Paulina Bonaparte: La Bonaparte Más Sensual (II)

Una vez en la capital francesa, el duelo casi se evaporó. No mucho después de su llegada y del funeral de Leclerc, recobró su papel de reina de las fiestas y comenzó a sumar una nueva lista de amantes, entre los que se destacaría el amorío que tuvo con François-Joseph Talma, uno de los más celebres actores de la época e íntimo amigo de Napoleón…

Paulina Bonaparte: La Bonaparte Más Sensual (II)

Por Uriel Nicolás Fernández

Nuevamente, allá donde fuera, el escándalo la perseguía. Ya no tanto por la condición pública de sus numerosos amoríos, sino por sus peculiares costumbres: La hermana del ya cónsul vitalicio no solo acostumbraba bañarse todos los días en una mezcla de leche y agua, sino que también era capaz de perforar el suelo de alguna planta superior de cualquier residencia, ya fuera propia o ajena, pera improvisar una peculiar ducha. Además solía recibir a las visitas en su Boudoir, acompaña de varios de sus criados negros y cubierta tan solo por un largo pero ligero peinador. Y, por si todo esto fuera poco, por todo Paris corría el rumor de que ella solía calentarse sus pies introduciéndolos en los escotes de dos de sus doncellas mulatas, que la habían acompañado desde Haití. En plena carrera hacía el Imperio, Napoleón comprendió que para preservar el buen nombre de la familia era necesario cortar de raíz tanto escándalo, y la única solución posible parecía la de encontrarle un nuevo marido a la “inconsolable” viuda de Leclerc. Un esposo, pensó seguramente el general Bonaparte, refrenaría los impulsos de la “pequeña Pagnetta”, sujetaría con firmeza sus costumbres y, se podía disponer un buen candidato, tal vez podría ayudar en la campaña militar y política del Gran Corso. Solo había un candidato que reuniera tales condiciones: El Príncipe Camillo Borghesse.

Camillo Borghesse era miembro de una antigua familia romana, que contaba con algunos papas entre sus antepasados. Era un joven de 28 años, tímido y algo pueril, poseedor de una vasta fortuna y una valiosa colección de obras de arte que, en buena medida, pasaría a manos de su cuñado Napoleón. Paulina, como nueva princesa Borghesse, recibiría el trato de Alteza Serenísima, se situaría en la cumbre de la pirámide social y obtendría de su nuevo y flamante esposo una anualidad de 70.000 francos, diversas propiedades, dos carruajes y un palco de perpetuidad en el Teatro Nacional de Roma, más de cuatro camareras y diez sirvientes para su servicio exclusivo, como bien podrían suponer, la reina de las fiestas, los bailes y el lujo parisino, no cabía en sí del gozo. Su nuevo estatus le iba a permitir llevar una vida aún más frívola, lujosa y superficial que la anterior, y, mejor aún, le concedía una cierta respetabilidad que la blindaría frente a las maledicencia ajena. Pero contaba con un pequeño inconveniente: Debía Trasladarse a Roma. La noticia la sobresalto. La “pequeña Paganetta” ignoraba la voluntad de su hermano por alejarla de París. Tras la boda, las órdenes napoleónicas reflejaron la misma rotundidad que cuando iban dirigidas a sus soldados: “Señora princesa Borghesse: se aproxima la mala estación. Los Alpes se cubrirán de hielo, por lo que debéis poneros en camino hacia Roma. Os ruego que, una vez allí, os distingáis por vuestra dulzura. Se espera más de vos quede cualquier otra persona. Debéis adaptaros a las costumbre de vuestro nuevo país y no pronunciar nunca la frase: “En París esto es mejor” Aún contra su voluntad, Paulina obedeció y se trasladó a Roma. Como su hermano intuía, la vida en la capital italiana le pareció aburrida y comenzó una nueva e imparable carrera de amoríos y diversión que su nuevo marido acepto resignado e indiferente. No por generosidad. El príncipe bien sabía la razón de que su esposa buscara en cuerpo ajenos lo que él no podía ofrecerle: Borghesse una disfunción eréctil que le imposibilitaba consumar su matrimonio. Se dice que Paulina utilizó todas sus artes femeninas intentando solucionar dicha situación, entre las decisiones que tomo en ese sentido, no fue la menor ni la menor importante encargar a Canova que la esculpirá semidesnuda. Lo deja en evidencia la carta que, en 1818, alejada de Camillo, le escribió rogándole que la alejara de miradas ajenas. En ella le asegura que fue hecha para su exclusivo placer y, por lo tanto, solo él tenía derecho a contemplarla. En otras palabras, lo que Paulina quería expresar era que, ya que Camillo no podía poseerla, la escultura de Canova le permitía admirarla en toda su desnudez. La historia de la estatua escandalizó a la sociedad romana.

