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El gran incendio de Roma

El gran incendio de Roma, sobre todo en lo que atañe a su tamaño, es motivo de controversia por la escasez de fuentes históricas que lo mencionan. Según Tácito, que en el momento del incendio tenía siete años de edad, el Gran incendio se inició a las nueve de la noche del 18 al 19 de julio del año 64. El fuego habría empezado en el extremo del sudeste del Circo Máximo, en las tiendas que vendían mercancías inflamables (aceites, etc.), y se habría extendido rápidamente, ardiendo por espacio de cinco días. Las consecuencias del incendio habrían sido la destrucción de cuatro de los catorce distritos de la ciudad, dañando seriamente al menos otros siete. El otro único historiador vivo por aquél entonces y que hace referencia al incendio en sus escritos es Plinio el Viejo, y únicamente lo menciona superficialmente, sin dar grandes detalles del mismo. Se ha interpretado aquí que lo consideraba como un incendio más de los muchos y fortuitos incendios que padecía Roma en la época…

El gran incendio de Roma

Otros escritores que vivieron en la época, incluyendo al filósofo Séneca, que aunque había sido valido de Nerón, había caído en desgracia en aquél entonces y posiblemente no se encontraba en Roma, a los historiadores Flavio Josefo, residente por aquél entonces en Judea o Alejandría, Dión Crisóstomo, joven por aquél entonces, unos 24 años, aún no había comenzado su carrera como historiador, y Plutarco, muy joven, unos 14/16 años, y residente en Grecia, y al filósofo estoico Epícteto, que era esclavo, vivía en Asia Menor, tenía 9 años de edad, y no dejó obra escrita, no hacen ninguna mención al incendio aun cuando trataran en sus libros el principado de Nerón, lo cual daría a entender, se dice, la escasa relevancia que habría tenido para estos.

Respecto al incendio, historiadores posteriores como Suetonio y Dión Casio cuentan que mientras Roma ardía, Nerón cantó, vestido para la ocasión, el Iliou persis, el Saqueo de Troya. Sin embargo, según Tácito, Nerón se encontraba en Antium, actual Anzio, en el momento del incendio, y además afirma que el que Nerón tocara la lira o la cítara y cantara mientras la ciudad ardía había sido tan sólo un rumor. Sea como fuere, la imaginería popular tradicionalmente ha representado a Nerón tocando la lira mientras Roma ardía. Finalmente, el único otro comentario sobre el tamaño del incendio es una interpolación de los siglos IV ó V, que aparece en una carta cristiana espuria supuestamente enviada por el filósofo Séneca a Pablo, en la que se dice que «ciento treinta y dos casas y cuatro manzanas de edificios han ardido en seis días; al séptimo se detuvo el incendio». De acuerdo con esta referencia, menos de una décima parte de la ciudad, que por aquél entonces albergaba cerca de 1.700 domus privadas y 47.000 insulae, bloques de apartamentos, habría ardido. El resto de fuentes son secundarias, e incluso terciarias, generalmente procedentes de la tradición cristiana, tendente a fijarse más bien en el martirio subsiguiente a los cristianos. Según Tácito, al tener noticia del incendio, Nerón regresó rápidamente a Roma y organizó un plan de ayuda y socorro para los afectados, corriendo de su propio bolsillo con todos los gastos que ello supusiera. Tras el incendio, Nerón abrió sus palacios y jardines al pueblo, para poder así proporcionar un refugio a los que se hubieran quedado sin vivienda, al tiempo que dispuso de suministros de alimentos para evitar la hambruna entre los supervivientes. A raíz del incendio, también inició una reforma urbana, en virtud de la cual los edificios a reconstruir deberían guardar unas ciertas distancias de seguridad entre ellos, deberían estar construidos en ladrillo, y con fachadas principales porticadas. Sin embargo, aprovechando el espacio generado por el fuego, Nerón también se hizo construir un nuevo palacio conocido como la Domus Aurea (‘Casa de Oro’), diseñada por los arquitectos Severo y Celer, y cuyo lujo y tamaño alcanzaron dimensiones proverbiales. El tamaño de este palacio es motivo de debate, ya que era considerado como un símbolo de la opresión de Nerón, y por ello sus sucesores se dedicaron a desmantelarlo y construir sobre él, por ejemplo, el famoso Coliseo fue construido sobre un gran estanque que había en el palacio, en el entorno de una estatua inmensa de Nerón, el llamado Coloso de Nerón. Se estima, no obstante, que tendría un tamaño de entre 40 y 120 hectáreas. Para poder costear la construcción del palacio y la reconstrucción de Roma, Nerón tuvo que imponer nuevos impuestos a las provincias del Imperio.

