La Revolución científica, Parte I

La esencia real de la Revolución Científica comprende un amplio espacio, en el cual fueron desarrollándose los hechos que dieron origen a dicho hecho. Esta revolución como su nombre la indica, representa el cambio paradigmático de la era en cual reinaban formas de proceder como la especulación y la deducción. Pasando a tiempos en el cual se procede mediante una forma más sustentada, es decir con soportes firmes basados en la ciencia pura, es decir de cierta forma se dejó de lado la visión aérea de los hechos. Esta revolución, presenta las razones por las cuales la asimilación de un nuevo tipo de fenómeno o de una nueva teoría científica debe exigir el rechazo de un paradigma más antiguo, no se derivan de la estructura lógica del conocimiento científico; pues podría surgir un nuevo fenómeno sin reflejarse sobre la práctica científica pasada….

La Revolución científica

Parte I

Por revolución científica se denomina habitualmente el periodo comprendido entre 1500 y 1700 durante el cual se establecen los fundamentos conceptuales e institucionales de la ciencia moderna. Se considera revolución científica a todos aquellos episodios de desarrollo no acumulativo, en que un paradigma antiguo es reemplazado completamente o en parte, por otro nuevo, incompatible. En lo que a conceptos, el elemento central de la Revolución Científica es el abandono de la visión cosmogónica en la que la Tierra ocupaba el centro del Universo, sistema geocéntrico de Ptolomeo, y de la física aristotélica, por una en la que los planetas se mueven en torno al Sol, sistema heliocéntrico, una idea que, aunque también habían considerado algunos antiguos como Astiarco, fue introducida con detalle por Nicolás Copérnico.

Las consecuencias de la revolución científica, de la que Galileo y Newton fueron sus máximos exponentes, pueden dividirse en tres grandes grupos: consecuencias metodológicas, filosóficas, y religiosas: Consecuencias metodológicas: Desconfianza ante las “intuiciones” ingenuas del sentido común como intérprete de la realidad. Se incrementa el valor de la observación y de la experiencia y la necesidad de la verificación empírica. Los sistemas puramente especulativos, como construcciones mentales deducidas a partir de unos principios universales no discutidas, ceden el paso a hipótesis de trabajo basadas en la experiencia y sujetas a una revisión continua. Nuevo criterio de verdad. La deducción, que había reinado desde Parménides, cede el trono a la inducción. Galileo la práctica, y Bacon acomete la tarea de justificarla teóricamente y de elaborar su metodología, de forma que constituya el nuevo instrumento, Novum Organum, de la ciencia en sustitución del Organon aristotélico. La expresión de la realidad se matematiza. La ciencia moderna desea predecir con exactitud los fenómenos, y para ello necesita conocer las leyes físico-matemáticas que los rigen. Cada rama de la ciencia se independiza de las otras aunque aproveche indirectamente sus avances.

Existen unas consecuencias filosóficas donde se derrumba la autoridad de Aristóteles. Se ve que Aristóteles se equivocó al afirmar el sistema geocéntrico de esferas, la incorruptibilidad de los astros, el cese del movimiento cuando cesa la causa, etc. El desprestigio de Aristóteles aumentó también por considerársele defensor a ultranza del método deductivo y la especulación pura. Cambia el concepto de ciencia. Ya no interesa lo óptico, sino lo fenoménico; la realidad subyacente, sino el comportamiento aparente. Algunos científicos como Galileo y Kepler solo se interesan por establecer las leyes matemáticas de los movimientos. Hay unas consecuencias religiosas en la autonomía de la ciencia frente a cualquier autoridad. La última palabra corresponde a la razón, que parte de la experiencia científica y vuelve a ella para verificar sus conclusiones. El científico moderno suprime las explicaciones prenaturales de los fenómenos físicos, y busca sólo las causas inmanentes, intramundanas. Con Descartes, Galileo y Newton se desarrolló la idea de que el verdadero conocimiento es conocimiento de algo que está más allá de los fenómenos, que tiene una estructura definida y caracterizable matemáticamente. Decir que la realidad tiene una estructura que no está constituida por sustancias y, en particular, identificar la realidad con una estructura matemática de los fenómenos, nos permite formular la idea de que sí podemos tener conocimiento cierto de esa estructura. Según Newton, la “deducción a partir de los fenómenos” requería el diseño de experimentos y la sistematización de observaciones en un marco de conceptos matemáticos que permitieran llegar a tener conocimiento de la estructura, de lo real, sin suponer que conocemos las causas últimas de lo real. Así, implícitamente, Newton distingue dos conceptos de “causa”; por un lado, habla de las leyes cuantitativas de la naturaleza como causas, en un sentido en el que ya Descartes hablaba de las leyes como causas secundarias, esto es, en el sentido de que apelar a esas leyes permite explicar los fenómenos. Por el otro, Newton habla de “causa” en el sentido del origen físico, en el nivel de la estructura corpuscular de la materia, del movimiento. La estructura de los fenómenos o, más precisamente, las leyes de la naturaleza que describen la estructura de manera cuantitativa, eran para Newton, causas que explicaban los fenómenos, y en ese marco sería más correcto hablar de principios explicativos.

