El Imperio británico

El Imperio británico comprendió los dominios, colonias, protectorados y otros territorios gobernados o administrados por el Reino Unido entre los siglos XVI y XX. Durante las primeras décadas del siglo XX, el Imperio británico abarcaba una población de cerca de 458 millones de personas y unos 33.700.000 km², lo que significaba aproximadamente una cuarta parte de la población mundial y una quinta parte de las tierras emergidas. El pico propiamente dicho se desarrolló durante unos 100 años, el llamado siglo imperial desarrollado entre 1815 y 1914, a través de una serie de fases de expansión relacionadas con el comercio, la colonización y la conquista, además de períodos de actividad diplomática. Probablemente, el punto de máximo auge imperial puede situarse entre 1890 y 1920. El Imperio facilitó la extensión de la tecnología, el comercio, el idioma y el gobierno británicos por todo el mundo. La hegemonía imperial contribuyó al espectacular crecimiento económico de Gran Bretaña y al peso de sus intereses en el escenario mundial. En la actualidad países que son potencias mundiales o de una gran importancia política mundial son herederos del imperio británico: Estados Unidos, India, Canadá, Australia, Sudáfrica o Nueva Zelanda. El primero en utilizar la expresión «Imperio británico» fue el doctor John Dee, astrólogo, alquimista y matemático de la reina Isabel I de Inglaterra, 1558-1603…

El Imperio británico

Tras la conquista normanda en 1066, Inglaterra defendió las posesiones de Guillermo el Conquistador en Francia. Los siguientes siglos vieron los inicios de la expansión inglesa, con la conquista de Gales en el año 1282 e Irlanda desde 1169. Se produjo un intento en Escocia, que no fue exitoso en el 1296. El Imperio británico de ultramar, en el sentido de la exploración y los asentamientos británicos a lo largo y ancho de los océanos fuera de Europa y las Islas Británicas, comienza a partir de la política marítima del Rey Enrique VII, que reinó entre 1485 y 1509. Iniciando líneas comerciales para el comercio de la lana. Enrique VII estableció un moderno sistema para la marina mercante británica, que contribuyó al crecimiento de los astilleros y la navegación de la isla. La marina mercante aportó las bases para instituciones mercantiles que desempeñarían un importante papel en la aventura imperial posterior, como las compañías: Massachusetts Bay Company o la British East India Company. Enrique VII ordenó también la construcción del primer dique seco en Portsmouth, y mejoró notablemente la pequeña Marina Real (Royal Navy).

Los cimientos del poder marítimo de Inglaterra, que fueron establecidos durante el reinado de Enrique VII, se ampliaron gradualmente para proteger los intereses comerciales ingleses y para abrir nuevas rutas. El rey Enrique VIII fundó la moderna Marina inglesa, triplicando el número de barcos de guerra que la componían y construyendo los primeros bajeles con armamento pesado de largo alcance. Comenzó la construcción de su Marina a través del aparato administrativo centralizado del reino. Además hizo construir muelles y faros que facilitaban la navegación costera. Enrique VIII creó la Royal Navy, cuyas inovaciones fueron la base del dominio marítimo de Inglaterra durante los siguientes siglos. Isabel I de Inglaterra sería la gobernante que sentara las bases del Imperio Británico, librando las primeras batallas con su mayor enemigo en la expansión colonial: El Imperio Español.  Durante el reinado de la reina Isabel I, entre 1577 y 1590, fue la época de mayor esplendor para los inicios del Imperio británico, Inglaterra comenzaba su expansión ultramarina con Sir Francis Drake y también con Guerras contra el Imperio español de Felipe II. dio la vuelta al mundo, y fue el segundo hombre en conseguirlo, tras la expedición de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano. En 1579, Drake atracó en algún lugar del norte de California y reclamó para la Corona lo que llamó Nova Albion (‘Nueva Inglaterra’), aunque su reivindicación no fue seguida de ningún asentamiento. Los siguientes mapas situaron Nova Albion al norte de la Nueva España. En consecuencia, los intereses de Inglaterra fuera de Europa aumentaron considerablemente. Humphrey Gilbert siguió el curso de Cabot cuando partió hacia Terranova en 1583 y la declaró colonia británica el 5 de agosto en San Juan. Sir Walter Raleigh organizó la primera colonia de Virginia en 1587, en el lugar llamado Roanoke. Tanto el asentamiento de Gilbert en Terranova como la colonia de Roanoke duraron poco tiempo, y tuvieron que ser abandonados debido a la escasez de alimentos, el duro clima, los naufragios y los encuentros con tribus indígenas hostiles.

