Inicio » Àmbit Geogràfic » Moisés

Moisés

Según la Torá judía, el Antiguo testamento cristiano, era hijo de Amram y su esposa Iojebed. Es descrito como el hombre encomendado por el dios Hashem (Yahvé) para liberar al pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto y como su máximo profeta y legislador. No existen datos históricos que fundamenten la existencia real de Moisés, pues todas las referencias a él son muy posteriores, cuando ya se había formado el judaísmo. Se cree que el nombre Moisés deriva de la supresión de una parte del nombre egipcio original que habría tenido este personaje, puesto que en el antiguo Egipto se colocaba el nombre de un dios antes de la palabra mses. Por ejemplo Ramsés significaba ‘engendrado por Ra’, así que Moisés al huir de Egipto y renegar de su origen egipcio quedó solo como Mses. Moisés significa ‘hijo de’ (‘engendrado por’) en egipcio antiguo. En Éxodo 2:10 se narra: «Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija del Faraón, la cual lo prohijó, y le puso por nombre Moisés, diciendo: “Porque de las aguas lo saqué”». En su libro Antigüedades judías del año 94 d. C., el escritor judío Flavio Josefo (Yosef bar Mattityahu) da otra versión: mo: ‘agua’, uses: ‘salvado de’, que coincide con el sentido del nombre explicado por la Torá…

Moisés

La Torá narra cómo Moisés lideró junto a su “hermano” Aarón la salida de los hebreos de Egipto y recibió la Torá de manos del dios Yahvé, tras haberle sido dictada por inspiración divina, en el monte Sinaí. La Torá comprende la historia de la vida de Moisés y de su pueblo hasta su muerte a la edad de 120 años, que según algunos cálculos exegéticos tuvo lugar en el año judío de 2488, que equivale a 1272 a. C. El nacimiento de Moisés ocurrió en circunstancias en las cuales el monarca egipcio de la época había ordenado que todos los niños varones que tuviesen los esclavos hebreos fueran arrojados al Nilo. Iojebed, tía paterna, y esposa, del levita hebreo Amram, dio a luz a un hijo varón al que, según el Talmud, llamó Iekutiel, y le mantuvo escondido durante tres meses. Cuando no pudo mantenerlo oculto durante más tiempo pues existía transitoriamente un mandato real de dar muerte a los varones hebreos recién nacidos, en lugar de entregarlo a los soldados egipcios lo colocó a la deriva del Nilo en una pequeña cesta embadurnada con barro en su interior y brea en el exterior, para hacerla impermeable. La hija del faraón, llamada Batía en el Talmud, descubrió al bebé, lo adoptó como su hijo, y lo llamó Moisés. Miriam preguntó a la princesa Batía si le gustaría que una mujer hebrea cuidara al bebé. Entonces Iojebed, su verdadera madre, se hizo cargo del niño y lo amamantó durante dos años. Cuando Moisés creció, fue entregado nuevamente a la hija del faraón.

Cuenta la tradición oral recopilada en la Mishná que a la edad de tres años, Moisés estaba sentado a la mesa junto a sus abuelos adoptivos, el faraón y su esposa, la princesa Batía y los ministros. Moisés bajó del regazo de Batía y caminó hacia el rey. Levantó su corona y la colocó sobre su propia cabeza. Uno de los consejeros del faraón, Bilam, exclamó que se trataba de una acción profética y que Moisés le arrebataría el trono. Por tal motivo, otro ministro sugirió una prueba, sugiriendo que si se colocase enfrente del niño un diamante y un carbón ardiente, se podría determinar su verdadera astucia. Moisés agarró el carbón ardiente, y lo llevó a su boca. Como resultado, se quemó los labios y la lengua. De ahí en más, le fue dificultoso hablar, una característica que está mencionada en la Torá. Por tal motivo, la tradición oral determina que el pueblo hebreo, a sabiendas de la incapacidad de Moisés para la oratoria, comprendió que su líder solo podía dirigirse a ellos por una influencia divina. Cuando Moisés se hizo adulto, visitaba asiduamente a sus hermanos esclavos. Al ver cómo un capataz egipcio golpeaba brutalmente a un supervisor hebreo de nombre Datán, mató al egipcio y ocultó su cuerpo bajo la arena, esperando que nadie estuviera dispuesto a revelar algo sobre el asunto. Al día siguiente, vio a Datán peleando con su hermano Avirám e intentó separarlos. Los dos hermanos, enojados por la intromisión de Moisés, lo delataron al faraón, haciendo que Moisés huyera de Egipto con todos los esclavos. En una de sus exégesis, Najmánides señala que transcurrió un período prolongado entre la partida de Moisés de Egipto y su arribo a Madián. Allí trabajó para Jetró, יִתְרוֹ, itró, ‘sacerdote’ en hebreo, de Madián, con cuya hija Séfora se casó más tarde. Allí trabajó durante cuarenta años como pastor, tiempo durante el cual nació su hijo Gershom. Según se narra en la Biblia, en cierta ocasión Moisés llevó a su rebaño al monte Horeb y allí vio una zarza que ardía sin consumirse. Cuando se volvió a un lado para observar más de cerca aquella maravilla, el dios Yahvéh le habló desde la zarza, revelando su nombre, es decir su verdadero significado, a Moisés. En la época del emperador Constantino, el monte Horeb fue identificado con el monte Sinaí, pero la mayoría de los expertos creen que se encontraba mucho más al norte. De acuerdo con la leyenda, Yahvé dijo a Moisés que debía volver a Egipto y liberar a su pueblo de la esclavitud. Moisés declaró a Yahve que él no era el candidato para realizar dicha obra encomendada, dado que al parecer padecía de tartamudez. Yaveh le aseguró que le proporcionaría el apoyo para su obra entregándole las herramientas adecuadas. Moisés obedeció y regresó a Egipto, donde fue recibido por Aarón, su hermano mayor, y organizó una reunión para avisar a su pueblo de lo que debían hacer. Al principio, Moisés no fue muy bien recibido; pero la opresión era grande y Moisés realizó señales para que su pueblo lo siguiera como un enviado de Yahvé.

