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La prehistoria en África

África es la cuna de la humanidad y actualmente es el continente con más pueblos prehistóricos. Es fácil concluir que la prehistoria de África es la más larga y compleja de todo el globo ya que el África mediterránea tiene, durante la Edad de Piedra, una periodización equivalente a la Europea, Paleolítico y Neolítico. Después, la influencia de la civilización Egipcia y la llegada de colonizadores fenicios aceleran el ritmo evolutivo respecto a Europa. El Paleolítico inferior y medio está bien representado y desde fechas muy remotas. Así, hay numerosas evidencias del Olduvayense y del Achelense, más en el Magreb que en la zona del Nilo, pudiendo añadir a las industrias líticas, diversos tipos de restos humanos como la Mandíbula de Ternifine en Argelia, que podría ser atribuida a Homo heidelbergensis, o, el cráneo de Jebel Irhoud en Marruecos, de aspecto neandertaloide. Durante este periodo existe bastante similitud entre las culturas norteafricanas y las de Europa occidental. Es la cultura ateriense, sin embargo la que parece romper esa tendencia y separa la evolución cultural, especialmente en la zona del Sáhara, de la de sus vecinos. Aunque es similar al musteriense en algunas de sus técnicas líticas, tiene particularidades que lo separan, como la costumbre de elaborar utensilios pedunculados o una cronología que no podría ubicarse en las fases de la Prehistoria europea, 48000 a. C.-30000 a. C., aunque hay constancia de su supervivencia durante al menos diez mil años más…

La prehistoria en África

La cultura iberomaurisiense es otra de esas culturas exclusivas del norte de África, especialmente de las costas magrebíes. Su prolongada cronología se solapa con el Ateriense, y parece abarcar el equivalente a todo el Paleolítico Superior europeo, apreciándose en él una clara evolución. Se trata de una cultura con industria ósea bien desarrollada y una industria lítica a base de hojas, es decir, leptolítica. Con el tiempo tiende a la microlitización, primero laminar y luego geométrica, atestiguándose un temprano empleo de la técnica del golpe de microburil. En cuanto a los restos humanos, destacan los de Mechta el-Arbi en Argelia y otros, todos ellos de tipo cromañoide. La cultura capsiense es una cultura magrebí que, de nuevo, rompe molde con respecto a los patrones europeos. Comienza siendo claramente epipaleolítica, hacia el 8000 a. C., con una gran riqueza material. Además de útiles laminares y microlíticos los hay foliáceos de bella factura, junto a sus características botellas fabricadas en huevos de avestruz y sus abundantes concheros. La caza, la recolección y el marisqueo debieron ser las fuentes principales de sustento. Pero, hacia el quinto milenio, se adoptan la ganadería, complementada con una agricultura muy rudimentaria, el semisedentarismo y la cerámica. Por todo ello, se habla de un Neolítico de tradición capsiense.

