El Concilio de Trento

Sumergida en el caos espiritual generado por la Reforma Luterana, la Iglesia Católica se encontraba, iniciado el siglo XVI, en una encrucijada. Distintos sectores, fuera y dentro de la Iglesia, demandaban una reforma dentro de la misma institución, para hacer frente a los cambios que se vivían en materia espiritual en toda Europa. Un contraataque, una Contrarreforma. ¿Quién hubiera podido imaginar que sería el papa Paulo III, elegido en 1534, quien reformaría la Iglesia? El mismo papa inmensamente rico que se había hecho construir un suntuoso palacio decorado por los Carracci con alegorías paganas…

El Concilio de Trento

Sin embargo, desde la época del Concilio de Letrán, el cardenal Farnesio había sido atraído poco a poco por la idea de reforma. Cuando se sentó en el trono de San Pedro bajo el nombre de Paulo III, anunció inmediatamente su intención de convocar un concilio el 2 de junio de 1536. Más de 10 años tuvieron que pasar para que el concilio se efectuara. Durante esa década, el papado intentó fortalecer la posición de la Iglesia de formas contradictorias, al tiempo que surgía un espíritu renovador basado en el humanismo y las nuevas órdenes religiosas, también se reinstituía el arcaico cuerpo de la Inquisición.

De hecho, la oscura fama del Santo Oficio se debe a este período de gran persecución hacia los infieles, herejes, y protestantes. Cuando se tacha de “medieval” a las torturas de la Inquisición se lo hace pensando más bien en la Inquisición del Renacimiento y la Edad Moderna que en la que se desarrollaba en la Edad Media. Finalmente se fijó el Concilio de Trento, una elección ingeniosa: la ciudad era italiana y no se hallaba muy lejos de Roma, pero quedaba dentro de los límites del Imperio Romano Germánico, y con esto la Iglesia esperaba poder convocar al debate a los mismos reformistas, para poder eventualmente negociar con los protestantes y poner fin al cisma religioso. Sin embargo, cuando el Concilio de Trento inició sus sesiones el 13 de diciembre de 1545, no se hallaba presente ningún protestante. Y ya estaba muy claro, desde el inicio, que el concilio no sería un concilio de unión, sino de reforzamiento del sector de la Iglesia fiel a Roma. 18 años duró esta tempestuosa asamblea, que finalizó el 4 de diciembre de 1563. Transferida de Trento a Bolonia, dos veces suspendida, la segunda interrupción duró 10 años, y dependiente de los azares de la política renacentista. La obra del Concilio de Trento revestía a la vez un carácter doctrinal, teórico y propio de los letrados, y uno pastoral llevado a la práctica con los creyentes. Ya en las primeras sesiones, los padres conciliares enfrentaron la ardua tarea de fijar los puntos del dogma impugnados por los reformistas.

El Concilio de Trento fijó los siguientes puntos:

– La Iglesia católica reconoce el valor de la tradición y se reserva el poder de interpretar las Escrituras, en contrario a la libre interpretación de la Biblia que esbozaron los protestantes.

– Aunque la justificación es obra de la gracia de Dios, el hombre puede prepararse para la gracia o rechazarla; y las buenas obras son el complemento necesario de la fe, los protestantes promulgaban que la salvación del alma venía de la mano de la fe, y no de las obras como ofrendas y peregrinaciones.

– Los 7 sacramentos son de institución divina frente al rechazo protestante de los sacramentos cristianos.

– La misa es un verdadero sacrificio, que actualiza el de Cristo en la cruz. En la Eucaristía, Cristo está realmente presente, bajo las apariencias de pan y vino, su cuerpo y su sangre, los protestantes no creían en esta trasmutación de Jesús.

– La Iglesia es esencialmente jerárquica y el sacerdocio de institución divina, los protestantes criticaron la situación espiritual de privilegio y la intermediación de los sacerdotes entre Dios y el creyente.

Toda esta enseñanza doctrinal planteada en el Concilio de Trento fue resumida en una profesión de fe aprobada por el entonces papa Pío IV al finalizar las sesiones y así se impuso a todo el clero. En el aspecto pastoral, el Concilio de Trento se propuso revisar y reformar los casos de abusos relacionados con la vida del clero y de los obispos. Al menos los más escandalosos. Así, los párrocos y obispos debían residir en el lugar que poseían a cargo, los obispos debían predicar y hacer que sus sacerdotes prediquen, esto puede sonar simple ahora, pero en aquel entonces los obispos no eran sino príncipes terratenientes de escasa ocupación, en todo caso, ninguna ocupación espiritual. Los conventos fueron obligados con rigurosidad a la clausura efectiva, los matrimonios debían ser públicos. Es pertinente preguntarse si el movimiento de la Iglesia romana durante el siglo XVI fue una “reforma católica” o una “contrarreforma”. Si se considera que sus raíces eran tan profundas como las del Protestantismo, y que nada debían a Lutero, hay que hablar de reforma católica. Pero si se tiene en cuenta que fue necesaria la presión de los reformadores para que finalmente se produzca un cambio, hay que reconocer que se trataba de una Contrarreforma…[1]

La Factoria Historica

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[1]Venard, M.: Los Comienzos del Mundo Moderno, El Mundo y su Historia, Editorial Argos, Barcelona, 1970. / Martin Luther: Disputatio pro declaratione virtutis indulgentiarum, 1517 / Concilio de Trento, Documentos del Concilio de Trento.

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