Filipo II de Macedonia

Pocos personajes históricos resultan tan fascinantes como Filipo II de Macedonia. Filipo (382-336 a.C.) se convirtió en rey de Macedonia, un pequeño reino situado en el norte de Grecia que adoraba a los mismos dioses que los griegos y hablaba, más o menos, la misma lengua que los griegos pero que los griegos no consideraban parte de Grecia, sino “bárbaros más o menos civilizados”. Para los griegos de aquella época los macedonios eran lo que para los europeos de hoy son los turcos: ellos dicen que son europeos y los europeos decimos que no….

Filipo II de Macedonia

Cuando Filipo regresó de sus doradas vacaciones en Tebas tenía dos lecciones magistralmente aprendidas, una militar y otra política. La militar era que la nueva táctica de la ruptura basada en la falange profunda podía mejorarse y él había descubierto cómo. La lección política era que Tebas no tenía la fuerza necesaria para dominar Grecia y que cuando Tebas cayera otro ocuparía su lugar. ¿Por qué no él? El bárbaro del norte despreciado por esa Grecia cuna de la civilización cuyas rencillas internas la habían convertido en una dama desprotegida. Y así Filipo se hizo con el poder real en Macedonia tras la muerte de su hermano mayor asegurándose, a la manera habitual en aquellos tiempos, que nadie le hiciera sombra mientras preparaba concienzudamente su gran sueño de conquistas.  Con ese sueño en la cabeza Filipo comenzó a preparar el que habría de ser el ejército más poderoso de la Tierra y que dominaría el mundo durante dos siglos. Y mientras tanto se casó con una bellísima mujer llamada Olimpia cuya gran belleza era directamente proporcional a su desequilibrio mental.

Olimpia le dio en 356 a.C. a Filipo un hijo hermoso, y además inteligente, lo que hizo que la ya de por sí desequilibrada y mimada esposa del rey macedonio se volviera aún más desequilibrada llegando a creerse que su hijo, al que pusieron por nombre Alejandro, era la reencarnación de todo el catálogo de dioses y héroes juntos. Que esta mujer fue una influencia negativa para el Magno es hoy casi indiscutido. Y así creció Alejandro, entre un padre que aspiraba dominar el mundo y una madre que le creía un dios viviente. Sus contemporáneos debieron pensar que el chico, o salía un conquistador como el padre o un loco como la madre, y la Fortuna, esa voluble señora, quiso que aquel niño al que un día se llamaría “Magno” (Grande) fuera las dos cosas, ambas combinadas genialmente. Grecia” como entidad política no existía. Un ateniense miraba entonces a un espartano como un español mira hoy a un chino porque para un griego otro griego de otra ciudad no era un compatriota ya que no existía en Grecia la idea de nación, sino un extranjero. Un extranjero que hablaba su misma lengua y tenía su misma religión, pero extranjero de cabo a rabo. Por eso muchos griegos apoyaron a los persas, porque no encontraban la diferencia entre que un griego sirviera a un persa o a un macedonio. La idea de imperio nacional nace con Roma porque Roma no es una suma de ciudades estado o países, sino una ciudad que conquistó manu militari a todas las demás. Por eso es más apropiado decir “los griegos” que decir “Grecia”. Los estados tal y como los conocemos hoy como España, Francia, o Gran Bretaña son ideas modernas que nacen de un espacio geográfico común y una cultura común de la que se forman, a base de unidad, las entidades nacionales, nuestros modernos estados. Esa falta de unidad que, irónicamente, hizo a los griegos la cuna de la cultura occidental llevándoles a cotas jamás alcanzadas ni antes ni después, era ahora una espada de Damocles sobre su destino. Y mientras tanto Filipo seguía preparando pacientemente a su ejército. Un ejército hecho a la medida de un conquistador. Es curioso que entre Alejandro y César existan tantos paralelismos tantos son que Plutarco se hizo famoso a costa de ellos. De la misma forma que Mario preparó a las legiones romanas para que César pudiera demostrar su genio, Filipo preparó al ejército macedonio para Alejandro. Con el camino preparado por su padre, Alejandro sólo tuvo que poner su genio que no era poca cosa, por cierto, a trabajar. Filipo, decidido a intervenir en Grecia, libró en 346 a.C. una guerra contra los focenses en la que su nuevo ejército salió victorioso. Era el primer aviso de que algo estaba pasando, algo tan grande que arrastraría a Grecia y tras ella a todo el Oriente Próximo y Medio tras ella. La victoria convirtió al “bárbaro” macedonio en alguien a tener muy en cuenta. Macedonia fue admitida en la anfictionía griega o consejo de ciudades cuyo poder fáctico residía en el control de oráculo de Delfos. Este famoso oráculo, cuyas predicciones resultaron tantas veces determinantes en el devenir de la historia griega. Como los griegos no consideraban a Macedonia parte integrante de la cultura helena, lo admitieron como representante de Tesalia, territorio griego que Filipo había conquistado. El oráculo, al ser consultado, no mostró rechazo hacia el rey macedonio. Tal vez influyera en su decisión el torrente de oro que Filipo había enviado a Delfos y la amenazante presencia no demasiado lejana de su ejército…

