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Batalla de Salamina

En el año 490 a. C. los atenienses lograron derrotar al ejército persa en la batalla de Maratón. Después de la batalla, la flota y el ejército persa se retiraron al Asia Menor. Atenas se convirtió en la potencia predominante de la Hélade. Darío I, rey de Persia, murió en el año 486 a. C. cuando preparaba una segunda campaña contra Grecia, le sucedió en el trono su hijo Jerjes I. Éste continuó con la preparación de la aplazada invasión a Grecia en la que empleó cuatro años. En esta preparación hizo construir un canal en la península de Salónica para que pasaran sus naves, acumuló provisiones para el ejército a lo largo de la ruta por Tracia y construyó dos puentes de barcas en Sardes para que el ejército cruzara el estrecho de los Dardanelos. En esa época vivía en Atenas un político y militar de nombre Temístocles que, con gran clarividencia, tras la victoria de Maratón predicó que ésta significaba únicamente el comienzo de la guerra contra Persia y no el fin como estimaba la mayoría. Manifestó que en una guerra contra Persia lo único que podría salvar a Atenas era contar con una poderosa flota con la cual ejercer el dominio del mar…

Batalla de Salamina

Coincidió que en esa época, 483 a. C., se descubrió en Laurión, al sur de Atenas, un rico yacimiento de plata. Los atenienses, al principio, quisieron repartir la riqueza del mineral entre los ciudadanos, pero Temístocles convenció a la Asamblea de que se gastara esta riqueza en construir la poderosa flota que se necesitaba. Con las ganancias se construyeron doscientos trirremes. En el invierno del año 481 a. C., Jerjes inició su campaña contra Grecia cruzando el Helesponto por los puentes construidos con barcos. El Congreso de las ciudades griegas, conformado por 31 ciudades y presidido por Esparta, decidió enfrentarse a los persas enviando su flota a Artemisio, en la costa noroccidental de la isla de Eubea, y al ejército mandado por Leónidas I, rey de Esparta, al paso de las Termópilas. El ejército persa derrotó a los griegos muriendo Leónidas y sus hoplitas, sin los efectivos suficientes para enfrentar a los persas. Después de la derrota en las Termópilas, en agosto de 480 a. C., en Atenas reinaba la consternación. Sin embargo, en lugar de rendirse, los atenienses fortificaron y guarnecieron la Acrópolis y evacuaron Atenas y el Ática trasladando a sus familias a Egina, Salamina y Trecén. El ejército griego se retiró tras el muro de seis kilómetros de largo que cruza el Istmo de Corinto protegiendo la entrada al Peloponeso. El oráculo de Delfos fue consultado y ofreció la siguiente profecía: la victoria griega pasaría por la construcción de una muralla de madera. Esta muralla de madera fue interpretada por Temístocles como una formación de barcos. La mayoría de los líderes griegos consideraba que lo mejor era hacer caso a la interpretación de Temístocles; los espartanos, con Euribíades al frente, creían que era preferible presentar batalla en Corinto para tener espacio para replegarse en caso de derrota. Sin embargo, fueron convencidos por Temístocles para luchar en Salamina. Durante la discusión entre los líderes griegos, Atenas fue destruida tras ser saqueada por las recién llegadas tropas persas, que tomaron este ataque como una revancha por las derrotas sufridas anteriormente. La leyenda cuenta que Jerjes, tras destruir la ciudad, ordenó reconstruirla al día siguiente, aunque ya era tarde y la afrenta jamás le fue perdonada por los griegos. Las fuerzas persas iban al mando del propio rey Jerjes. El jefe del ejército era el general Mardonio. El número de hombres van desde los 2.641.610 que indica Heródoto hasta los 150.000 que indican historiadores modernos. El jefe naval era el almirante Ariabignes. Las naves de guerra eran 1.207 y los transportes 3.000 proporcionadas por sus aliados: egipcios, jonios, griegos y fenicios. En Salamina no se sabe cuántas naves de guerra participaron; sí se conoce el número del contingente egipcio, que fue de 200 naves. Las fuerzas griegas según Heródoto, la armada griega, estaba compuesta por 378 naves proporcionadas por 12 ciudades-estado confederadas, de las cuales 200 pertenecían a Atenas y estaban por tanto al mando de Temístocles. Algunos historiadores cambian el número de barcos a 300, total tradicional según otras fuentes, como Esquilo. Aunque nominalmente el mando de toda la flota lo tenía Esparta bajo el general Euribíades, es muy posible que las tácticas usadas fueran de origen ateniense.

