Operación Flipper, Misión: asesinar a Rommel

Entre fines del otoño e inicios del invierno de 1941 durante la Segunda Guerra Mundial, las cosas en el frente norteafricano tenían que definirse o bien para el Eje o bien para los Aliados. A principios de octubre de ese año, Auchinleck había reemplazado a Wavell y se preparaba para desencadenar una ofensiva contra Cirenaica para arrebatarla de las manos de Rommel y expulsarlo de África de una vez por todas. Debido a la debilidad en el bando Aliado después de Brevity y Battleaxe había llegado a tal extremo que fue imposible lanzar una nueva ofensiva en casi cinco meses más. La fecha establecida por Auchinleck como mínimo fue el 18 de noviembre. Las fuerzas del Eje también tenían grandes limitaciones, y curiosamente Rommel sólo se dedicó a establecer un cerco sobre Tobruk, puerto al cual habían fallado todas las ofensivas lanzadas. Una nueva se venía planeando el 25 de noviembre, es decir una semana después que la ideada por Auchinleck. No obstante, los británicos querían que las líneas de la retaguardia del Eje se vean lo más posible afectadas. Por ello la noche anterior antes de que se dé inicio a la Operación Crusader, se enviarían unidades del SAS o Special Air Service, que se lanzarían en paracaídas detrás de las líneas enemigas con el objetivo de poner fuera de combate los aviones del Eje…

Operación Flipper, Misión: asesinar a Rommel

No obstante, y a pesar de que la idea era muy buena, los inconformistas ingleses pensaron arriesgar el todo por el todo en un proyecto más ambicioso. Como Rommel no parecía un militar cualquiera sino uno de alto prestigio y soberbia estrategia, así como de metódico y honorable procedimiento, tal vez lo mejor sea acabar con aquel cerebro que podría ocasionarles tantos problemas. No se pretendería matarlo, sino más bien capturarlo. Además de ello, para lo cual se debería atacar la villa de Rommel y el puesto de mando alemán, habría otros tres objetivos. Ellos eran: sabotear un puesto de mando italiano en Cirene interrumpiendo las líneas telefónicas y telegráficas; asaltar las oficinas del Servicio Secreto italiano en Apollonia; y finalmente interrumpir las líneas de enlace entre El-Faidia y Lamluda. Se renunciaron a otros objetivos como atacar Cirene y Apollonia. Es así que a inicios de octubre, unos 6 oficiales, 53 soldados entre suboficiales y tropa del 11 comando escocés y bajo a las órdenes del teniente coronel Geofrey Keyes pasaron a depender directamente del mando del Ejército VIII. Si bien conformaban la Layforce, esta se hallaba ya muy reducida debido a que todo el personal se había pasado a filas del citado ejército por la fuerza de las circunstancias. La investigación de los movimientos de Rommel estuvo a cargo del capitán J.H. Haselden. El 10 de octubre llegó al frente y junto con un amigo árabe inspeccionó toda la región hasta el 27 del mismo mes. Durante todo ese tiempo Keyes y todos sus soldados se preparaban en técnicas de desembarco elaborando un plan concreto y exacto para la incursión. El jefe de la reducida Layforce era aún el coronel Laycok, y tal vez como pocas veces, no se mostraba muy optimista que digamos. Sin embargo, a pesar de todo, el 10 de noviembre se tenía preparada la incursión.