Se cuenta que la derrota de la Armada Invencible española en 1588 consagró a Inglaterra como potencia naval, aunque lo cierto es que después de la derrota de la Contraarmada España siguió como imperio dominante en los mares, hasta la paz finalmente, en 1604, el rey Jacobo I de Inglaterra negoció el Tratado de Londres con el que acababan las hostilidades con España, y el primer asentamiento permanente de Inglaterra en América se estableció en 1607 en Jamestown (Virginia). Sin embargo, la política exterior se vio detenida por una serie de problemas internos: la guerra civil, la República y el protectorado de Cromwell y la posterior restauración, todo ello aderezado con luchas internas entre católicos y protestantes. No fue hasta la Revolución Gloriosa de 1688 cuando el reino recuperó la necesaria estabilidad interna. Durante los siguientes tres siglos, Inglaterra extendió su influencia internacional y consolidó su desarrollo político interior. En 1707, los parlamentos de Inglaterra y Escocia se unieron en Londres dando lugar al parlamento de Gran Bretaña. En 1704, en el contexto de la Guerra de Sucesión Española, Gibraltar es entregado al Príncipe de Hesse-Darmstadt que representaba al Archiduque Carlos de Austria. La posesión sería reconocida como británica en el Tratado de Utrecht de 1713, que puso fin a la guerra. España cedía a perpetuidad el peñón a Gran Bretaña sin jurisdicción alguna, estableciéndose, no obstante, una cláusula por la cual si el territorio dejaba de ser británico, España tendría la opción de recuperarlo. El Mayflower, el barco que transportó colonos británicos a la colonia de Plymouth en el año de 1620.  El Imperio británico comenzó a tomar forma a principios del siglo XVII, mediante el establecimiento por parte de Inglaterra de las 13 colonias de Norteamérica, que fueron el origen de los Estados Unidos así como de las provincias marítimas de Canadá. También se produjo la colonización de pequeñas islas en el Mar Caribe como Jamaica y Barbados. Las colonias productoras de azúcar del Caribe, donde la esclavitud se convirtió en la base de la economía, eran las colonias más importantes y lucrativas para Inglaterra. Las colonias americanas producían tabaco, algodón, y arroz en el sur y material naval y pieles de animales en el norte. El imperio de Inglaterra en América se iba expandiendo gradualmente mediante guerras y colonias. Inglaterra consiguió controlar Nueva Ámsterdam después llamada Nueva York tras las guerras anglo-holandesas. Las colonias americanas se extendían hacia el oeste en busca de nuevas tierras para la agricultura. Durante la Guerra de los Siete Años, los ingleses vencieron a los franceses y se quedaron con Nueva Francia, en 1760, lo que convertía a Inglaterra en dueña de casi toda América del Norte.