Para aquel entonces, Napoleón, ya emperador, había nombrado a su hermana Paulina princesa de Guastalla y, como tal, soberana de un pequeño estado de unos diez kilómetros cuadrados. Algo relativamente poco, en comparación con el reino de Holanda que había recibido Luís, el reino de España que recibió José o el reino de Nápoles que había quedado en manos de Carolina. Ofendida Paulina vendió el terreno al ducado de Parma, y con el dinero compró una cantidad de joyas, trajes y objetos lujosos que Napoleón la bautizó como Notre Dame des Colifichets (o lo que es lo mismo: “Nuestra Señora de los Perifollos). No obstante, la paciencia de Camillo Borghesse tenía un límite. Y ese se llamó Louis Nicolas Philippe Auguste Forbin. Paulina, harta de los chismes y cuentos sobre su persona que cubrían Roma, se había instalado en el balneario francés de Plombières pese a la voluntad de su hermano, quien le escrito: “Si te obstinas en volver a París no cuentes conmigo. Yo no te aconsejaré sin que antes ceses los desacuerdos con tu marido  y las antipatías por Roma. Pórtate bien con el Príncipe, acoge bien a los romanos y procura vivir como corresponde a mi nombre y a tu alcurnia”.  Por su parte, Frobin era un hombre atractivo, pintor, poeta y arquitecto, tenía facciones correctas, elevada estatura, modales elegantes y un temperamento tan jovial como la misma Paulina. Podría decirse que eran tal para cual,  el amor no tardó en surgir entre ellos y Paulina partió con su nuevo enamorado a las propiedades que este poseía en Provenza. Durante la estancia en Aix-en-Provence (la ciudad de donde Forbin era originario) se apareció de improvisto el marido burlado. Según un testigo presencial, la naturalidad con que Paulina admitió el idilio y confesó públicamente su amor hicieron que Camillo Borghesse exclamara: “Podéis sentiros satisfecha de ser la hermana de un emperador. De lo contrario os infligiría tal castigo que no os olvidaríais jamás”.

Enterado del suceso, Napoleón decidió terminar con el romance. El pintor provenzal fue llamado con urgencia desde París y nombrado teniente adjunto del mismísimo Napoleón. Aunque no sería la única condecoración que recibiría Forbin: Al nombramiento anterior le seguirían los de capitán, barón del Imperio, y la concesión de diversos galardones. Una triunfal carrera que quizás le haya compensado el olvido por parte de la mujer, porque, después de separarse del Príncipe Borghesse, Paulina no tardó en consolarse de su ausencia. A Forbin le siguió un director de Orquesta, Félix Blanini; Un comandante de húsares, Armand de Canouville; un capitán de dragones, Archile Tourteau de Septeuil; un artillero, el mayor Duchaud… Una lista bastante extensa, que seguramente hubiera seguido creciendo de no sucumbir el emperador. Cuando Napoleón, tras abdicar forzosamente en 1814, se vio abandonado por muchos de los que había subido al carro de la fortuna, Paulina continúo firme a su lado y su reacción fue de lo más fraternal. En lugar de permanecer en su palacio de Roma, partió hacia Elba para reunirse con su hermano, e hizo de mediadora entre él y otros miembros de la familia, que nunca aparecieron el retiro forzado del ex-Emperador. Y cuando Napoleón escapó de su prisión para recuperar su imperio, ella, tan amante de las joyas y los lujos que era,  puso a disposición de su hermano todos sus diamantes, que eran de gran valor. Los diamantes iban en el carruaje de Napoleón, el que llevó a esa batalla. Él tenía intención de devolvérselos. Luego, tras la derrota de su hermano en la batalla de Waterloo, Paulina insistió a Metternich (de quien se rumoreaba que también, al igual que tantos otros, había sucumbido ante sus encantos) para que le permitiera compartir el exilio con su hermano en Santa Helena, pero el canciller austriaco, impasible, le negó el permiso para visitarle. Seguía la recomendación del gobernador de la isla, el general Hudson Lowe quien aseguro: “La presencia de esa mujer acabaría por corromper a la guarnición en pleno y el prisionero podría escapar” (al parecer Paulina aún conservaba sus encantos).

Finalmente obtuvo el permiso, pero poco después de lograrlo le llegaba la noticia de la muerte de Napoleón. Hundida por la partida de su hermano, Paulina se retiró a Florencia. Gracias a la ayuda del papa conseguiría, en 1825, el perdón de Camillo Borghesse y comenzó la que sería la etapa más serena de su vida. Pero al parecer, Paulina no estaba hecha para esta vida, un cáncer acabo con su vida en pocos meses, a sus 44 años de edad. Se cuenta que aquel 9 de Junio, quizás intuyendo que su fin estaba próximo, pidió darse su acostumbrado baño matinal y, tras peinarse y perfumarse, se vistió con sus mejores ropas y su cubrió de joyas. Llamó a su esposo y le pidió perdón por todas las ofensas que le había hecho y con su propia mano escribió un testamento en el que nadie fue olvidado. Murió finalmente mirándose al espejo, y algunos dicen que abrasada a un retrato de Napoleón, a la caída de aquella misma tarde. Había dejado dicho que deseaba ser enterrada en el panteón familiar de los Borghesse, en la basílica romana de Santa Maria Maggiore. Allí, entre papas y príncipes, reposa la que, en palabras de su hermano Napoleón, fue “la mujer más hermosa de su tiempo y, hasta el final de sus días, la mejor criatura viviente[1]

Ver también: Paulina Bonaparte: La Bonaparte Más Sensual (I)

La Factoria Historica


[1] Fuentes: Revista Historia y Vida Nº 492 (mes de marzo de 2009); Blog De Reyes, Dioses y Héroes; Wikipedia; Para saber más: Biografías: “Paulina Bonaparte, La Venus Imperial” (1965) ¸ del escritor François de la Còte y de la editorial Rodegar; Novelas: “El Reino de Este Mundo” (2007), del escritor Alejo Carpentier y la editorial Seix Barral, que relata la estadía de Paulina en Haití; “Venus Bonaparte” (2002), del escritor Terenci Moix y la editorial Planeta

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