Newton señalaba que las leyes fundamentales de la naturaleza son descripciones de las fuerzas de interacción que se aplican universalmente. Estas leyes nos permiten explicar la estructura de los fenómenos en la medida en que, por lo menos es posible derivar las regularidades a las que tenemos acceso en la experiencia a partir de esas leyes fundamentales. Parte del éxito de la propuesta de Newton se debió a que la ley de la gravitación universal salió a relucir a partir de cierta reformulación matemática de los fenómenos conocidos. Por esto Newton pudo hablar de “deducción”, aunque el término no fuera estrictamente correcto. Pero el punto es que dadas ciertas restricciones, que no introducen hipótesis adicionales a los fenómenos, en el sentido de que no introducen otros principios explicativos, es posible deducir la ley de la gravitación a partir de los fenómenos en un sentido matemático estricto. Newton mostró como, en algunos casos especiales pero importantes, y bajo ciertos supuestos, es posible “deducir” de la estructura de los fenómenos ciertas leyes generales que describen esa estructura y que pueden utilizarse como puntos de partida, como premisas de las explicaciones. La revolución copernicana Para Thomas Khun la revolución copernicana fue una revolución en el campo de las ideas, una transformación del concepto del universo que tenía el hombre hasta aquel momento y de su propia relación con el mismo, y tuvo lugar en las investigaciones astronómica. En 1543 Nicolás Copérnico se propuso incrementar la sencillez y precisión de la teoría astronómica vigente, transfiriendo al sol muchas de las funciones que hasta entonces se atribuían a la tierra. Esa revolución no se limita a una reforma astronómica, sino que con la publicación del The Revolution obus de Copérnico se produjeron enseguida una serie de cambios radicales en la forma de comprender la naturaleza por parte del hombre, innovaciones que culminaron un siglo más tarde con el concepto newtoniano del universo.

Copérnico vivió y trabajó en un periodo caracterizado por rápidos cambios de orden político, económico e intelectual que prepararían las bases de la moderna civilización europea y americana, se convirtió en un foco de las apasionadas controversias religiosas, filosóficas, y sociales. La concepción aristotélica del cosmos fue la principal fuente y el punto de apoyo para la práctica astronómica precopernicana. El principio de autoridad típicamente medieval que emanaba de los escritos de Aristóteles deriva del brillo y la originalidad de sus ideas, y de su extensión y coherencia lógica. El espacio newtoniano es físicamente neutro, al contrario del primitivo, que podríamos denominar como un espacio vital. Si bien la ciencia jugo un importante papel a finales de la Edad Media, no debe olvidarse que las fuerzas intelectuales dominantes eran teológicas. Sin embargo, las críticas escolásticas a la obra de Aristóteles ofrecieron unas alternativas importantes en algunos puntos específicos, que desempeñaron una función de máxima importancia en la preparación del camino de Copérnico. La teoría copernicana se desarrolló en el marco de una tradición científica apadrinada y apoyada por la Iglesia. La ciencia pagana y secular derivada de los contactos con el oriente musulmán y bizantino dejaban de ser una amenaza siempre que la Iglesia pudiera seguir manteniendo su liderazgo intelectual a través de la integración de las concepciones procedentes de aquella. Dentro de una erudición de corte cristiano, se mantuvo a lo largo de cinco siglos el monopolio católico sobre la ciencia. La estructura física y cosmológica del nuevo universo cristiano pleno medieval era básicamente aristotélica, derivada de las concepciones de Tomas de Aquino (1225-1274).

La crítica que realizaron los escolásticos al sistema aristotélico tiene sus mayores exponentes en Nicolás de Oresme y su maestro Juan Buridan durante el siglo XIV. Los siglos durante los que perduró la escolástica son aquellos en que la tradición de la ciencia y la filosofía antigua fue simultáneamente reconstruida, asimilada y puesta a prueba, a medida que iban siendo descubiertos puntos débiles, se convertían de inmediato en focos de las primeras operaciones investigativas del mundo moderno. Para los europeos contemporáneos a Copérnico, la astronomía planetaria era un campo casi nuevo, que fue elaborado en un clima intelectual y social muy distinto de que hasta entonces se habían enmarcado los estudios astronómicos. La vida de Copérnico transcurrió entre 1473 y 1543, las décadas centrales del Renacimiento y la Reforma. La agitación en la Europa renacentista y reformista facilitó la innovación astronómica de Copérnico.[1]

Enlace directo : La Revolución científica, Teóricos de la ciencia, La ciencia moderna, Parte II

La Factoria Historica


[1]La Révolution astronomique: Copernic, Kepler, Borelli, Paris: Hermann, 1961; The Astronomical Revolution Methuen, London 1973; José Manuel Sánchez Ron ¡Viva la ciencia!, Barcelona: Crítica, 2009 ISBN 84-8432-916-9 pgs. 145-146; Inés Pellón González Lavoisier y la revolución química, en Anales de la Real Sociedad Española de Química, ISSN 1575-3417, Nº. 2, 2002 , pags. 40-49; Larry Laudan: El progreso y sus problemas. Hacia una teoría del progreso científico, Encuentro, Madrid 1986 (recensión); Nydia Lara Zavala y Andrea Miranda Newton, Einstein y la noción de tiempo absoluto, en Signos Filosóficos, enero-junio de 2001, número 005 ISSN 1665-1324

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