El Imperio británico intentó dominar la zona del Río de la Plata, Buenos Aires y Montevideo, a través de dos intentos de dominación, denominados «Invasiones Inglesas». El primer intento de invasión se realizó en el año 1806 con la ocupación de Buenos Aires y su recuperación posterior con tropas llegadas desde Montevideo, lo que le valió a esta última ciudad el recibir el título de “Muy fiel y Reconquistadora” por parte de la corona española. El segundo intento de invasión se inició esta vez en la Banda Oriental, actual territorio de la República Oriental del Uruguay, al ocupar los ingleses Maldonado y luego Montevideo en enero de 1807. La invasión fue finalmente rechazada a mediados del mismo año en Buenos Aires, retirándose las tropas inglesas del Río de la Plata. Después, los asentamientos en Australia que comenzaron con las colonias penales en 1788 y Nueva Zelanda bajo el dominio de la Corona desde 1840 crearon una nueva zona para la migración desde las islas británicas, por lo que las poblaciones indígenas tuvieron que sufrir guerras y, especialmente, enfermedades, reduciéndose su tamaño en alrededor de un 60–70% en algo menos de un siglo. Estas colonias obtuvieron después autogobierno y se convirtieron en rentables exportadoras de lana y oro. La Guerra de la Independencia de Estados Unidos cambió la concepción del Imperio Británico, lo que se buscaba era mantener el comercio con las antiguas colonias, que ya independientes, podían sufragar sus gastos en defensa y administración. El antiguo sistema colonial británico comenzó a declinar durante el siglo XVIII. Fue un período de dominación Whig en la vida política nacional (1714–1762), el Imperio se convirtió en algo de menor importancia, hasta que un intento de subir los impuestos en las colonias norteamericanas desató la Guerra de Independencia y la independencia de las mismas en el año 1776. A menudo se alude a este período como el del «Primer Imperio británico», indicando el cambio de dirección en la expansión británica, que se dirigió fundamentalmente a las Américas durante los siglos XVII y XVIII, mientras que durante el «Segundo Imperio británico» se centró en Asia y África a partir del siglo XVIII. La pérdida de los Estados Unidos mostró que poseer colonias no era necesariamente una ventaja en términos económicos, ya que Gran Bretaña podía aún controlar el comercio con sus ex-colonias sin tener que pagar por su defensa y administración.

El mercantilismo, la doctrina económica que presupone la competición entre naciones por una cantidad de riqueza finita, había caracterizado el primer período de expansión colonial, pero cedió paso al laissez-faire económico, el liberalismo de Adam Smith y sus sucesores. La lección aprendida por Gran Bretaña tras la pérdida de Norteamérica, que el comercio puede seguir aportando prosperidad, incluso en ausencia de dominio colonial, contribuyó durante los años cuarenta y cincuenta del siglo XIX a la extensión del modelo de colonia autogobernada, que se concedió a las colonias pobladas por blancos en Canadá y Australasia. Irlanda tuvo un trato diferente, siendo incorporada al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda en 1801. En este período, Gran Bretaña prohibió el comercio de esclavos en 1807 y pronto comenzó a forzar a otras naciones a hacer lo mismo. A mediados del XIX, se había conseguido erradicar la esclavitud de la mayor parte del mundo. La esclavitud fue abolida en las colonias británicas en 1834. Entre el Congreso de Viena de 1815 y la Guerra franco-prusiana de 1870, Gran Bretaña fue la única potencia industrial del mundo, con más del 30% de la producción industrial global en 1870. En su papel de «taller del mundo», Gran Bretaña podía producir manufacturas de modo tan eficiente y económico que podía vender más barato que los productores locales en los mercados extranjeros. A partir de condiciones políticas estables en ciertos mercados de ultramar, Gran Bretaña pudo prosperar gracias al comercio, sin necesidad de recurrir al gobierno formal en su área de influencia. La victoria de las fuerzas de la British East India Company en la Batalla de Plassey en 1757 abrió la provincia india de Bengala al dominio británico, aunque la posterior hambruna en 1770 exacerbada por las expropiaciones realizadas por el gobierno provincial fue controvertida en la metrópoli. El siglo XIX vio como el control de la Compañía se extendía sobre toda la India. Tras el motín de 1857 los territorios de la Compañía pasaron a estar bajo la administración de la Corona en el 1858. La Reina Victoria fue proclamada Emperatriz de la India en 1876. Ceilán, actual Sri Lanka, y Birmania se unieron a la lista de territorios británicos en Asia, que se extendían por el este hasta Malasia y, desde 1841, a Hong Kong tras la Primera Guerra del Opio en defensa de las exportaciones de opio de la Compañía a China.