Sin embargo, según el relato bíblico, lo más difícil fue persuadir al faraón para que dejase marchar a los hebreos. De hecho, estos no obtuvieron el permiso para partir hasta que Yahvé envió diez plagas sobre los egipcios. Estas plagas, palabra mal empleada, pues en el hebreo bíblico se habla más bien de «señales», culminaron con la matanza de los primogénitos egipcios, lo cual causó tal terror entre los egipcios que ordenaron a los hebreos que se fueran. La gran caravana de los hebreos se movía lentamente y tuvo que acampar hasta tres veces antes de dejar atrás la frontera egipcia, la cual se cree que estaba establecida en el Gran Lago Amargo. Otros han sugerido que como muy lejos estaría en la punta más septentrional del Mar Rojo, una mala traducción de la expresión hebrea yam Suf, que significa Mar de juncos. Mientras tanto el faraón cambió de opinión y salió tras la pista de los hebreos con un gran ejército. Atrapados entre el ejército egipcio y el Mar Rojo, los hebreos se desesperaron, pero Yahvé dividió las aguas del mar por mediación de Moisés, permitiendo a los hebreos cruzarlo con seguridad. Cuando los egipcios intentaron seguirlos, las aguas volvieron a su cauce ahogando a los egipcios. Aunque la Biblia no cita al faraón del Éxodo por su nombre, sí da la fecha exacta del Éxodo. En Reyes 6:1 se lee que Salomón comenzó a construir el Templo en el cuarto año de su reinado, 480 años después que los hijos de Israel salieron de Egipto. La mayoría de los estudiosos de la Biblia estiman que el cuarto año del reinado de Salomón fue hacia el año 966 a. C. Según esto la fecha de Éxodo sería hacia el año 1446 a. C., cuando gobernaba Tutmosis III, sin embargo no hay ningún documento ni resto arqueológico egipcio que confirme este acontecimiento. Moisés suele ser representado con las tablas de los Diez mandamientos. Yahvé le dio estos mandamientos directamente a Moisés en el monte Sinaí durante la travesía en el desierto de Sinaí. Moisés subió al monte a recibir las tablas del pacto, y estuvo ahí 40 días. Yahvé le dio dos tablas de piedra escritas con Su dedo. (Deuteronomio 9:9-10, Éxodo 31:18). Aunque en Éxodo 20, parece como si fuera Yahvé quien le dicta. Estas tablas de la ley recogían los diez mandamientos, unas leyes básicas de obligado cumplimiento para todo el pueblo hebreo. Además de ello, le dio una serie de leyes menores que deberían ser también observadas, se estaba formando el estado de Dios a partir de las leyes de Yahvé, un dios celoso. Cuando Moisés bajó a notificar a su pueblo, descubrió que en su ausencia habían fundido todo el oro y habían construido un becerro de oro, representación del dios egipcio Apis y le veneraban. Moisés montó en cólera, arrojó a su pueblo las tablas de la ley, que se rompieron, y quemó la estatua de oro. La travesía por una serie de parajes inhóspitos de la gran masa de personas había sido dura y muchos empezaron a dar rumores y a murmurar contra sus líderes, Moisés y Aarón, los dos líderes de la distintas tribus que los historiadores creen que salieron de Egipto, aduciendo que era mejor estar bajo el yugo egipcio que padecer las penurias de la travesía. Moisés realizó por ello innumerables milagros para aplacar la dureza de la travesía y demostrar al pueblo de Israel que Yahvé los guiaba. Las manifestaciones divinas fueron pródigas. Para alimentarlos, Yahvé hizo llover maná del cielo. Para beber, Moisés golpeó con su báculo una roca, asegurando que surgiría agua. Como tardaba en salir y golpeó una segunda vez, Yahvé se enojó por su falta de fe y le castigó. En su travesía por los desiertos, Israel lucha por primera vez contra los amalecitas, que eran un pueblo principal y vencen solo por la pujanza de Moisés. (Éxodo 17:8). Israel además vence a Arad, a los amorreos liderados por Sehón (Números, 21) y rodean tierras por donde no se les permite combatir ni se les da el paso, como es el caso de las tierras de Edom.