No está claro quién o qué causó realmente el incendio, ni si fue un sabotaje intencionado o un accidente. Según Tácito, poco después del fuego algunos romanos empezaron a culpar a Nerón del incendio, algo a veces considerado como sugestivo, ya que cuando dieciséis años después, durante el reinado de Tito se desató un incendio similar, nadie acusó al emperador, si bien el clima político del principado de Tito era muy distinto. El propio Tácito descartó la implicación de Nerón, y en general se supone que las acusaciones recogidas por Tácito provendrían de los sectores aristocráticos, tremendamente descontentos con la política de Nerón; las fuentes históricas recogen, por contra, la gran popularidad de Nerón entre la plebe de Roma. En cualquier caso, el emperador tuvo suficiente tiempo como para regresar de Anzio ya que, como se dijo, el incendio duró cinco días. Como se ha dicho, Nerón abrió los jardines de Lúculo y de Mecenas a los afectados por el incendio, y trató de paliar su precaria situación distribuyendo alimentos. El clima de frustración tras el incendio y las propias costumbres sociales de la época hicieron que Nerón, fuera queriendo desviar las culpas, fuera por buscar rápidamente a un culpable, acusara rápidamente a los cristianos. La posibilidad de que un grupo de cristianos o judíos radicales iniciara el incendio se ha discutido sin llegar a ninguna conclusión definitiva; Suetonio, Plinio y el propio Tácito mencionan la supuesta tensión y clima de descontento dentro de la comunidad judía de Roma, que habría llevado a que unos 8 años antes el antecesor de Nerón, el emperador Claudio, expulsara de Roma a los judíos, según Suetonio, “liderados por un tal “Cristos”. La historiografía cristiana ha señalado el hecho como uno de los primeros martirios sufridos por los cristianos, y ha tendido a mitificarlo. De acuerdo con Tácito, Nerón condenó a los cristianos a ser arrojados a las fieras, los hizo crucificar y los quemó para que sirvieran de antorchas. Tácito describe los hechos como sigue:

En consecuencia, para librarse de la acusación [de haber quemado Roma], Nerón buscó rápidamente un culpable, e infringió las más exquisitas torturas sobre un grupo odiado por sus abominaciones, que el populacho llama cristianos. Cristo, de quien toman el nombre, sufrió la pena capital durante el principado de Tiberio de la mano de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilatos, y esta dañina superstición, de tal modo sofocada por el momento, resurgió no sólo en Judea, fuente primigenia del mal, sino también en Roma, donde todos los vicios y los males del mundo hallan su centro y se hacen populares. Por consiguiente, se arrestaron primeramente a todos aquellos que se declararon culpables; entonces, con la información que dieron, una inmensa multitud fue presa, no tanto por el crimen de haber incendiado la ciudad como por su odio contra la humanidad. Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna, cuando el día hubiera acabado.

Nótese la oscuridad del pasaje, típica en Tácito: al decir «…Por consiguiente, se arrestaron primeramente a todos aquellos que se declararon culpables…», no queda nada claro de qué se declararon culpables, si de ser cristianos o de haber incendiado Roma. Respecto al pasaje, es una de las primeras menciones históricas del cristianismo; se cree que el resumen de la historia del cristianismo pudo haberlo obtenido de algún cristiano de su tiempo…[1]

La Factoria Historica


[1] Gill, Robin (2001). The Cambridge companion to Christian ethics. Cambridge, UK: Cambridge University Press. ISBN 0521779189; Gunton, Colin E. (1997). The Cambridge companion to Christian doctrine. Cambridge, UK: Cambridge University Press. ISBN 0-521-47695-X; MacCulloch, Diarmaid. Christianity: The First Three Thousand Years (Viking; 2010) 1,161 pages; survey by leading historian; MacMullen, Ramsay (2006). Voting About God in Early Church Councils. New Haven, CT: Yale University Press. ISBN 0300115962; Padgett, Alan G.; Sally Bruyneel (2003). Introducing Christianity. Maryknoll, N.Y.: Orbis Books. ISBN 1570753954; Price, Matthew Arlen; Collins, Michael (1999). The story of Christianity. New York: Dorling Kindersley. ISBN 0-7513-0467-0; Ratzinger, Joseph (2004). Introduction To Christianity (Communio Books). San Francisco: Ignatius Press. ISBN 1586170295; Tucker, Karen; Wainwright, Geoffrey (2006). The Oxford history of Christian worship. Oxford [Oxfordshire]: Oxford University Press. ISBN 0-19-513886-4; Wagner, Richard (2004). Christianity for Dummies. For Dummies. ISBN 0764544829; Webb, Jeffrey B. (2004). The Complete Idiot’s Guide to Christianity. Indianapolis, Ind: Alpha Books. ISBN 159257176X; Woodhead, Linda (2004). Christianity: a very short introduction. Oxford [Oxfordshire]: Oxford University Press. ISBN 0192803220.

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