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La intervención de Italia en la Segunda Guerra Mundial

Desde que empezó la guerra en setiembre de 1939, Italia se mantuvo neutral, a pesar de la presión que ejerció Alemania para que cumpliera lo estipulado oportunamente en el Pacto de Acero. Mussolini, maestro en el terreno de las palabras, definió su actitud declarándose no beligerante, fórmula ambigua y dilatoria que encerraba todos sus temores e incertezas en ese momento crucial de Europa y del fascismo. Italia no estaba preparada para la guerra y sus ocho millones de bayonetas eran un bluff  que le sirvió en los años de entreguerras pero que ahora se le volvía en contra. Nunca antes en la historia de la humanidad un ejército ficticio cumplió un rol protagónico como el ejército fantasma que Mussolini inventó con su poder de seducción e inventiva. El gran periodista en su rol de estadista, en vez de diagramar sensacionales primeras planas en los diarios, convenció al mundo político de que Italia era una superpotencia militar capaz de despertar en cualquier momento. Paradójicamente el único que estaba al tanto de esta gran mentira era su aliado Hitler, bien informado por sus servicios de inteligencia. Sin embargo, era tanta la admiración que el Führer profesaba por su amigo italiano, que en cierta forma lo acompañó en ese juego y nunca lo abandonó, ni aún después de los desastres militares italianos en Grecia y Africa. Cuando sus planes de guerra se vieron afectados por los desatinos de su aliado latino, en vez de abrirse, salió en su ayuda pagando un precio que más tarde se revelaría altísimo…

La intervención de Italia en la Segunda Guerra Mundial

Mussolini, por su parte, desconfiaba de Hitler. Luego esa desconfianza se transformó en miedo a ser invadido desde la frontera austríaca por lo que ordenó fortificar toda la frontera italo-alemana hacia finales del año 1939. El gran error de Mussolini, como por otra parte de Chamberlain y Daladier, fue ceder sumisamente a las pretensiones de Hitler entre 1935 y 1939, sin imponer un límite cuando todavía podía hacerlo a nivel militar. La anexión de Austria en marzo de 1938 tuvo consecuencias gravísimas para Italia que a partir de entonces quedó expuesta en su flanco norte a la prepotencia alemana. Si Mussolini se hubiese demostrado firme como lo hizo en 1934, Hitler no habría ocupado Austria sin evitar una guerra para la cual aún no estaba preparado. La conferencia de Munich en septiembre de ese mismo año terminó sellando la suerte de Mussolini mucho antes de que Italia entrase en guerra. El 18 de marzo de 1940, Mussolini y Hitler se encontraron en el Brennero pero el Duce siguió sin definirse. Por otro lado, Roosvelt y Churchill lo presionaban para que se mantuviera neutral. Evidentemente estaba en una encrucijada con un panorama sombrío ante sus ojos.

Si se mantenía neutral, sabía que Hitler en algún momento se cansaría de esperar e invadiría Italia de la noche a la mañana. Si se pronunciaba a favor de los aliados, la venganza alemana hubiera sido igualmente terrible, considerando que su capacidad defensiva era prácticamente nula. Además Mussolini sabía perfectamente que no podía contar con el apoyo de Inglaterra y los Estados Unidos, sobre todo, después de ver cómo éstas habían abandonado a su suerte, primero a Polonia y luego a Francia. Contra la creencia general que condena a Mussolini por su decisión de entrar en la guerra en 1940, personalmente considero que la caída del fascismo quedó sentenciada entre los años 1936 y 1938, a raíz de una política exterior desacertada, conducida por un personaje inepto como el conde Galeazzo Ciano, cuyo único mérito era ser yerno de Mussolini. La guerra en Etiopía tuvo un alto costo de vidas humanas y recursos financieros que no justificaron la empresa; la pasividad ante el expansionismo alemán fue sencillamente suicida para un  país que terminó siendo satélite de su “aliado del norte”; la asistencia militar a las fuerzas de Franco durante la guerra civil española  provocó un descalabro financiero que a Italia no le reportó ningún beneficio; y las leyes raciales establecidas en Italia en 1938, dictadas para congraciarse con el régimen nazi, no solo representaron una vergonzosa sumisión a la prepotencia alemana sino que marcaron un quiebre entre la sociedad y el régimen fascista, porque los italianos nunca aceptaron una ideología racial que hasta el propio Mussolini descalificó como un absurdo científico en la famosa entrevista con el periodista Emil Ludwig, apenas seis años antes de su dictado. Tantas incoherencias y cesiones gratuitas desembocaron en la situación de 1940 cuando Italia ya no tenía ninguna posibilidad de elegir su destino. En diciembre de 1939, Mussolini le confesó a Dino Grandi que si Alemania ganaba la guerra, el destino de Italia sería en el mejor de los casos el de una colonia al servicio del imperio alemán. Por el contrario, si Alemania perdía la guerra,  a él lo colgarían e Italia quedaría sujeta a las peores humillaciones.

