Nicolás de Maquiavelo

Nicolás de Maquiavelo fue un historiador y filósofo político italiano, cuyos escritos sobre habilidades políticas, amorales pero influyentes, convirtieron su nombre en un sinónimo de astucia y duplicidad. Nacido en Florencia el 3 de mayo de 1469, Maquiavelo comenzó trabajando como funcionario y empezó a destacar cuando se proclamó la república en Florencia en 1498. Fue secretario de la segunda cancillería encargada de los Asuntos Exteriores y Guerra de la república. Maquiavelo realizó así importantes misiones diplomáticas ante el rey francés en el año 1504 y el período entre los años 1510 y 1511, la Santa Sede en el año 1506 y el emperador entre los años 1507 y 1508. En el transcurso de sus misiones diplomáticas dentro de Italia, conoció a muchos gobernantes italianos, y tuvo ocasión de estudiar sus tácticas políticas, en especial las del eclesiástico y militar César Borgia, que en aquella época trataba de extender sus posesiones en Italia central…

Nicolás de Maquiavelo

Entre 1503 y 1506 Maquiavelo reorganizó las defensas militares de la república de Florencia. Aunque los ejércitos mercenarios eran habituales en aquella época, él prefirió contar con el reclutamiento de tropas del lugar para asegurarse una defensa permanente y patriótica. En 1512, cuando los Médicis, una familia florentina, recuperó el poder en Florencia y la república se desintegró, Maquiavelo fue privado de su cargo y encarcelado durante un tiempo por presunta conspiración. Después de su liberación, se retiró a sus propiedades cercanas a Florencia, donde escribió sus obras más importantes. A pesar de sus intentos por ganarse el favor de los Médicis, nunca volvió a ocupar un cargo destacado en el gobierno. Cuando la república volvió a ser temporalmente restablecida en 1527, muchos republicanos sospecharon de sus tendencias en favor de los Médicis. Murió en Florencia, el 21 de junio de ese mismo año[1].

Nicolás de Maquiavelo

Durante toda su carrera, Maquiavelo trató de crear un Estado capaz de rechazar ataques extranjeros y afianzar su soberanía. Sus escritos tratan sobre los principios en los que se basa un Estado de este tipo y los medios para reforzarlos y mantenerlos. En su obra más famosa, El Príncipe en el año 1532, describe el método por el cual un gobernante puede adquirir y mantener el poder político. Este estudio, que con frecuencia ha sido considerado una defensa del despotismo y la tiranía de dirigentes como César Borgia, está basado en la creencia de Maquiavelo de que un gobernante no está atado por las normas éticas: “¿Es mejor ser amado que temido, o al revés? La respuesta es que sería deseable ser ambas cosas, pero como es difícil que las dos se den al mismo tiempo, es mucho más seguro para un príncipe ser temido que ser amado, en caso de tener que renunciar a una de las dos”. Desde su punto de vista, el gobernante debería preocuparse solamente del poder, y sólo debería rodearse de aquellos que le garantizaran el éxito en sus actuaciones políticas. Maquiavelo creía que estos gobernantes podían ser descubiertos mediante la deducción, a partir de las prácticas políticas de la época, así como de épocas anteriores[2].

Su obra de mayor difusión

La formulación de Maquiavelo de los principios históricos inherentes en el gobierno romano puede encontrarse en su Discurso sobra la primera década de Tito Livio en el año 1531, un comentario sobre la Historia de Roma del historiador romano Tito Livio. En este estudio, Maquiavelo parte de los conceptos teocráticos medievales de la historia, atribuyendo hechos históricos a las necesidades de la naturaleza humana y a los caprichos de la fortuna. Entre sus otras obras destacan: Sobre el arte de la guerra en el 1521, que describe las ventajas de las tropas reclutadas frente a las mercenarias. La Historias florentinas el 1525 interpreta las crónicas de la ciudad, en términos de causalidad histórica. Maquiavelo fue también el autor de la biografía Vida de Castruccio Castracani en el 1520, de una serie de poemas, y de varias obras de teatro, entre las cuales destaca La mandrágora del 1524, una sátira mordaz y obscena sobre la corrupción de la sociedad italiana de su tiempo. Muchos de sus escritos anticiparon el aumento de los estados de marcado carácter nacionalista. El maquiavelismo, como término, ha sido utilizado para describir los principios del poder político, a partir de la máxima, el fin justifica los medios…[3]

La Factoria Historica


[1]Maquiavelo, Nicolás (2011). Juan Manuel Forte Monge. ed. Obra selecta: El príncipe; El arte de la guerra; Discursos sobre la primera década de Tito Livio; Vida de Castruccio Castracani; Discursos sobre la situación de Florencia tras la muerte del joven Lorenzo de Médicis. Biblioteca de Grandes Pensadores. Madrid: Editorial Gredos. ISBN 9788424919115;  –. Epistolario privado. Las cartas que nos desvelan el pensamiento y la personalidad de uno de los intelectuales más importantes del Renacimiento, Juan Manuel Forte (edición y traducción), Madrid, La Esfera de los Libros, 2007, 435 págs, ISBN 978-84-9734-661-0; Sobre Maquiavelo Gómez Miguel, Raúl. Política. El poder de las palabras, las ideas y el ingenio, Trillas, México, 2008; En otros idiomas Dirk Hoeges: Niccolò Machiavelli, Die Macht und der Schein, C.H. Beck, München 2000, ISBN 3-406-45864-5; Dirk Hoeges, Niccolò Machiavelli. Dichter-Poeta. Mit sämtlichen Gedichten, deutsch/italienisch. Con tutte le poesie,tedesco/italiano, Reihe: Dialoghi/Dialogues: Literatur und Kultur Italiens und Frankreichs, Band 10, Peter Lang Verlag, Frankfurt/M. u.a. 2006, ISBN 3-631-54669-6; Mascia Ferri, L’opinione pubblica e il sovrano in Machiavelli, in «The Lab’s Quarterly»,n.2 aprile-giugno,Università di Pisa,2008, pp. 420-433.

