La guerra ruso-japonesa: El comienzo del imperialismo nipón

Tal como han apuntado otros, se ignora si con definitiva o arbitraria propiedad, esta guerra significó el fin del llamado “mito blanco”, aquella extendida  y racista convicción que opinaba que sólo los hombres níveos ganaban las guerras. En plena época de competencias imperialistas a fines del siglo XIX, sublevado por los peligros circundantes, un nuevo país entraría de improviso al escenario de las conflagraciones internacionales: Japón. Sin embargo, no sería hasta 1904 cuando su nombre sería tomado en cuenta por el mundo occidental. El “país del sol naciente” había vencido a la orgullosa y gigantesca patria de los zares: Rusia…

La guerra ruso-japonesa

El comienzo del imperialismo nipón

En aquel entonces, lejanos aún los espantosos ecos de las futuras Guerras Mundiales,  la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial, los grandes imperios de la época se habían entregado a la búsqueda de la supremacía y la consumación de sus apetitos. Tanto Inglaterra, como Alemania, Portugal, Rusia, Estados Unidos, Holanda, China, Francia o Japón, se habían inmiscuido en una fuerte lucha comercial y económica que ya llevaba décadas. Justamente este último, Japón, había iniciado un franco proceso de expansión y modernización, motivado por el auge de capitales extranjeros y su enorme poder pesquero. Siendo un país geográficamente pequeño, llegó un momento en el que su reducido y fragmentado ámbito territorial les fue excesivamente restrictivo. Fue por ello que enfocaron sus miradas en sus países vecinos: China y Corea. El primer foco de expansión fue, previsiblemente, Corea. A comienzos de 1895, Japón concentró sus esfuerzos en pro de la conquista del país. Sin embargo, China, que tenía los mismos afanes, le declaró la guerra. El inevitable choque entre ambas potencias, La primera guerra Chino-Japonesa, determinó el triunfo nipón y la firma del Tratado de Shimonoseki en el 17 de abril de ese mismo año por el cual China renunciaba a cualquier futura intromisión o intervención militar en Corea, cediendo asimismo, los importantes enclaves portuarios de Taiwán y Lüshunkou, antes Port Arthur. Vencido su vecino asiático de enfrente, Japón planeó invadir la debilitada China, pero nunca esperó que la presión internacional tirara a bordo sus planes.

File:Japanese soldiers near Chemulpo Korea August September 1904 Russo Japanese War.jpg

En efecto, Rusia, Gran Bretaña y Francia, por estrictas y comprensibles motivaciones comerciales, impidieron que la nueva y peligrosa potencia asiática tomara posesión de Taiwán y Port Arthur, zonas de comercio claves en el Océano Pacífico. China, aliviada, empezó una secreta maniobra de oposición japonesa en Corea, país al que de facto, continuaba dominando. Así, los chinos con el emperador Guang-Xü a la cabeza, azuzaron a Corea de arrendar a Rusia una base naval en sus terrenos, algo que después también hizo China al ceder por 25 años un puerto libre de hielos para la flota naval rusa del Pacífico. La idea china era clara: Oponer a Japón el poder ruso tanto desde su país, como desde Corea, a modo de parachoques. Guang-Xü muy pronto hubo de interrumpir a toda prisa su continuo juego de intrigas. El país, desprestigiado tras las derrotas ante Japón y el avasallante poder del comercio extranjero, explotó. Las protestas xenófobas estallaron en 1898 con la revuelta de los boxers y debilitado en todos sus frentes, China fue prácticamente obligada por Rusia a cederle Port Arthur, justamente el territorio que Japón había ganado militarmente. Esto, naturalmente, significó una total afrenta al país, que vio con indignación cómo China permitía a los rusos el libre acceso a todos sus puertos y vías fluviales, y la entrada a Manchuria, tierra que comúnmente ambicionaron. La misma irritación sintió Inglaterra, que ante la elección del peligro japonés o el ruso, definitivamente prefería el primero. Hábilmente, en realidad, dada la desesperada situación china todo se podía esperar, logró el arrendamiento de la zona portuaria de Wei-Ha-Wie, apenas a 40 kilómetros de Port Arthur, con el fin de aumentar su posición estratégica en la zona. Con el paso de los meses, comprendió que aquel esfuerzo podría ser en vano: Rusia estaba acelerando la construcción de una desviación de la gigantesca línea ferroviaria llamada Transiberiana para unir China con su país. Gran Bretaña, entendiendo en ello un acto de consolidación militar, buscó la alianza con los japoneses. Cosas de la diplomacia y los intereses nacionales. Inesperadamente, Inglaterra busca afianzar relaciones con el emperador Yoshihito, que compartiendo la misma impresión hacia los rusos, accede conversar. De aquellas reuniones nace pues el financiamiento de un enorme plan de rearme naval denominado “Esperanza y Determinación”. En una carrera loca contra el tiempo, los astilleros de Japón, Inglaterra, Francia, Italia, Alemania e incluso, los Estados Unidos, culminaron el ensamble de una flota  gigantesca consistente en 6 acorazados, 4 cruceros armados, 2 cruceros ligeros, 16 destructores y 10 torpederos. La activa participación de Inglaterra no se limitó a la construcción de los barcos: Durante medio año se realizó una intensa campaña de capacitación a los marinos nipones, que de los 15,100 efectivos, pasaron a 40,800. Plenamente transformados en una potencia militar, los japoneses pasaron a la acción. En 1902, a través de la vía diplomática, exigieron al zar Nicolás II el inmediato abandono de Manchuria por considerar que la presencia rusa en China constituía un serio riesgo para la seguridad nacional. Inicialmente, el zar envía un cuerpo diplomático para entablar reuniones con sus pares japoneses, pero al cabo de un año, los resultados son nulos. Quizás esperando que se rompa el nexo Inglaterra-Japón, los rusos dilatan deliberadamente las conversaciones otro año más. A comienzos de 1904, Japón muestra abiertamente su disgusto al zar. Al no haber respuesta, éstos le declaran la guerra el 6 de febrero de 1904.