Los intereses británicos en China comenzaron a finales del siglo XVIII, cuando Gran Bretaña se convirtió en un gran importador de té. El comercio del té creo un déficit que los británicos trataron de corregir exportando opio de la India a China, a pesar de la oposición de las autoridades chinas. El conflicto dio lugar a las Guerras del Opio, en las que Gran Bretaña derrotó por dos veces a China. Tras las Guerras del Opio, Gran Bretaña mantuvo unas complejas relaciones con China. Aunque se anexionó Hong Kong, la mayor parte de su comercio con China se regulaba mediante tratados que permitían el comercio a través de un cierto número de puertos. Como resultado, Gran Bretaña estaba interesada en mantener un estado chino independiente, ya que su destrucción hubiera abierto la posibilidad de ganancias territoriales para otras potencias occidentales. A la vez, Gran Bretaña no quería que el Estado chino fuera demasiado fuerte, ya que ello hubiera supuesto que China pudiera cancelar o renegociar sus tratados. Estos intereses explican la aparente contradicción de las actuaciones británicas respecto de China: Gran Bretaña apoyó a la dinastía Qing durante la rebelión de Taiping, pero al mismo tiempo, mediante una alianza con Francia, se embarcó en la Segunda Guerra del Opio contra la corte Qing. El Imperio Británico en 1897, en rosa, que era el color en que se coloreaban los dominios británicos en los mapas. En su condición de primer país industrializado, Gran Bretaña fue capaz de conseguir materias primas y mercado en la mayor parte del mundo accesible. Esta situación empeoró gradualmente a lo largo del siglo XIX en la medida en la que otras potencias comenzaron a industrializarse y comenzaron a utilizar la maquinaria del estado para garantizar sus mercados y fuentes de abastecimiento. En los años setenta del XIX, los fabricantes británicos en los sectores clave de la Revolución Industrial, comenzaron a experimentar una competencia real. La Industrialización progresó rápidamente en Alemania y los Estados Unidos, permitiendo a estos países superar el modelo británico y francés del «viejo» capitalismo. Las industrias alemanas en el sector textil y el del metal, habían sobrepasado a las de Gran Bretaña en 1870, en cuanto a su organización y eficiencia y habían derrotado a los fabricantes británicos en su mercado nacional. Con el cambio de siglo, la industria alemana estaba produciendo para el antiguo «taller del mundo». Mientras que las exportaciones invisibles como la banca, seguros y transporte de mercancías mantuvieron a Gran Bretaña a salvo de los números rojos, su porción en el comercio mundial pasó de ser un cuarto del mismo en 1880 a un sexto 1913. Gran Bretaña estaba perdiendo no sólo los mercados de los países que se estaban industrializando, sino también la competición por los mercados de terceros países menos desarrollados. Incluso comenzaba a perder su hegemonía en zonas como la India, China, América del Sur o las costas de África. Las dificultades comerciales de Gran Bretaña se agudizaron con la «Larga Depresión» de 1873–1896, un período prolongado de deflación, acentuado por las continuas quiebras de negocios que añadieron presión para que los gobiernos favorecieran la industria nacional, lo que condujo al masivo abandono del libre comercio entre las potencias europeas en Alemania desde 1879 y en Francia desde 1881.