Los hombres se embarcaron en dos submarinos, el Torbay y Talisman y dos días después de haber dejado Alejandría, tanto Laycock como Keyes explicaron a sus soldados que el objetivo principal era capturar a Rommel. Además de los británicos viajaban con ellos un palestino que serviría de intérprete y dos guías senusis. Estos se encargarían mediante una carta escrita por Seyed Idris, líder de los senusis, dando órdenes a sus súbditos para prestar toda la ayuda posible. El 13 de noviembre Haselden llegó a la casa de un árabe que sabía hablar inglés y desde allí, junto con otro guía, marchó rumbo a Hamma, donde debería guiar al comando hacia el interior. Los dos submarinos llegaron ese mismo día a la costa. Lo único negativo hasta el momento fue el mal clima. Se envió un bote a investigar el estado de las playas para analizar el desembarco una vez se estuvo frente a las costas y se determinó que se podía hacer a pesar de que aquella noche la demora fue tanta, que sólo quedaban tres horas de oscuridad. Lastimosamente, la operación de desembarco culminó en desastre por varios motivos. Primero, el mar embravecido arrojó al Talisman contra un bajío y siete embarcaciones así como once soldados cayeron al agua. Se llevaron a cabo las operaciones de rescate, pero ya era demasiado tarde, por tanto, los del incidente decidieron retirarse. En definitiva sólo cuatro botes del Talisman llegaron a la playa. Entre ellas estaba la del coronel Laycock. Finalmente había llegado la hora. No habían arribado todos los hombres y sólo había dos destacamentos. La prioridad era capturar a Rommel. Se alcanzó la cima del primer talud, 800 metros tierra adentro, casi a las 21 horas del 15 de noviembre. Sin embargo a la medianoche el guía árabe abandonó la patrulla, pues no quería acercarse mucho a las líneas alemanas ya que de ser capturado sería tomado como traidor y el castigo que le esperaba era probablemente muy duro. Keyes se quedó desamparado de este modo y de ahí en más sólo andaría con un mapa y un compás. Antes de que amanezca se sentaron a descansar pues estaban realmente agotados. Se encontraron con un grupo de árabes y uno de ellos aceptó guiarlos hasta donde estaba Rommel a cambio de mil liras. Se hizo de noche y los soldados se pusieron en marcha rumbo a Beda Littoria donde estaba la “villa de Rommel”. Pasaron dos horas y media de camino, hasta que llegaron a una gruta que según los árabes sólo estaba a ocho km del objetivo. Llegó otra mañana y Keyes salió con un grupo pequeño con el fin de preparar el ataque final. La lluvia le obligó a volver a la gruta y envío a otro árabe para que le informe del terreno. Gracias a sus informes, pudo llevar a cabo un análisis de todo lo existente en el puesto de mando y la villa. Keyes entonces creyó acariciar el éxito ahora que tenía la información necesaria. Tantos eran los detalles que determinó cuantos hombres deberían entrar en cada casa, cuáles deberían inutilizar la instalación eléctrica y quienes vigilar la carretera que conducía al puesto de mando para sabotear los automóviles. La contraseña que se estableció fue Island-Arran. Llegaron las 18 horas y todos se pusieron en marcha. Con los rostros ennegrecidos y zapatos de tenis para hacer menos ruido, todos tenían seis horas para alcanzar el objetivo. Marcharon por un sendero hasta llegar por detrás del poblado. Al encontrarse en la plaza, el guía reclamó su dinero y junto con otros árabes, decidió esperarlos allí de regreso.

Poco antes de que se inicie la fase principal, o sea el asalto en sí mismo, uno de los integrantes tropezó con una hojalata y todos los perros del pueblo comenzaron, misteriosamente, a ladrar. Dos oficiales italianos salieron a ver qué sucedía y se encontraron con la patrulla inglesa, empero el capitán Campbell respondió diciéndoles que se trataba de alemanes. Los fascistas no vieron sospechas y se retiraron. Keyes y otro hombre se habían adelantado y cortaron la red metálica de la barraca que rodeaba el jardín de la villa. Debido a la lluvia sólo existía un centinela en esos momentos. Keyes lo asesinó sin hacer el menor ruido. Así se dio la señal y la patrulla procedió con el plan. Tenían consigo explosivos suficientes para volar el puesto de mando y la central eléctrica cercana. Pero como los comandos se percataron que la puerta trasera estaba bloqueada y las ventanas cerradas, el ataque se daría sólo por la puerta principal del recinto. Campbell tocó y llamó en alemán. Salió un nazi y empezó a gritar cuando se le apuntó por lo cual recibió un disparo. Ingresaron y se encontraron con un gran patio, creyendo haber perdido el factor sorpresa. De todos los lugares a donde dirigía este patio, fueron a una de las puertas por donde se notaba luz. Un enemigo descendió por la escalera que llevaba al patio y fue abatido. Llegó otro hombre del jardín con una linterna y de igual modo fue abatido. Keyes abrió de par en par las puertas que daban en dirección al patio y por donde habían visto la luz y encontró diez alemanes acabando con algunos de ellos. Cerró otra vez la puerta y la volvió a abrir con el fin de arrojar una granada, pero antes de que se cerrara una bala le dio a Keyes encima del corazón y cayó al suelo mortalmente herido; poco después moría. La bomba estalló y se apagaron las luces. Campbell arrastró el cuerpo de Keyes al jardín y volvió a entrar. Salió a encontrarse con los hombres que se habían quedado fuera del recinto pero olvidándose de las órdenes fue disparado por estos y se le hirió en una pierna. A continuación sucedieron varios desastres. Antes que nada se intentó cancelar la misión y volar la casa entera, pero la lluvia había mojado las mechas dejándolas inútiles. Se lanzó entonces una granada a un tubo para arruinar la ventilación. Finalmente después de haber lanzado las bombas al parque de automóviles, los sobrevivientes se alejaron abandonando a Campbell pues no era posible transportarlo.