El Neolítico de la zona del Nilo es particularmente avanzado, con dos focos principales con sendas culturas: Merimdé, en el Delta, y Badariense en el alto Egipto. Aunque ambas tienen particularidades y diferencias, comparten ciertos rasgos que permiten sostener que había cierta relación. Tienen grandes asentamientos completamente sedentarios, cuya economía se basa en la agricultura y la ganadería. Sus cabañas, hechas con barro, ramas y cañas, contienen hogares, silos para el grano e incluso inhumaciones en fosa con ajuar. La cerámica se desarrolla desde modelos monócromos hasta otros pintados, y la cultura material es demasiado rica como para analizarla aquí como cuchillos de sílex con una talla primorosa, tal vez ceremoniales, paletas de esquisto para la mezcla de pigmentos, productos para la confección de tejidos, puntas de flecha, ornamentos en piedras semipreciosas, a menudo importadas, estatuillas de animales y de personas y, al final, piezas de cobre. Estas culturas se inscriben en el llamado periodo predinástico de Egipto y son la antesala de una nueva civilización. En el Nilo como es sabido, la eclosión de la civilización egipcia se inicia ya en el IV milenio a. C. con el surgimiento de numerosas ciudades, los primeros jeroglíficos y la aparición de dos grandes estados como el Alto y el Bajo Egipto en el periodo llamado Protodinástico, que acabarán siendo unificados por el primer faraón, el rey Narmer, aproximadamente en el 3150 a. C. De este modo, la zona oriental de África entra muy tempranamente en la Historia y, además, se convierte en un foco de irradiación cultural que no sólo afectará al Mediterráneo, sino también a gran parte del continente africano. Líbico representado en una tumba egipcia. El Magreb, en cambio es un caso muy diferente. Mientras que durante el segundo milenio antes de nuestra era el Mediterráneo comenzaba a ser recorrido por exploradores en busca de materias primas, principalmente cobre y oro, provocando una serie de contactos culturales que a su vez permitieron el nacimiento de numerosos culturas en toda la cuenca, por ejemplo El Argar en España; el Magreb parece estancarse entre un neo-eneolítico tardío y pasar su propia «edad oscura». Este fenómeno podría coincidir con la presencia de la etnia bereber, de la que se desconoce su procedencia y la fecha de aparición, aunque los estudiosos parecen coincidir con sus rasgos afroasiáticos. La primera noticia que tenemos de estos pueblos en el Magreb procede de textos egipcios datados en el 2300 a. C., donde se les denomina «téhménow». Los egipcios citan más veces a estos pueblos, ya que en el año 1227 a. C. parece que atacaron el delta, pero esta vez ya se les llama «libou», es decir, libios. En fechas parecidas, 1300 a. C., los libios aparecen representados en los frescos de la tumba del faraón Seti I (XIX dinastía), donde se aprecia claramente que son de piel clara. Lo cierto es que los textos clásicos se referirán, desde entonces, a los indígenas del Magreb como pueblos líbicos, aunque tuviesen diversos linajes. Salvo los textos, estas gentes apenas han dejado restos, y casi todos son de tipo funerario: cistas bajo túmulo, dólmenes, mucho más tardíos que los de otros pueblos mediterráneos o atlánticos, y, al final, unos pequeños hipogeos llamados «haouanets», por ejemplo, los de Debbabsa, en Túnez. Realmente no es posible hablar de una auténtica edad del Bronce en el Magreb, por el momento.

Sí es importante tratar el impacto feno-púnico en la zona. Se sospecha que los fenicios frecuentaban las costas del Magreb desde finales del segundo milenio, y se supone que las primeras factorías fundadas fueron Útica, cerca de Bizerta, Oea, cerca de Trípoli, ambas en torno al 1100 a. C., y sobre todo Cartago, en el 814 a. C. Lo cierto es que las factorías y colonias fueron siendo más numerosas, pero Cartago se convirtió en la más importante; tanto, que acabó siendo capital del estado púnico. Aunque la influencia de los cartagineses debió ser importante, no causó cambios tan drásticos, como en la Andalucía protohistórica, por ejemplo, y el Magreb siguió siendo una zona con cierto retraso cultural, al parecer, debido a la resistencia de los libios a las innovaciones. No obstante, éstas comienzan a notarse a partir del siglo V a. C. Así, aparecen las primeras monarquías indígenas en la propia Cirenaica los colonos griegos hablan del rey Battus, fundador de la dinastía de los Batíadas, en Ghana y en Numidia donde uno de sus reyes, Masinisa se hizo legendario por sus cambios de bando en la Tercera Guerra Púnica. Otros rasgos de la influencia fenicia fueron las mejoras agropecuarias, la introducción del hierro y del torno de alfarero, la acuñación de monedas y, finalmente, la invención de un tipo propio de escritura: el «alfabeto Líbico», que, aunque incorporaba algún signo fenicio, la mayoría son grafías originales, propias. El alfabeto líbico ha sobrevivido hasta la actualidad entre ciertas tribus de tuaregs con el nombre de Tifinagh. A pesar de que el hombre nació en esta zona de África, cuando los primeros exploradores europeos con intenciones culturales llegaron se encontraron un panorama tristemente desolador, eso alimentó la consideración de bárbaros y salvajes para los habitantes del África negra. Sin embargo, en el corazón del continente florecieron importantes culturas que fueron decayendo, en parte por su propia dinámica interna y, sobre todo, por la continua sangría de la explotación colonial y esclavista iniciada desde los tiempos de los cartagineses, pero que alcanzó dimensiones dantescas con la aparición de mercaderes árabes en la Edad Media y europeos en la Edad Moderna. El florecimiento de las civilizaciones africanas no dejó testimonios escritos, sólo relatos de marineros que hablan de culturas pujantes y armónicas que decayeron con escasa resistencia ante la agresión exterior continuada que acabó por convertirse en colonialismo en el siglo XIX. Es fácil caer en el tópico, pero cuando se profundiza se aprecia la diversidad y profundidad de las raíces culturales de África. No obstante, dado que este artículo se dedica a la Prehistoria, no podemos tratar esas grandes civilizaciones como Ifé, Benín, Ashanti, Sokoto, Shongai, Nupe, Mossi, Bushongo, y así, en una lista interminable. En África subsahariana para la Edad de Piedra suele preferirse la denominación anglosajona: ESA como Early Stone Age: Edad de la Piedra temprana, se refiere al periodo comprendido desde la aparición del primer ser humano, hace más de dos millones y medio de años, hasta hace unos 200 000 años. Se divide en dos etapas: olduvayense y achelense.