La limitación tanto de los mercados nacionales como de las exportaciones que se produjo como resultado hizo que los gobiernos y los sectores económicos, tanto de Europa como de los Estados Unidos, vieran la solución en mercados de ultramar protegidos que actuaran unidos al mercado nacional, defendido por aranceles y barreras aduaneras: las colonias ofrecerían un mercado para las exportaciones, a la vez que proveerían a la metrópoli de materias primas baratas. Aunque adherida al libre comercio hasta 1932, Gran Bretaña se unió al nuevo ímpetu por un renovado imperio formal, lo cual era preferible a permitir que sus áreas de influencia fueran tomadas por el comercio de las potencias rivales. La política e ideología de la expansión colonial europea entre 1870 y el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914 se denominan a menudo como el «Nuevo Imperialismo». El período se caracteriza por una búsqueda sin precedentes de «el imperio por el imperio», una competición agresiva entre las potencias para conseguir territorios de ultramar y la aparición en los países conquistadores de doctrinas que justifican la superioridad racial y que niegan la aptitud de los pueblos subyugados para gobernarse por sí mismos. Durante este período, las potencias europeas sumaron casi 23.000.000 km² a sus posesiones coloniales. Dado que antes de 1880 estaba prácticamente desocupada por las potencias occidentales, África se convirtió en el principal objetivo de la «nueva» expansión imperialista, aunque esta conquista afectó igualmente a otras áreas; en especial el Sudeste asiático y el Pacífico, donde los Estados Unidos y Japón se unieron a las potencias europeas en su lucha por territorios. La entrada de Gran Bretaña en la nueva era imperial se fecha a menudo en 1875, año en que el gobierno conservador de Benjamin Disraeli compró al endeudado gobernante de Egipto, Ismail Pasha, su parte en el Canal de Suez para asegurarse el control de esta vía estratégica, un canal para el tráfico entre Gran Bretaña y la India desde su apertura seis años antes, bajo el Emperador Napoleón III. El control financiero conjunto de Inglaterra y Francia sobre Egipto acabó en la ocupación británica del país en 1882.

En 1875 las dos posesiones europeas más importantes en África eran Argelia y la Colonia del Cabo. En 1914 tan sólo Etiopía y la república de Liberia permanecían fuera del control europeo. La transición entre un «imperio informal» que controlaba a través de la dominación económica y el control directo supuso una lucha por el territorio entre las potencias europeas. La actividad francesa, belga y portuguesa en la zona del Río Congo amenazaba con debilitar la ordenada colonización del África tropical. La Conferencia de Berlín de 1884 y 1885 pretendía regular la competición entre las potencias, definiendo la «ocupación efectiva» como el criterio para el reconocimiento internacional de las reivindicaciones territoriales, una fórmula que precisó del recurso habitual a la violencia contra los estados y pueblos indígenas. La ocupación de Egipto por parte de Gran Bretaña en 1882 a raíz de los intereses en el Canal de Suez contribuyó a un aumento de la preocupación respecto del control del valle del Nilo, que condujo a la conquista del vecino Sudán en 1896 y 1898 y al enfrentamiento con fuerzas expedicionarias francesas en Fashoda en septiembre de 1898. En 1899 Gran Bretaña se lanzó a completar la conquista de Sudáfrica, que había comenzado con la anexión en 1795 de El Cabo, a través de la invasión de las repúblicas afrikaner en la región productora de oro del Transvaal y del vecino Estado Libre de Orange. La British South Africa Company ya había tomado las tierras al norte, rebautizándolas como Rodesia en homenaje a su jefe, el magnate del Cabo Cecil Rhodes. Las críticas por estas anexiones condujeron al «Espléndido aislamiento» de Gran Bretaña. Las conquistas británicas en el África meridional y oriental, lanzaron a Rhodes y a Alfred Milner, el Alto Comisionado británico en Sudáfrica, a solicitar con urgencia un Imperio unido por ferrocarril «desde el Cabo hasta El Cairo», que uniría el estratégicamente importante Canal de Suez con el sur, rico en minerales, aunque la ocupación alemana de Tanganyika evitó su realización hasta el final de la Primera Guerra Mundial.