Las acciones militares iniciaron dos días después de la declaración de guerra. Aún hoy no se comprende bien el por qué el zar, que conocía perfectamente las limitaciones de su fuerza naval, no intentó responder las reiteradas solicitudes de Japón por una respuesta en el corto plazo. Incluso, se sabe que la inteligencia rusa desde 1903 había informado del potencial adquirido por Japón. Con unidades navales antiguas, la gran mayoría apostada en aguas europeas, y un deficitario cuerpo militar dirigente, era poco lo que se podía ofrecer. La madrugada del 8 de febrero de 1904, sin previo aviso, la flota japonesa ataca los enclaves rusos en Port Arthur. Las pérdidas generadas por el poder de los torpedos son cuantiosas. Más de la mitad de los buques del Pacífico son hundidos y salvo unidades menores, la destrucción es casi total. El zar Nicolás II es informado de inmediato del ataque y éste dispone el reforzamiento de las defensas costeras para iniciar la defensa. Infortunadamente para ellos, los japoneses rápidamente han ganado terreno y en cuestión de horas, desembarcan en la península de Lin Tao a 100 kilómetros de Port Arthur. Tres días después, ante la pasividad del gobierno chino y coreano, espectadores de lujo de los combates, los japoneses se posesionan del Mar Amarillo, mar entre China, Corea y Japón, y a finales de abril, llegan hasta el río Yalú, límite entre Corea y Manchuria. La resistencia rusa, inexplicablemente, es muy débil. Luego los japoneses sabrían por qué.

Sucede que ante la rapidez y sorpresa del ataque nipón, los rusos no han tenido el tiempo suficiente para reunir las fuerzas que deberían de llegar en el ferrocarril transiberiano, de modo que su plan de contingencia es ganar tiempo y defender el ferrocarril hasta que lleguen los esperados refuerzos. No obstante, su estratagema es tardía. Los japoneses los obligan a entablar batalla y en los combates de Siui Ju y Kinchao los rusos sufren serios reveses. Compelidos a busca refugio en el interior de la zona montañesa de Manchuria, las milicias del zar son presa fácil para los coreanos que completan verdaderas masacres en las batallas de Wafang y Liao Yang. Ante la noticia de lo que ocurría en el Pacífico, en Rusia se propaga la indignación general. A criterio de la población, fundamentalmente pobre, aquella guerra se debe únicamente a los apetitos personales del zar y no a una necesidad territorial fundamentada. La historia parece haberles dado la razón. La desesperada posición rusa apuesta todas sus baterías a defender Port Arthur. Con todo, no pueden evitar que sus flotas restantes, las de Port Arthur y Vladivostok, sean destruidas por completo. Sin posibilidades de luchar por mar, los rusos deben concentrar sus esfuerzos en resistir cuanto sea posible. Japón, que no quiere desperdiciar tiempo en conciliábulos inútiles, decide rematarlos. El ataque es de proporciones, pero los rusos resisten admirablemente. Centímetro a centímetro, los japoneses ganan terreno y al final del día 11 de abril, el cerco es casi completo. La resistencia rusa, exasperada, pide refuerzos inmediatos. Pero nada asegura que puedan llegar. El zar ordena una ofensiva desesperada. Jugándose hasta la última bala, 160.000 rusos con más de 800 cañones atacan a 260.000 japoneses con 1.200 cañones. Pese a algunos éxitos iniciales, la ofensiva fracasa estrepitosamente. Al borde del desastre, más de 60.000 rusos muertos, heridos o prisioneros se recluyen en los últimos reductos rusos de Port Arthur. Con la muerte del almirante Stepán Makárov, líder de la resistencia, las tropas rusas abdican. En febrero de 1905, Port Arthur es finalmente entregada.