La cultura olduvayense es la más antigua del mundo, aunque recibe el nombre del yacimiento epónimo de Olduvai, en Tanzania, los hallazgos más antiguos aparecen, más al norte, en Etiopía, concretamente en la cuenca del río Omo, donde la investigadora francesa Hélène Roche ha datado herramientas talladas en el arroyo de Kada Gona (Afar), por medio del potasio-argón en 2,6 millones de años de antigüedad. La olduvayense es una industria compuesta, fundamentalmente por cantos tallados y lascas. Se atribuye normalmente al Homo habilis o al Homo rudolfensis, aunque según ciertos investigadores las especies más inteligentes de australopitecos también pudieron elaborar herramientas por ejemplo el Australopithecus garhi, lo cual plantea numerosas controversias. El Achelense de esta zona aparece hace 1,5 millones de años, al parecer de la mano de una nueva especie humana, probablemente Homo ergaster, aunque, a decir, verdad, existe un cierto hiato evolutivo en cuanto a los fósiles de este periodo. El Achelense Africano es, sin duda, la cultura originaria, caracterizada por el empleo del bifaz, el hendidor, el canto tallado, la raedera, los denticulados y una serie de técnicas y métodos de talla relativamente avanzados como el método Levallois y sus variantes africanas, que son muchas más que las europeas. La MSA (Middle Stone Age: Edad de Piedra intermedia), es el periodo entre el final de la Early Stone Age hace 200 000 años, hasta el inicio de la «Edad de Piedra Tardía» hace 30.000 años. Se desarrollan industrias muy parecidas todas ellas, para las que se han establecido numerosas variantes regionales basadas, sobre todo, en la influencia de la materia prima local, que parece condicional la tecnología y la tipología lítica. En el África oriental y austral, en Pietersburg y Bambata, destaca el Stillbayense, que se extiende por el sur de África hasta Rhodesia y la zona oriental. Se caracterizan por las raederas, las puntas triangulares, las puntas foliáceas bifaciales y las lascas laminares. Otra industria bastante evolucionada es el Fauresmithiense, propio de las llanuras de Sudáfrica, tiene un fuerte componente Levallois y piezas de tradición achelense (bifaces, hendidores…), pero de pequeño tamaño. Las industrias de África central son mucho más arcaicas, como el Sangoense, que parece un Achelense tardío. Es difícil atribuir grupos humanos a cada una de esas industrias, quizá las más arcaicas correspondan a Homo rhodesiensis, y las más evolucionadas a los primeros Homo sapiens, o, mejor dicho, primitivos modernos, tal vez, Homo sapiens idaltu. En efecto, los Primitivos modernos nacen en África en esta fase, se documentan sus restos en los yacimientos de Border Cave y Klaisies River Mouth, Sudáfrica, y, sobre todo, en Herto, Etiopía. LSA, Late Stone Age: Edad de Piedra tardía, es el último periodo del Paleolítico de África subsahariana. Este periodo es el mejor conocido y, por ende, el más complejo de esquematizar, sin embargo nos centraremos solo en tres de las culturas más importantes, todas ellas bastante tardías con menos de 20.000 años de edad. En África oriental núcleos discoides, piezas foliacieas bifaciales, pero también, microlitos geométricos. En África oriental tenemos el Lupembiense, cuyo útil más característico son unos espesos picos foliáceos finamente retocados. Por último en el sur de África encontramos la cultura aparentemente más avanzada, el Wiltoniense, de características microlíticas y laminares, o sea, leptolíticas, que irá extendiéndose hacia el norte y perdurará hasta épocas históricas, incorporando numerosas innovaciones llegando incluso, a neolitizarse parcialmente. Al norte del África subsahariana hay industrias avanzadas emparentadas con las de la «Edad de la Piedra Intermedia» con rasgos protoneolíticos, como ocurre con el Gumbiense de Etiopía, un pueblo de pastores nómadas que conocen la cerámica pero que mantienen rasgos culturales muy primitivos. En muchos de estos lugares, la cultura de la edad de Piedra africana apenas evolucionó hasta expansión bantú o, incluso, hasta la colonización europea, por ejemplo, la cultura Gwisho. Todo parece indicar que los metales tuvieron poca incidencia en los pueblos del África subsahariana, pues eran principalmente gentes seminómadas, de economía cazadora-recolectora que, cuando se neolitizaron, prefirieron la ganadería a la agricultura. Los estudiosos parecen estar de acuerdo en que este tipo de pueblos podría pertenecer a la gran familia de los joisan (o khoisan). Sin embargo, la mayoría de estos pueblos se estancaron culturalmente. Las primeras noticias de culturas en las que los metales tenían una importancia fundamental son del primer milenio a. C., y probablemente se trata, de pueblos agrícolas protobantúes. Una de cuyas manifestaciones es, probablemente, la Cultura Nok, de Nigeria. Los nok, que vivían en los valles de los ríos Níger y Benué ya eran capaces de fundir y forjar el hierro hace 2.500 años, es de suponer, aunque no se conozcan, que hubo otras culturas anteriores conocedores de la metalurgia del hierro, pero, por el momento, los nok son la primera gran cultura de la edad del Hierro africana. Por otro lado, se relaciona a los nok con el origen de los bantúes, aunque no hay pruebas.