Sin embargo, Atenas se mostró abiertamente en contra de la llegada de aquel nuevo poder. Demóstenes, un famoso orador ateniense, proclamó: “Filipo no sólo no es griego, sino que no es afín en nada a nosotros, los griegos. Ni siquiera es bárbaro, de esos de hermosa fama; es simplemente un macedonio”. Filipo debió morderse los puños de rabia, pero fingió no hacer caso de tales ataques que con tiempo se fueron haciendo más virulentos. Demóstenes, como Catón, creía que le movía una causa noble, pero no eran más que personajes que vivieron del cuento, como todo buen político, tan alejados de la realidad que su reloj se había parado décadas y hasta siglos antes. Al final, las ciudades griegas enfrentadas a Filipo forzaron una guerra para “librar a Grecia de la amenaza macedonia”. En realidad para salvaguardar sus intereses de reinos de taifas. En 339 a.C Filipo, con su nuevo ejército ya completamente listo, invadió Grecia central. Las ciudades de Tebas y Atenas formaron un ejército para tratar de contener al macedonio y le esperaron en 338 a.C. en Queronea, Beocia. Filipo deshizo al ejército de la coalición tebano-ateniense arrollando sus líneas como un toro enfurecido arrolla el capote de un torero. En esa batalla su hijo Alejandro de 18 años de edad mandaba los 1.800 jinetes de la caballería pesada macedonia y su comportamiento fue tan brillante como su padre, que era el que mejor le conocía, esperaba. Aquel joven príncipe que más parecía un play-boy que un rudo soldado ya era el mejor comandante de caballería del mundo… y seguía aprendiendo…

Filipo demostró sus dotes de gran político no humillando a los atenienses y tebanos vencidos. Su idea no era la conquista a sangre y fuego, sino la unidad completa de toda Grecia bajo un mando único, el suyo. En Corinto quedó formada una nueva liga de ciudades que englobaba a todas las polis griegas a excepción de Esparta que no quiso formar parte de la nueva realidad política. Filipo ya era el amo de Grecia y usó la nueva realidad política para llevar la paz, la paz del vencedor, pero paz al fin y al cabo, a toda Grecia y allí sorprendió a todos confesándoles sus planes: invadiría Asia para destruir al Imperio Persa, el sempiterno enemigo de los griegos que nuevamente amenazaba al mundo heleno. Fue un golpe de efecto que dejó a todos boquiabiertos, pero contemplando a aquel rey “bárbaro” que se esforzaba en ser griego, sintiendo su energía vital, los griegos se dieron cuenta de que aquello, aunque parecía una locura, bien podía ser llevado a cabo por semejante hombre. De golpe y porrazo, Pella, capital del reino “bárbaro” se llenó de artistas, de escultores, de arquitectos, de poetas, de músicos que la convirtieron de la noche a la mañana en un centro cultural bien regado de oro. Filipo ya había demostrado su empeño en “ser griego” llamando para educar a Alejandro al más importante filósofo del mundo: nada menos que Aristóteles, el más grande filósofo que la Humanidad ha dado, pero el filósofo se negó. Filipo le ofreció oro, mujeres, tierras, riquezas de ensueño, pero el filósofo no necesitaba el oro, estaba enamorado de su mujer y las únicas tierras que le importaban eran las de su Liceo o academia donde enseñaba filosofía en Atenas. Filipo insistió e insistió, pero Aristóteles no accedió hasta que el rey macedonio le hizo una propuesta que no podía rechazar: Puesto que Aristóteles era natural de la ciudad de Estagira y ésta había sido destruida, Filipo le ofreció reconstruirla completamente. Aristóteles accedió y llegó a Pella donde fue recibido como si de un rey se tratara. La influencia de Aristóteles sobre Alejandro se puede seguir como se sigue la estela de un reactor en el cielo. Aristóteles, el genial creador de la Lógica y de la Metafísica, el hombre que enseñó a razonar a Occidente, dejó su huella en el joven, su impronta genial basada en una profunda amistad que les unió más allá de la simple relación maestro-alumno. Aristóteles, discípulo de Platón quien a su vez fue discípulo de Sócrates enseñó al joven príncipe la virtud del razonamiento basado en la lógica que de tanta ayuda le sirvió en sus posteriores campañas. Alejandro admiraba la increíble inteligencia de Aristóteles y éste admiraba el genio nato del joven príncipe. Gracias a Aristóteles, Alejandro conoció y amó a Homero. Se dice que dormía con la Ilíada junto a su cama y que soñaba con llegar a ser como Aquiles. Pero Aristóteles le enseñó también la virtud de la prudencia, virtud de la que Alejandro hizo gala toda su vida aunque una visión superficial de su obra indique todo lo contrario.