Tal como en Manchuria, la situación en su propio país es también insostenible para el zar. El descontento en el país es general y los primeros atisbos de la rebelión soviética no tardarían en aparecer. Mientras tanto, cuestionado por todos los sectores, Nicolás II no puede disimular su temor. Los japoneses luego de obtener Port Arthur, llegan hasta la frontera septentrional de Manchuria y límite con Rusia, para proseguir su ofensiva. Fueron momentos dramáticos. El ejército ruso debe hacer frente a una monstruosa oleada de más de 550,000 hombres y una artillería de 1,500 cañones y los rusos pierden casi 100,000 hombres. Al borde del colapso, los rusos no pueden evitar que los japoneses conquisten el 10 de febrero de 1905 la ciudad de Mukden, hoy Shenyang, y se pongan a un paso de alcanzar la Siberia rusa, algo que jamás nadie había intentado antes. El Gobierno Chino, impotente, se ve reducido a un mero espectador de los hechos. Como en Manchuria, en el mar también la posición japonesa es preeminente. Las últimas escenas de la conflagración se desarrollan con la lucha entre las armadas navales que Rusia trajo de aguas europeas, y las japonesas. Tanto había demorado la llegada de aquellas fuerzas, que Japón incluso tuvo oportunidad de interceptarlas alrededor de la Isla de Tsushima, hoy Japón, el 27 de mayo de 1905. Aunque de fuerzas equivalentes, el genial uso táctico de la flota japonesa por el Almirante Togo destruyó por completo el poderío naval ruso. Fue el tiro de gracia al zar Nicolas II. Ante la impostergable derrota rusa, Estados Unidos sirve de mediador para las negociaciones de paz. La guerra ruso japonesa terminó con el Tratado de Porsmouth, por el cual Rusia debe reconocer la preeminencia de los intereses del Japón en Corea; cede al vencedor su arrendamiento de la península de Liaodong, su base de Port Arthur, el ferrocarril meridional de Manchuria y la mitad sur de la isla de Sajalín. Ambos países, de común acuerdo, se comprometen a restituir Manchuria a China. A pesar de la insistencia del Japón, no se prevé ninguna indemnización. Sin embargo, ningún hecho tan importante sobrevendría después en Rusia, que la fallida revolución de 1905, el posterior germen que haría nacer una de las más grandes revoluciones del siglo XX: El bolchevismo[1]

La Factoria Historica

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[1] Adams, Simon; Crawford, Andy (2000) (en inglés). World War II. Doring Kindersley Limited. ISBN 0-78946-298-2; Beasley, W. G. (1972). The Meiji Restoration. Stanford, California: Stanford University Press. ISBN 0-8047-0815-0; Bito, Masahide; Watanabe, Akio (1984) (en español). Esbozo cronológico de la historia del Japón. International Society for Educational Information, Inc. 051040394; Black, John R. (1881). Young Japan: Yokohama and Yedo, Vol. II. London: Trubner & Co; Bolitho, Harold (1974). Treasures among Men: The Fudai Daimyo in Tokugawa Japan. New Haven: Yale University Press; Borton, Hugh (1955). Japan’s modern century. Ronald Press Co; Bryant, Anthony (1995) (en inglés). Sekigahara 1600: The final struggle for power. Osprey Publishing. ISBN 1-85532-395-8; Davison, John (2005) (en español). La Guerra del Pacífico Día a día. Libsa. ISBN 84-662-1227-2; Deal, William (2007) (en inglés). Handbook to Life in Medieval and Early Modern Japan. Oxford University Press US. ISBN 0-19-533126-5; Emiko, Ohnuki; Tierney. Kamikaze, Cherry Blossoms, and Nationalisms: The Militarization of Aesthetics in Japanese History. University of Chicago Press. ISBN 0-226-62091-3; Editorial Televisa (2009) (en español), Almanaque Mundial 2010, Editorial Televisa, ISSN 1665-3742; Fiévé, Nicolas; Waley, Paul (2003). Japanese Capitals in Historical Perspective: Place, Power and Memory in Kyoto, Edo and Tokyo. Routledge. ISBN 0-7007-1409-X; Gambetta, Diego (2006) (en inglés). Making Sense of Suicide Missions. Oxford University Press. ISBN 0-199-29797-5; Gardini, Walter (1996) (en español). Religiones y literatura de Japón. Kier. ISBN 9-50170-631-1.

Un comentario en “La guerra ruso-japonesa: El comienzo del imperialismo nipón

  1. Creo que hay una constante: tras el nacionalismo, máxime si es exaltado, viene el imperialismo. Japón lo puso en práctica en 1904 y luego en 1931; en ambos períodos con una fuere influencia militar nacionalista.

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