Lo que sí es cierto es que, poco después de la desaparición de la citada cultura, la expansión bantú se aceleró, en parte gracias a las epidemias que diezmaban el ganado de los joisan, y sobre todo, porque los bantúes tenían una tecnología superior avalada por el empleo de herramientas de hierro. Los bantúes acabaron ocupando prácticamente toda el África Subsahariana, salvo los reductos marginales en los que sobrevivieron los joisan, que seguían estancados culturalmente. Por otro lado, los bantúes no dejan de ser pueblos poco tecnificados, que no alcanzaron el desarrollo tecno-social de los pueblos del norte del continente; de hecho, no avanzaron hacia estructuras más complejas que las tribales hasta la llegada de los musulmanes, al principio como meros exploradores, comerciantes o tratantes de esclavos y luego, como invasores aunque la penetración islámica se limitó al norte de África y la costa del Índico, hubo numerosos viajeros y misioneros musulmanes que alcanzaron el centro del continente y, de hecho, la mayoría de los grandes reinos de la zona mantenían fuertes lazos de dependencia con el Islam. Por ejemplo, fundaron en Tombuctú la primera universidad islámica del África subsahariana: en el año 1323 y provocaron el nacimiento del imperio de Mali en el siglo XIV, del imperio Songhai en los siglos XV y XVI, y el reino Luba en el siglo XVI, con influencias musulmanas y fuertes sincretismos. Por su parte, el imperio Imperio Monomotapa, floreciente entre los siglos XI y XV, vivía de los contactos comerciales con los musulmanes y otros pueblos del Índico…[1]