En el monte Sinaí, el pueblo judío fue organizado doctrinalmente por el sacerdocio menor de Aarón. Se les inculca estatutos, mandamientos y por sobre todo el desarrollar fidelidad a los convenios con Yahvé. Esta historia es contada en el Levítico, es la formación de los llamados yahvistas que estaban a punto de entrar en una tierra a la que llamarían en un futuro nación, aquello solo era el principio. En el mismo monte, Yahvé entrega por ello el Decálogo de los Diez Mandamientos, pero al bajar Moisés junto a Josué, encuentra a su pueblo adorando un becerro de oro. Esta perversión a los ojos de Yahvé fue castigada con la muerte de quienes lideraban estas prácticas paganas, situaciones como esta se sucederían varias veces en el trayecto hacia Palestina. Yahvé le volvió a dictar sus diez mandamientos y para transportar las sagradas escrituras, se construyó el arca de la alianza. Para portar dicha arca, se construyó el Tabernáculo, que sería el transporte del arca hasta que se llegara a la tierra prometida, donde se construiría un templo donde albergarla. Ya cerca de la tierra prometida, Moisés encomienda a 12 espías el investigar y dar un reporte de las bondades de la tierra de promisión, pero al volver, 10 de los 12 espías dan un reporte sumamente desalentador sobre las gentes que moraban sobre estas tierras, inculcando miedo a las huestes armadas y por sobre todo desconfianza a las promesas de Yahvé. Esta historia es contada en el Deuteronomio y en el Libro de los jueces. Según esos textos, Yahvé, al ver el miedo de su pueblo elegido, prohibió la entrada de todo varón de guerra, mayores de 20 años, a la tierra de promisión, incluyendo al mismo Moisés quien solo se le permitió verla desde lo alto de un monte Horeb. Ya estando cerca de Moab, Balac, rey de los moabitas ve venir a Israel por el margen oriental y teme del pueblo de Israel, manda a llamar a Balaam, un sacerdote de Melquisedec (Números 22) para que maldiga al pueblo de Israel; pero Yahvé envía a un ángel a interponerse en el camino de Balaam hacia el monte de Bamot-Baal y es persuadido a bendecir al pueblo israelita y lo hace tres veces a pesar de los deseos de Balac.

Finalmente, tras cuarenta años de vagar por el desierto, los hebreos de aquella generación murieron en el desierto (Éxodo 16: 35; Números 14: 33, 34: Deuteronomio 1: 1-3; 2: 7; 8: 2, 4). Una nueva generación de hebreos libres, nacidos en el éxodo, llegaron a la Tierra Prometida y entraron por fin a ella guiados por el profeta Josué. Moisés, permaneció con aquellos que no iban a entrar a las tierras prometidas y sabiendo que no estaba lejos la hora de su muerte, le pasó el mando a Josué. Josué cruza el río Jordán dejando atrás casi 40 años de permanencia en el desierto de Parán y una distancia recorrida cercana a los 1000 km (a razón de 25 km/años) desde que dejaron Pi-Ramsés en Egipto. Cuando murió Moisés, a la edad de ciento veinte años, fue llorado por su pueblo durante treinta días y treinta noches, su sepulcro jamás ha sido hallado pero su herencia es eterna en la memoria colectiva de la humanidad, uno de los padres de la nación hebrea[1]

La Factoria Historica


[1]Soggin, Alberto (1987). Introduzione all’antico testamento. Brescia: Paideia Editrice. ISBN 88-394-0399-X; Keel, Othmar (2007). La iconografía del Antiguo Oriente y el Antiguo Testamento. Madrid: Editorial, Trotta. ISBN 978-84-8164-785-3; A. Robert y A. Feuillet (1965). Introducción a la Biblia. Barcelona: Editorial Herder.

About these ads

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

IDIOMA

La Factoria Historica

Twitter

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 4.694 seguidores