[2]Cuando se trata, pues, de juzgar el interior de los hombres, y principalmente el de los príncipes, como no se puede recurrir a los tribunales, es preciso atenerse a los resultados: así lo que importa es allanar todas las dificultades para mantener su autoridad; y los medios, sean los que fueren, parecerán siempre honrosos y no faltará quien los alabe. Este mundo se compone de vulgo, el cual se lleva de la apariencia, y sólo atiende al éxito: el corto número de los que tienen un ingenio perspicaz no declara lo que percibe. (…) El príncipe que no sepa ser amigo o enemigo decidido, se granjeará con mucha dificultad la estimación de sus súbditos. Si están en guerra dos potencias vecinas, debe declararse por una de ellas, so pena de hacerse presa del vencedor, sin ningún recurso, y alegrándose el mismo vencido de su ruina; porque el vencedor no podrá mirar con buenos ojos a un enemigo incierto, que le abandonaría al primer revés de la fortuna, y el vencido nunca le perdonará que se haya mantenido tranquilo espectador de sus derrotas. “ Fragmento ( El Príncipe )

[3] Aunque por la naturaleza envidiosa de los hombres el encontrar modos y órdenes nuevos ha sido siempre tan peligroso como el buscar mares y tierras desconocidos, por estar ellos más dispuestos a censurar que a alabar las acciones de los demás, sin embargo –llevado por ese deseo natural que siempre hubo en mí de realizar sin ninguna otra consideración aquellas cosas que yo creo aportan un beneficio común para todos los hombres-, he decidido entrar por una vía que, no habiendo sido todavía hollada por nadie, aunque pueda acarrearme fastidio y dificultades, podría también procurarme alguna recompensa por medio de aquellos que consideren humanamente el fin de estas fatigas mías. Y si la pobreza de mi ingenio, la poca experiencia de las cosas presentes y el escaso conocimiento de las antiguas harán este intento mío deficiente y de no mucha utilidad, al menos abrirán la vía a algún otro que, con más capacidad, más rigor de análisis y más juicio, podrá dar satisfacción a mi propósito, lo cual, si no me procurará alabanza, no debería acarrearme censura. Considerando, pues, cuánto honor se atribuye a la Antigüedad y cómo muchas veces –dejando a un lado otros muchos ejemplos- se ha comprado a gran precio un fragmento de una estatua antigua para tenerlo junto a sí, honrar la propia casa y poder hacer que lo imiten aquellos que se deleitan en tal arte, y cómo éstos después se esfuerzan con toda su habilidad por representarlo en todas sus obras; viendo por otra parte cómo las virtuosísimas realizaciones que las historias nos muestran –llevadas a cabo por reinos y repúblicas antiguas, por reyes, capitanes, ciudadanos, legisladores y otros hombres que se esforzaron por su patria- son más bien admiradas que imitadas, incluso hasta tal punto evitadas por todos en el más mínimo de los detalles que de aquella antigua virtud no nos ha quedado señal alguna, no puedo evitar el sentir a un mismo tiempo admiración y dolor. Y esto tanto más cuando veo que en las disputas civiles que surgen entre los ciudadanos, o en las enfermedades en que caen los seres humanos, siempre se recurre a las sentencias o a los remedios dados o establecidos por los antiguos, porque las leyes civiles no son otra cosa que sentencias dadas por los antiguos jurisconsultos, las cuales -dispuestas de una forma ordenada- enseñan a juzgar a nuestros actuales jurisconsultos. Tampoco la medicina es otra cosa que experiencias llevadas a cabo por los médicos antiguos, sobre las cuales basan sus juicios los médicos actuales. No obstante, a la hora de ordenar las repúblicas, a la hora de conservar los Estados, gobernar los reinos, ordenar el ejército y hacer la guerra, a la hora de tratar a los súbditos y ampliar el Estado, no hay príncipe ni república que recurra a los ejemplos de los antiguos. Creo que esto no nace tanto de la debilidad a que la actual religión ha conducido al mundo o de ese mal causado a muchos países y ciudades cristianas por un ocio unido a la ambición, como del carecer de un verdadero conocimiento de las historias, por no extraer al leerlas el sentido ni gustar en ellas el sabor que contienen. De ahí nace que los muchos que las leen se deleitan oyendo la variedad de los acontecimientos que ellas contienen, sin pensar por lo demás en imitarlas, estimando que la imitación no sólo es difícil, sino imposible; como si el cielo, el sol, los elementos, los hombres, hubieran cambiado de movimiento, de orden y de poder con respecto a lo que eran en la Antigüedad. Queriendo, por tanto, sacar a los hombres de este error, he juzgado necesario escribir sobre todos aquellos libros de Tito Livio que la malignidad de los tiempos no nos ha interrumpido, lo que yo estime necesario, en función del conocimiento de las cosas antiguas y modernas, para la mejor inteligencia de ellos, con el fin de que quienes lean estas aclaraciones mías puedan extraer de ello más fácilmente aquella utilidad por la que se debe perseguir el conocimiento de las historias. Y aunque esta empresa es difícil, sin embargo –ayudado por aquellos que me han exhortado a asumir esta carga-, creo que podré llevarla adelante de manera que a otro sólo le quede un breve trecho para conducirla hasta el lugar destinado. “ Fragmento (Discurso sobre Tito Livio)

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