Temístocles sabía que la simple unión de los griegos no vencería a los persas, así que envió un esclavo al campamento de Jerjes para engañarlo. El esclavo portaba el mensaje de que los griegos no se ponían de acuerdo en cuanto al emplazamiento en el que debían presentar batalla y que muchos, temerosos, huirían antes de llegar la flota persa. Además, le dijo a Jerjes que si él mismo ordenaba el ataque, las naves atenienses, la mayor parte de la flota griega, se volverían y atacarían a los demás griegos. Jerjes creyó el engaño de Temístocles, por lo que cercó la salida de la isla de Salamina. La opinión de sus consejeros estaba dividida en cuanto a qué debía hacer ahora que la isla estaba cercada. Su general Mardonio prefería iniciar un ataque contra las posiciones griegas, mientras que Artemisia I de Caria, aliada de los persas, creía que las pesadas naves persas maniobrarían mal en las recortadas costas de Salamina, por lo que aconsejó a Jerjes que esperara a que los griegos quedaran sin suministros y se rindiesen. Jerjes hizo caso al consejo de Mardonio. Es curioso señalar que la reina de Halicarnaso, Artemisia I de Caria, fue la primera mujer almirante de la historia, participando en la batalla del lado de los persas. Jerjes estaba seguro de su victoria, por lo que ansiaba contemplar la batalla para lo cual mandó construir un trono en lo alto de un monte situado al norte del Pireo. Mientras Jerjes tomaba la Acrópolis ateniense, pasando a cuchillo a sus defensores, la flota griega reunía un consejo de guerra en el que Temístocles convenció a Euribíades de enfrentarse a la flota persa en el canal del este de Salamina en lugar de hacerlo en el mar frente al istmo de Corinto. Según Temístocles combatir en mar abierto representaba una gran desventaja para los griegos, en cambio luchar en el estrecho brazo de mar de acceso a Salamina les daría la victoria pues ellos podrían maniobrar mejor que las pesadas naves persas. En la mañana del 22 de septiembre se reunió nuevamente el consejo de guerra para tratar el tema del lugar donde enfrentarse a la flota persa. Temístocles salió en secreto del consejo enviando un mensajero a la flota de los medos para comunicarles que debido al miedo, los griegos estaban considerando emprender la fuga, por lo que si los atacaban ahora los griegos no opondrían resistencia.

Jerjes creyó el mensaje enviado por el ateniense, pues sabía de las disputas que existían entre los griegos. Por ello decidió bloquear los estrechos oriental y occidental de Salamina, embotellando a la flota griega. Para lograrlo envió a la armada egipcia, compuesta por 200 navíos, a bloquear el estrecho occidental mientras el resto de su flota formaba en una triple línea que iba desde el sur del promontorio Cinosura en Salamina hasta el Pireo. La isla de Psitalea fue ocupada por tropas persas poco antes del amanecer del día 23. Los griegos supieron que los persas habían cerrado los dos canales que rodean Salamina. Ante esto formaron sus naves en una línea de batalla en el canal oriental, entre la ciudad de Salamina y la playa del monte Heraclión, alineándose las 16 naves espartanas a la derecha, a la izquierda las naves atenienses, más de la mitad del total de la flota, y en el centro el resto de de las naves aportadas por las otras ciudades-estado. En la madrugada del 28 de septiembre se registró un terremoto en la zona del mar Egeo, que los griegos tomaron como un buen augurio. En la medianoche entre el 28 y el 29 las naves persas comenzaron a entrar en el canal, los fenicios a la derecha y los jonios a la izquierda. Apenas iniciado este movimiento y debido al gran número de naves persas, las columnas comenzaron a deshacerse. Pero la debacle comenzó por la tarde del 29, cuando al subir la marea la corriente que entraba por el oeste del estrecho dio impulso a las naves griegas y, en cambio, hizo virar y entrechocar a las líneas persas, sorprendidas de frente. Esto hizo a muchas de ellas presas fáciles para los buques griegos. Los persas se retiraron en medio de una gran confusión, y Jerjes tuvo que abandonar precipitadamente el trono que se había preparado. La batalla duró entre siete y ocho horas. Los griegos no persiguieron a los persas. Arístides acabó con las tropas persas que habían ocupado la isla de Psitalia, las naves persas regresaron a Falero y los griegos a Salamina. Temístocles fue considerado por toda Grecia el héroe de la jornada. La propia Esparta le concedió, como recompensa, una corona de olivo. En el aspecto táctico la batalla de Salamina no supuso una gran victoria, pero estratégicamente tuvo un carácter decisivo para ambos pueblos.

Los griegos perdieron cuarenta barcos, mientras que doscientos de los persas fueron destruidos y otros muchos, capturados. Sin embargo, lo peor para los persas fue el gran golpe sufrido en su prestigio. Presagió las revueltas que tendría que afrontar en el futuro cercano, especialmente entre los griegos de Jonia. Hasta Salamina, el dominio del mar Egeo había sido indiscutible para Persia, pero después de esta batalla se le hizo muy difícil mantener el abastecimiento de su numeroso ejército en Grecia. Terminada la batalla, Jerjes se preocupó especialmente de la suerte que podían correr sus puentes en el Helesponto por lo que envió inmediatamente la flota a Asia para proteger la costa oriental del Egeo y pocos días después se puso en marcha hacia el norte con su ejército, dejando en Grecia un ejército de ocupación de 120.000 hombres al mando de Mardonio…[1]

La Factoria Historica


[1] Fuller, J.E.C (1963). Batallas decisivas del mundo occidental y su influencia en la historia. Barcelona: Luis de Caralt; National Geographic Society (1967). «Lands of the Bible Today». National Geographic Magazine 1967 (12); Herodoto (1968). Los nueve libros de la historia. Barcelona: Iberia.; Kinder y Hilgemann (1972). Atlas histórico mundial. Madrid: Istmo.

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