obtuvo un rico botín, y ordenó que los supervivientes fueran deportados a Persia y luego confinados, al mismo tiempo que se rompían las negociaciones entre romanos y persas sin haber llegado a un acuerdo. Cosroes se apoderó también del puerto de Antioquía, Seleucia, donde se dio un baño ritual en el mar y ordenó hacer un sacrificio al dios Sol. A continuación regresó a Persia, después de fracasar en el asedio de la ciudad de Daras. La caída de Antioquía causó una honda impresión a los romanos. Ahora se pagaba el hecho de que las tropas de Justiniano se hubieran desplazado a Italia para combatir a los godos. En adelante, el Imperio romano de Oriente tendría de hecho que combatir en dos frentes. Sin embargo, el emperador reaccionó resueltamente ante la amenaza persa. Envió a Belisario a Oriente, al encuentro del peligro, y se trasladaron fuertes unidades militares a la frontera oriental, donde se encontraba un ejército romano con una fuerza aproximada de entre 15.000 y 30.000 hombres.

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Justiniano I, mosaico en la iglesia de San Vital, en Rávena.

En 541 los persas atacaron Lazika, donde combatieron sobre todo en el territorio de la destacada ciudad de Petra, a orillas del Mar Negro. El rey de Lazika, Gubazes, había llamado a los persas, aparentemente inquieto por la presencia militar romana en su país. Poco después, sin embargo, buscó de nuevo apoyo en los romanos. Ese mismo año fracasó una tentativa de Belisario de recuperar Nísibis. En 542 Cosroes invadió de nuevo el territorio romano, pero Belisario logró poner en peligro su retirada, por lo que el persa canceló su campaña, no sin antes apoderarse de Calínicos. Sin embargo, por lo pronto, se salvó, al menos, la siempre amenazada Edesa. Además, ese mismo año se desencadenó la conocida como “Peste de Justiniano”, que afectó duramente a los persas. Poco después, Belisario fue llamado a Constantinopla, y reemplazado por el general Martino. Las operaciones militares que siguieron estuvieron marcadas por ataques y contraataques. En 543 los romanos atacaron la Armenia Persa, donde sufrieron una severa derrota cerca de Anglon; al año siguiente (o todavía en 543), Cosroes invadió de nuevo Mesopotamia y sitió de nuevo Edesa. Edesa tenía, sobre todo, un gran significado simbólico, ya que allí se encontraba el Mandylion, una tela que según la tradición reproducía el rostro de Cristo. El asedio fracasó. Poco después se iniciaron negociaciones, cuyo resultado fue un armisticio; Justiniano, que necesitaba tener libertad de movimientos en Occidente, pagó por él un alto precio. En el tratado no se trató explícitamente la cuestión de Lazika, ya que Cosroes no estaba dispuesto a renunciar fácilmente a sus pretensiones sobre dicho reino. En 548 recomenzaron los combates, que se resolvieron en 551 con una nueva tregua, que Justiniano debió de nuevo sufragar. Una vez más, Lazika no se mencionó en el tratado. Aunque los romanos quedaron libres de invasiones persas durante el resto del reinado de Justiniano, la guerra continuó en Lazika. En principio fue bien para los romanos, ya que las tropas del Gran Rey fueron rechazadas. En 556 los persas, tras importantes derrotas, fueron casi completamente expulsados, así que en 557 se acordó una nueva tregua, esta vez incluyendo Lazika.

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Las conquistas territoriales de Justiniano I.

Esto preparó las bases para un nuevo tratado de paz, que ambos bandos, tras largas negociaciones, que por parte romana fueron conducidas por el magister officiorum Petros Patrikios, concluyeron en 562, ya que tanto romanos como persas estaban expuestos a amenazas en sus otras fronteras. El tratado se mantendría en vigor durante 50 años. Según sus cláusulas, parte de Lazika permanecía dentro del ámbito territorial de Constantinopla, y los vasallos árabes de ambas potencias debían respetar la paz. Los persas debían proteger los puertos del Cáucaso de los ataques de los hunos y de otros pueblos bárbaros. El tratado contenía además otras disposiciones, acerca de asuntos como el trato que debía darse a los tránsfugas, así como el compromiso de no levantar nuevas fortalezas en la frontera romano-persa (un aspecto de gran importancia) y cláusulas relativas a la política comercial. Estas últimas no eran desdeñables, ya que los intereses comerciales tenían gran importancia para ambas potencias. En ese contexto debe entenderse el apoyo del Imperio romano de Oriente al cristiano Reino de Aksum en 525 en su ataque a los himjaritas, en el actual Yemen, en el que tanto Roma como Persia perseguían intereses vitales. Este ataque en el sur de Arabia, sin embargo, resultó ser un episodio aislado, ya que Cosroes también se encontraba activo en dicho lugar, y finalmente (hacia 570) los persas terminarían por imponerse. Justiniano había logrado, al fin y al cabo, mantener las fronteras orientales de su Imperio, aun cuando fuese a costa de grandes esfuerzos. Un punto del tratado era, sin embargo, oprobioso para los romanos: en adelante, el Imperio romano de Oriente estaba obligado a abonar anualmente a los sasánidas un tributo de unas 500 libras de oro. Para Justino II, que sucedió a Justiniano cuando éste murió en 565, estas condiciones resultaban indignas. El objetivo de Justino era que, si se llegaba a un nuevo acuerdo, éste fuese más equilibrado. En 572 estalló una nueva guerra, ya que Justino se había negado a pagar el tributo anual. Había además otros motivos para este nuevo conflicto: una vez más se produjo un enfrentamiento acerca de la propiedad de un territorio disputado en el Cáucaso, razón por la cual el Imperio romano de Oriente había entrado en contacto con las potencias pro-romanas de la Armenia Persa; así como el disgusto de Constantinopla por la designación de un gobernador persa en Yemen y por las agresiones de los lakhmidas.