Quedó a cargo el sargento Terry. Caminaron toda la tarde y al final llegaron a la playa donde estaba el coronel Laycock. En cuanto a la otra patrulla que debía lidiar con el objetivo en Cirene, no se sabía nada. Más tarde se supo que el objetivo allí se cumplió pero todos los hombres fueron capturados. Esa misma noche se vio al Torbay y el rescate parecía un hecho. No obstante no se envió ningún bote y las señales no fueron contestadas. Los 22 sobrevivientes pasaron un día más hasta esperar a ser rescatados. Pero no la tendrían tan fácil. En efecto al mediodía del 19 de noviembre fueron atacados por una patrulla de árabes y después por soldados italianos. Laycock ordenó dividirse e intentar llegar al sector de Slonta, volver a la playa o esconderse en los wadi cercanos a Cirene con la esperanza de que los soldados de la ofensiva de Crusader los rescaten. Empero, a pesar de sus buenas intenciones, todos los sobrevivientes fueron capturados a excepción del coronel Laycock y el sargento Terry. Sin embargo sólo llegaron a encontrarse con el Ejército 8, unos cuarenta y un días después de haberse alejado de la playa. En síntesis toda la operación había sido un estrepitoso fracaso. En especial todo se debió a la pésima información preliminar, pues Rommel no frecuentaba dicho lugar comúnmente y en aquellos momentos se hallaba en su base de Ain-el-Gazala. En cuanto al zorro del desierto, le preocupó mucho este tipo de incursión e incrementó la seguridad de la retaguardia para evitar futuras sorpresas. Pero así como impresionado, mostró respeto por el enemigo y las víctimas. Y es por ello que envío a su capellán con el fin de celebrar con todos los honores militares el funeral del teniente coronel Keyes y de cuatro soldados alemanes muertos en aquella acción. Keyes al menos, recibiría la Victoria Cross póstumamente. Si bien este intento de capturar a Rommel fue fallido, quedó una prueba más: los Aliados sabían muy bien ya a esa altura a qué clase de enemigo tenían enfrente, de la situación militar del Eje en el norte de África y que las victorias se debían sólo a la genialidad de aquel, al que, aliados o enemigos, empezaron a admirar tanto, haciéndolo conocido como el zorro del desierto…[1]

La Factoria Historica


[1]Young, Desmond (1965). Rommel the Desert Fox. New York: Harper & Row. introducción de Sir Claude Auchinlec; Bierman y Smith (2002). The Battle of Alamein: Turning Point. ISBN 0-670-03040-6; Irving, David (2005 (1a edición de 1977)). Trail of the Fox. Focal Point Edition. ISBN 1-872197-29-9. Puede descargarse gratuitamente (en inglés) de la web de David Irving para uso no comercial. Versión en español: El rastro del zorro, Editorial Planeta 1992; Fraser, David (2004). Rommel, el zorro del desierto. Madrid:La esfera de los libros. ISBN 84-9734-242-9. Primera edición original en 1993; Rommel, Erwin (2006). Infantry Attacks (Infantrie greift an). Greenhill Books. ISBN 1-85367-707-8. Memorias de Rommel durante la Primera guerra mundial. Primera edición original en 1937; Rommel, Erwin, con edición de B. Lidell Hart, Manfred Rommel y Fritz Bayerlein (1982). The Rommel Papers. Da Capo Press. ISBN 0-306-80157-4. Rommel acumuló una gran cantidad de documentación a lo largo de la Segunda Guerra Mundial con la intención de escribir un segundo libro de memorias, al que pensaba titular Krieg ohne Hass (Guerra sin odio). Tras su muerte, una parte se perdió; otra fue recuperada y publicada en una edición conjunta entre el estudioso Basil Liddell Hart, Manfred Rommel y el general Fritz Bayerlein. Primera edición original en 1955.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s