Sin embargo, en la cumbre de su poder y cuando estaba acariciando ya su sueño de conquista de Oriente, Filipo II de Macedonia fue asesinado por Pausanias. Los historiadores a través de los siglos han señalado a Olimpia como instigadora del regicidio. La verdad no la sabemos pero ante un crimen así hay una pregunta clave: ¿quién sale ganando con la muerte del jefe? Con pruebas meramente circunstanciales Olimpia ha sido condenada por el tribunal de la Historia a falta de pruebas más contundentes. Incluso algunos señalaron al propio Alejandro. Cierto es que Filipo y Alejandro se habían distanciado por problemas personales, pero de ahí a maquinar su muerte media un abismo. En realidad, los que salieron ganando con la muerte del gran Filipo fueron los persas, que desde los tiempos del infame Alcibíades se dedicaban a inmiscuirse en los asuntos griegos, regando con su oro todas las intrigas que mantenían a los griegos divididos y enfrentados. Que los griegos al servicio persa fueran los responsables del asesinato de Filipo es la hipótesis más lógica. La muerte de Filipo convirtió a su heredero Alejandro en su sucesor cosa que en la Antiguedad ambas cosas no iban siempre unidas en 336 a.C. Así pues, el veinteañero rey enterró a su padre en una magnífica tumba que nos ha llegado intacta y se dispuso a continuar la obra de su padre. La partitura era de Filipo, pero ahora la batuta estaba en sus manos. Sin duda los griegos “civilizados” se quedarían con la boca abierta ante tal escena, imaginemos su civilizado terror ante el nuevo y joven rey, vástago de una casa real “bárbara” famosa por solventar sus disputas a puñaladas, pero Alejandro era el nuevo amo y su formidable ejército estaba allí para solventar cualquier duda posible. Rápidamente pasó a Grecia, arrasó Tebas y vendió a todos sus habitantes como esclavos. Las demás ciudades, aterrorizadas, olvidaron sus resentimientos contra el macedonio y aceptaron su yugo, yugo que, por otra parte, tampoco es que fuera una carga demasiado pesada… excepto para los pobres tebanos, claro.

Con Grecia asegurada, Alejandro se puso en marcha para invadir Persia, un coloso con pies de barro en el que el rey, Darío III, que había subido al trono el mismo año que Alejandro, no era más que una marioneta en manos de cien sátrapas o señores feudales que manejaban el imperio a su antojo y capricho. Alejandro presentó la campaña como la venganza de Grecia contra los persas por las guerras médicas y los griegos, que sólo podían asentir, asintieron sin demasiado convencimiento aportando los contingentes de tropas exigidos por el macedonio. En la primavera de 334 a.C. Alejandro de Macedonia cruzó los Dardanelos con un ejército de unos 35.000 hombres. Comenzaba el ciclo de campañas más sorprendente de toda la Historia…[1]

Ver también: La batalla de Gaugamela

La Factoria Historica


[1]Hazel, John. Quién es quién en la Antigua Grecia. Editorial Acento, 2002. ISBN 84-483-0655-4; Bailly, M.A. Dictionnaire Grec-Français Librairie Hachette et Cie. París 1915; Rich, Anthony. Dictionnaire des Antiquités romaines et grecques. Librairie de Firmin-Didot et Compagnie. París 1883; Levi, Peter. Grecia cuna de Occidente. Ediciones Folio S.A.; La Historia y sus protagonistas. Ediciones Dolmen 2000; Pijoan, José. El arte griego hasta la toma de Corinto por los romanos (146 a. C.). Historia general del arte, vol. IV, colección Summa Artis. Editorial Espasa Calpe S.A. Bilbao 1932; Meleau, Maurice. Egypte Orient Grèce. Editorial Bordas 1963; Aguado Bleye, Pedro. Curso de Historia para segunda enseñanza. Tomo I, segunda edición, Madrid 1935; Baines, John y Malek, Jaromir. Egipto, dioses, templos y faraones. Atlas culturales del mundo. Círculo de Lectores S.A. 1988. ISBN 84-226-2615-2; Seignobos, Ch. Historia Universal Oriente y Grecia. Editorial Daniel Jorro, Madrid 1930; Montanelli, Indro. Historia de los griegos

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