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[1] Sala, R. (2005a). «Las principales secuencias pliocuaternarias». En Carbonell, E.. Homínidos: las primeras ocupaciones de los continentes. Barcelona: Editorial Ariel. pp. 135-160. ISBN 84-344-6789-5; Arsuaga, Juan Luis (2004). El collar del Neandertal. En busca de los primeros pensadores. (tercera edición). Random House Mondadori. pp. 96-97. ISBN 84-9759-298-0; Fullola, Josep Mª; Nadal, Jordi (2005). Introducción a la prehistoria. La evolución de la cultura humana (primera edición). Ed. UOC. p. 44. ISBN 84-9788-153-2; Gamble, Clive (1990). El poblamiento Paleolítico de Europa. Barcelona: Editorial Crítica. ISBN 84-7423-445-X; Santonja, Manuel; López Martínez, Nieves y Pérez-González, Alfredo (1980). Ocupaciones Achelense en el valle del Jarama (Arganda, madrid). Madrid: Diputación provincial de Madrid. ISBN 84-500-3554-6; Biberson, Pierre (1964). Torralba et Ambrona. Notes sur deus stations acheuléennes de chasseurs d’eléphans de la Vieille Castille. Barcelona: Diputación Provincial de Barcelona; Ortega Martínez, Aba Isabel (1994). La industria lítica de Torralba del Moral (Soria). Valladolid: Universidad de Valladolid. ISBN 84-7762-400-3; Vitale, Luis (1991). Historia de nuestra América. Los pueblos originarios. Centro de Estudios Latinoamericanos, Santiago de Chile: Ediciones CELA. ISBN 9567172012 – Versión en PDF.; Benito del Rey, L y Benito Álvarez, J. M. (1998). Métodos y Materias Instrumentales de la Edad de la Piedra Tallada más Antigua. Salamanca: Librería Cervantes. ISBN 84-95195-03-8. – Resumen del libro; Piel-Desruisseaux, J.-L. (1986). Outils préhistoriques, forme, fabrication, utilisation. París: Masson. ISBN 2-225-80847-3; Leroi-Gourhan, André (1985). Los cazadores de la Prehistoria. Barcelona: Ediciones Orbis. ISBN 84-7634-460-0; Discusión: Magia versus Religión; McClellan (2006). Science and Technology in World History: An Introduction. Baltimore, Maryland: JHU Press. ISBN 0-8018-8360-1. Page 8-12; Christopher L. C. E. Witcombe, “Women in the Stone Age,” in the essay “The Venus of Willendorf” (accessed March 13, 2008); Upper Paleolithic Art, Religion, Symbols, Mind By James Harrod; Brézillon, Michel (1969). Dictionnaire de la Préhistoire. París: Librairie Larousse. ISBN 2-03-075437-4; Burillo, Francisco (coordinador) (1994). Arqueología espacial. Tomo 2. Estudio diacrónico y Paleolítico. Teruel: Colegio Universitario. ISBN 84-600-3657-X para toda la obra; ISBN 978-84-600-3657-9 para el tomo 2; Chaline, Jean (1982). El Cuaternario. La historia humana y su entorno. Madrid: Akal Editor. ISBN 84-7339-624-3; González Echegaray, joaquín y Freeman, Leslie G. (1998). Le Paléolithique inférieur et moyen en Espagne. Aubenas d’Ardèche: Imprimerie Lienhart. ISBN X640721183; Inizan, Marie-Louise; Reduron, Michèle; Roche, Hélène; Tixier, Jacques (1995). Technologie de la pierre taillée. Meudon: CREP. ISBN 2-903516-04-9; Gómez-Tabanera, J. M. (1988). Las Culturas Africanas. Madrid: Historia 16. ISBN 84-7679-101-1; Grageb, Abdelrrazak y Mtimet, Alí (1989). La Préhistoire en Tunisie et au Magreb. Túnez: Les Guides Alif. ISBN 9973-716-10-8; Leroi-Gourhan, Adré (1980). La Prehistoria. Barcelona: Editorial Labor. ISBN 84-335-9309-9.


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