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Sólido de Justino II, en cuyo reinado se inició una nueva guerra con Persia.

Cosroes deseaba negociar con Justino, pero éste no estaba dispuesto, por lo cual es severamente criticado en varias fuentes romanas de la Antigüedad tardía. Ninguno de los dos imperios estaba realmente preparado para la guerra, pero para los romanos fue especialmente inoportuna: una alianza con los turcos de Asia Central no tuvo el resultado esperado y, además, Justino había reñido con sus aliados árabes. En 573 los persas invadieron Siria y conquistaron Apameia; ese mismo año cayó también en poder de los persas, tras un largo asedio, la estratégicamente clave ciudad de Dara, piedra angular del sistema defensivo romano en Oriente desde la época de Anastasio I. Este desastre no fue compensado ni siquiera por los éxitos romanos en la Armenia Persa, donde el ejército imperial y sus aliados armenios habían conquistado la capital, Dvin. Las constantes malas noticias que se recibían de la frontera oriental afectaron a la salud mental del emperador, que terminó por volverse loco. Durante el resto de su reinado, se encargó de la dirección de los asuntos de estado y del mando del ejército el general Tiberio, césar desde 574. Éste acordó con Cosroes, previo pago, una tregua de un año de duración, que no mencionaba Armenia…[1]

La Factoria Historica

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[1] Ciertamente, la situación de los romanos, que debían enfrentarse al mismo tiempo a los longobardos en Italia, a los ávaros en los Balcanes y a los eslavos, no era desesperada. En 575 (según otras cronologías, en 576) el general Justiniano, pariente de Justino II, consiguió en la batalla de Metilene una aplastante victoria contra Cosroes. Este había conquistado la ciudad de Metilene, a orillas del Éufrates, y, cuando se retiraba, fue interceptado por Justiniano, quien aniquiló a la mayor parte del ejército persa. El propio Gran Rey pudo a duras penas escapar. Sin embargo, la victoria no fue decisiva, y la situación estaba estancada. Cuando en 579 murió Cosroes, le sucedió su hijo, Hormizd IV, al que todas las fuentes concuerdan en caracterizar negativamente. Tiberio, emperador (“augusto”) desde 578, hizo una oferta de paz al nuevo Gran Rey, que éste sin embargo rechazó, por lo cual Tiberio confió el mando de las fuerzas militares en Oriente a Mauricio, un general sobradamente experimentado, que sería en el futuro emperador. Las tropas romanas atacaron Media y Mesopotamia; los persas reaccionaron, al tiempo que invadían también la parte romana de Mesopotamia, poniendo en peligro las rutas de aprovisionamiento del ejército romano. En 581, Mauricio consiguió detener finalmente el ataque persa en el Éufrates, y los sasánidas sufrieron importantes pérdidas. Al año siguiente falleció Tiberio II y Mauricio subió al trono imperial. Acerca de su reinado, y de la campaña que dirigió, disponemos de una buena fuente, el libro de Theophylaktos Simokates, la última obra histórica en la tradición historiográfica de la Antigüedad. La campaña contra los persas fue de nuevo dirigida por Mauricio; en dicha guerra, sin embargo, ninguno de los dos bandos consiguió ninguna ventaja. En 585, Mauricio rechazó una oferta de paz del Gran Rey, ya que consideró inaceptables sus condiciones. Al año siguiente, los romanos obtuvieron una victoria cerca de Dara, solo para ser derrotados poco después por los persas. La situación dio un giro en 589, cuando, tras tomar Komentiolos el mando general de las tropas romanas en Oriente, fue invadida la zona de Armenia controlada por los persas por tribus bárbaras. El general persa Bahram Chobin los expulsó, pero no obtuvo a cambio la gratitud del monarca sasánida. Humillado por él con motivo de una pequeña derrota frente a los romanos, Bahram se rebeló contra Hormizd. El Gran Rey, odiado por la nobleza, perdió finalmente el trono y la vida a comienzos de 590. Le sucedió su hijo Cosroes II, a quien tampoco Bahram Chobin quiso reconocer como soberano. Cosroes debió huir tras ser derrotado por Bahram, mientras las tropas romanas aprovechaban la desunión de los persas: el general romano Johannes Mystakon asedió la ciudad de Dvin, en Armenia, e invadió la región de Atropatene (en el actual Azerbaiyán). Cosroes II decidió pedir ayuda a Mauricio y se refugió en el Imperio romano de Oriente. El emperador accedió a su invitación, y por primera (y única) vez, las tropas romanas y persas marcharon unidas a la batalla. Baharam fue derrotado y Cosroes II subió de nuevo al trono en 591. Mauricio exigió y obtuvo algunos territorios disputados en Mesopotamia, que según los romanos formaban parte de Armenia, así como territorios en Iberia (Georgia). En conjunto, el emperador se comportó de forma bastante moderada y de hecho las condiciones de su tratado con Cosroes (a quien incluso puede que adoptara) fueron francamente buenas. Bizancio y Persia parecían haber puesto las bases para una futura convivencia pacífica.

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