En 1903, el sistema de telégrafo ya comunicaba las partes más importantes del Imperio. Paradójicamente, Gran Bretaña, acérrima defensora del libre comercio, emergió en 1914 no sólo con el mayor imperio de ultramar gracias a su larga presencia en la India, sino como vencedora en la lucha por África, dada su ventajosa posición al comienzo de la misma. Entre 1885 y 1914 Gran Bretaña tomó aproximadamente al 30% de la población africana bajo su control, comparado con el 21% de Francia, el 9% de Alemania, el 7% de Bélgica o el 1% de Italia: sólo Nigeria contribuía con 15 millones de súbditos, más que todo el África Occidental Francesa o todo el imperio colonial de Alemania. El Imperio británico comenzó su transformación hacia lo que hoy en día es la Commonwealth con la extensión del estatus de Dominio a las colonias con autogobierno de Terranova en el año 1855, Canadá en el 1867, Australia en 1901, Nueva Zelanda en el 1907, y la recién creada Unión de Sudáfrica en el año 1910. Los dirigentes de los nuevos estados se reunían con los estadistas británicos en cumbres periódicas llamadas Conferencias Coloniales, y desde 1907, Conferencias Imperiales, la primera de las cuales se mantuvo en Londres en 1887. Las relaciones exteriores de los dominios las dirigía aún el Foreign Office del Reino Unido: Canadá creó un Departamento de Asuntos Exteriores en 1909, pero las relaciones diplomáticas con otros gobiernos se seguían llevando desde Londres. La declaración de guerra por parte de Gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial afectó a todos los dominios.

Los dominios poseían un gran margen de maniobra a la hora de elaborar sus políticas hacia el exterior, siempre que ésta no entrara directamente en conflicto con los intereses de Gran Bretaña: El gobierno del Partido Liberal de Canadá negoció un acuerdo bilateral de libre comercio con los Estados Unidos en 1911. En asuntos de defensa, la concepción original que entendía los dominios como parte integrante de la estructura militar y naval de un solo Imperio acabó por ser insostenible en la medida en que Gran Bretaña se comprometía en Europa y ante el reto de una emergente flota alemana desde 1900. En 1909 se decidió que los dominios tuvieran sus propias armadas…[1]

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La Factoria Historica


[1] Abernethy, David (2000). The Dynamics of Global Dominance, European Overseas Empires 1415–1980. Yale University Press. ISBN 0300093144. Consultado el 22 de julio de 2009; Andrews, Kenneth (1984). Trade, Plunder and Settlement: Maritime Enterprise and the Genesis of the British Empire, 1480–1630. Cambridge University Press. ISBN 0521276985. Consultado el 22 de julio de 2009; Bandyopādhyāẏa, Śekhara (2004). From Plassey to partition: a history of modern India. Orient Longman. ISBN 8125025960; Brendon, Piers (2007). The Decline and Fall of the British Empire, 1781–1997. Random House. ISBN 0224062220. Consultado el 6 de octubre de 2010; Brittain and the Dominions. Cambridge University Press. n.d.; Brown, Judith (1998). The Twentieth Century, The Oxford History of the British Empire Volume IV. Oxford University Press. ISBN 0199246793. Consultado el 22 de julio de 2009; Buckner, Phillip (2008). Canada and the British Empire. Oxford University Press. ISBN 019927164X; Consultado el 22 de julio de 2009; Burke, Kathleen (2008). Old World, New World: Great Britain and America from the Beginning. Atlantic Monthly Press. ISBN 0871139715. Consultado el 22 de julio de 2009; Canny, Nicholas (1998). The Origins of Empire, The Oxford History of the British Empire Volume I. Oxford University Press. ISBN 0199246769. Consultado el 22 de julio de 2009; Clegg, Peter (2005). «The UK Caribbean Overseas Territories». En de Jong, Lammert; Kruijt, Dirk. Extended Statehood in the Caribbean. Rozenberg Publishers. ISBN 90-5170-686-3; Combs, Jerald A. (2008). The History of American Foreign Policy: From 1895. M.E. Sharpe. ISBN 9780765620569; Dalziel, Nigel (2006). The Penguin Historical Atlas of the British Empire. Penguin. ISBN 0141018445. Consultado el 22 de julio de 2009; David, Saul (2003). The Indian Mutiny. Penguin. ISBN 0670911372. Consultado el 22 de julio de 2009; Ferguson, Niall (2004). Colossus: The Price of America’s Empire. Penguin. ISBN 1594200130. Consultado el 22 de julio de 2009; Ferguson, Niall (2004). Empire. Basic Books. ISBN 0465023290. Consultado el 22 de julio de 2009; Fieldhouse, David Kenneth (1999). The West and the Third World: trade, colonialism, dependence, and development. Blackwell Publishing. ISBN 0631194398.

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