El siglo XVII vio los campos del cristianismo bien delimitados. De un aparte el protestantismo, plenamente disidente, sin posibilidades inmediatas de reintegración a la fidelidad de Roma. De otra, la Iglesia católica, con una estructura concreta y con la figura del Papa notablemente robustecida. Las figuras cumbres de aquella época surgieron en diversos campos. Fundadoras como Santa Teresa de Jesús; reformadores como Pío V, San Carlos Borromeo y San Pedro de Alcántara; místicos como San Juan de la Cruz y apóstoles misioneros como San Francisco Javier, sin olvidar héroes de la caridad al estilo de San Juan de Dios y, posteriormente, San Vicente de Paúl…
La iglesia en el mundo contemporáneo
Las herejías, menos virulentas que en siglos anteriores, también aparecieron en especial en Francia, donde los jansenitas de Port-Royal sostenían que el hombre no es libre para salvarse o condenarse. Otra vez se ponía de manifiesto el gran problema de la predestinación que tanto eco tuvo en la literatura, el condenado por desconfiado, incluso en Don Juan Tenorio. La tesis de la predestinación que impulsaba a la desesperanza de salvarse, tuvo que ser condenada por la Iglesia. Al mismo tiempo, los soberanos absolutistas de francia (galicismo) y de España (regalismo) tendían a crear un catolicismo nacionalista con un gran predominio e influencia de poder civil. El avance conseguido por San Ignacio y Trento se iba a ver frenado y casi detenido por la aparición de la Enciclopedia y la Revolución Francesa a fines del siglo XVIII. La incredulidad, el ateísmo y la indiferencia religiosa fueron los grandes enemigos de la fe en el alborear del siglo XIX. Ya no se luchaba, como en tiempos del emperador Carlos, por una idea religiosa, errónea o verdadera, sino que se combatía, de palabra o por la espada, entre creer o no creer.

La ironía de Voltaire y el naturalismo de Rousseau, nacidos en el ambiente disipado, vicioso y decadente de la corte de Luis XIV, en la época de los “libertinos”, preparó la gran revolución del 14 de julio. Los enciclopedistas, algunos de los cuales se declaraban simplemente ateos, prepararon la venida del liberalismo. Es bien sabido que los soldados de Napoleón lo desparramaron por toda Europa y los Estados nacidos después de Waterloo llevaban en su interior el germen de una revolución política, pero con raíces antirreligiosas indudables. Pío VII tuvo que sufrir el enfrentarse con Napoleón I, que deseaba obtener el divorcio de Josefina. Durante 14 meses estuvo preso, pero finalmente el pontífice regresó a Roma y años más tarde el emperador de los franceses moría en una isla perdida en el Atlántico Sur. Al comenzar el siglo XX el Papa se consideraba voluntariamente preso en el Vaticano desde el momento en que al constituirse el reino de Italia, las tropas de Víctor Manuel habían disuelto los Estados pontífices. Esta situación anómala fue resuelta en 1929 gracias al Tratado de Letrán por el cual se constituía el territorio de la Santa Sede, o Vaticano. En el campo político y social tres grandes tendencias se manifestaban entonces con claridad; el viejo liberalismo convertido en defensor de los derechos de la personalidad e individualidad en contra del poder abusivo del Estado; los movimientos ultranacionalistas denominados corrientemente “fascismo”, por haber sido el duce el primero en manifestarse, y las tendencias socialistas extremadas que con el nombre genérico de “comunismo” predicaban una dictadura del proletariado y el Estado. Nada pudo hacer el pontificado para evitar las guerras mundiales de 1914 y 1939, salvo cooperar al socorro de prisioneros y personas desplazadas. El siglo XX se presentó con el signo de lo social.

La doctrina católica sobre el trabajo fue expuesta ya con claridad por León XIII en su encíclica Rerum Novarum y subrayado por Pío XI en la titulada Quadragésimo Anno. Caracteriza a la Iglesia de la segunda mitad del siglo el elevamiento del papel del clero nativo; la cooperación seglar a la obra apostólica; el incremento del culto a María, manifestado por el realce de Lourdes y Fátima; el movimiento provocado por el Año Santo de 1950; la situación especial de los católicos en los países comunistas, que dio lugar a la “Iglesia del Silencio” y el proceso de “aggiornamiento”, es decir, la adaptación de la estructura eclesiástica a las necesidades de la sociedad. La actitud de los sucesores del Papa Pío XII, Juan XXIII, Paulo VI y Juan Pablo II pusieron de manifiesto el interés que despierta el movimiento católico incluso en los medios no confesionales y la realización del Concilio Ecuménico demostró el profundo interés de la Iglesia en las renovaciones de sus métodos para llegar a los grandes sectores de la población moderna.[1]
La Factoria Historica
[1]Pedro Brunori (2000). La iglesia católica: fundamentos, personas, instituciones. Ediciones Rialp. ISBN 9788432133084; Joseph Lortz (2003). Historia de la Iglesia I. Ediciones Cristiandad. ISBN 978-84-7057-470-2; Joseph Lortz (1982). Historia de la Iglesia II. Ediciones Cristiandad. ISBN 978-84-7057-530-3; José Orlandis (2002). Historia de la Iglesia. Ediciones Rialp. ISBN 978-84-3213-372-5; José Orlandis (1998). Historia de la Iglesia. La Iglesia antigua y medieval. Ediciones Palabra. ISBN 9788482392561; Francisco Martín Hernández (1999). Historia de la Iglesia. La Iglesia en la Época Moderna. Ediciones Palabra. ISBN 9788482393902; Vicente Cárcel Ortí (2003). Historia de la Iglesia. La Iglesia en la época contemporánea. Ediciones Palabra. ISBN 9788482393834.