Hoy a la luz de los hechos resulta fácil condenar su decisión de entrar en guerra al lado de Alemania, pero en junio de 1940 sólo un demente podía pensar que Alemania iba a perder la guerra. Por entonces gran parte de Europa se hallaba bajo el dominio alemán y acababa de caer una potencia milenaria como Francia que ciertamente no era la república de San Marino, como algunos historiadores quieren hacer creer para agigantar los errores del Duce. En una de esas conversaciones que Mussolini y Hitler mantuvieron pocos días antes del ingreso de Italia en la guerra, éste último persuadió a su amigo italiano con un lenguaje descaradamente sincero. En aquella oportunidad le dijo textualmente: “Duce, usted sabe cuánto lo admiro, pero es mi deber advertirle que si me entero que Italia  me traiciona le envidiará el destino a Polonia porque al menos los polacos no me traicionaron…”.  En Italia, además, los grandes diarios e incluso el rey que antes había apoyado la neutralidad, presionaron a Mussolini para que interviniera al lado de Alemania. Hasta los grandes industriales y destacados intelectuales  dijeron que se trataba de una ocasión irrepetible y que era imperdonable no aprovecharla. Todas estos altos exponentes de la vida italiana, después de la guerra, sufrieron una amnesia general y culparon a Mussolini por haber arrastrado a Italia a una guerra que nadie quería. Por suerte los medios gráficos y escritos de la época perduran en los archivos para desmentir esta farsa construida durante la posguerra. Muchas veces, para ilustrar la actitud de Mussolini en esos días, se  pone el ejemplo de Francisco Franco que se mantuvo neutral a pesar de las presiones recibidas en sentido contrario. Se trata de un ejemplo equivocado, teniendo en cuenta que España es un país periférico sin demasiada incidencia en el Mediterráneo. Italia, en cambio, ocupa un lugar estratégico en el mapa europeo que ni los aliados ni los alemanes podían darse el lujo de ignorar. Franco pudo elegir, Mussolini en cambio no tuvo alternativas.

Volviendo al 10 de junio de 1940,  ese día desde el balcón de Palazzo Venezia, Mussolini anunció su declaración de guerra contra Francia e Inglaterra. A partir de ese día Italia dejaba de ser dueña de sus actos y unía su destino al de Alemania. El plan de guerra de los italianos era un gran secreto y nadie sabía cuáles serían las primeras acciones de Mussolini. Los servicios de inteligencia alemana pronto descubrieron que ese gran secreto no se debía a la discreción del alto mando italiano sino a la ausencia de plan alguno. Las hostilidades se iniciaron con un traicionero ataque a Francia en el  sector de los Alpes occidentales, en lugar de ocupar Malta, un error estratégico que el Eje pagaría muy caro en su guerra africana. El ejército italiano, sin preparación alguna, estaba guiado por el príncipe de Saboya, acompañado de condes, duques, marqueses y jerarcas del partido fascista que buscaban la gloria personal en una aventura que recrearía las experiencias de Etiopía. En fin de cuentas, Mussolini les había asegurado que se trataba de un paseo triunfal, un simple trámite en vistas de las futuras conversaciones tras la caída de Francia. “Necesito unos cuantos miles de muertos en el campo de batalla para sentarme en la mesa de negociaciones”, resumió Mussolini con un increíble desprecio por la vida de sus hombres.

Muy pronto, sin embargo, el paseo se transformó en pesadilla y a pesar de que Francia estaba siendo desmembrada por los alemanes, las tropas francesas se enfrentaron heroicamente al invasor italiano provocándole cuantiosos daños y bajas. Afortunadamente para los italianos, el día 24 de junio cesaba la guerra en el frente occidental. Francia se había rendido a los alemanes y ahora era el turno de recoger una porción de la torta. Al menos eso es lo que pensaba Mussolini que pretendía Córcega, Túnez, Avignon, Valenza, Lyon, Casablanca y otras franjas de ocupación a lo largo del Rodes. Hitler, con su habitual diplomacia se encargó de hacer aterrizar a Mussolini, explicándole que las condiciones del armisticio las iba a dictar él. Mussolini, furioso y humillado en su orgullo, regresó cabizbajo a Roma donde firma un armisticio menor que debía entrar en vigor a la vez que el franco-alemán. Allí se estipula la desmilitarización de una franja de 50 kms de anchura en la frontera ítalo-francesa y en la libio-tunecina, así como la utilización del puerto de Djibuti y del ferrocarril de Addis Abeba. Demasiado poco para las aspiraciones iniciales de un hombre que se creyó a la par de los alemanes por haber librado una batalla de 5 días con los franceses ya derrotados[1].

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[1]2003 – Paul Ginsborg, A History of Contemporary Italy: Society and Politics, 1943-1988, Palgrave Macmillan, 2003 – ISBN 978-1-4039-6153-2; 2003 – Paul Ginsborg, Italy and its discontents: family, civil society, state, 1980-2001, London: Palgrave Macmillan ISBN 1-4039-6152-2; 2006 – Paul Ginsborg, Silvio Berlusconi. Televisión, poder y patrimonio, Editorial Foca, ISBN: 978-84-95440-83-9, 200 págs; 2005 – Paul Ginsborg, Silvio Berlusconi: television, power and patrimony, London: Verso, 2005 ISBN 1-84467-541-6

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1 Comentario

  1. Hernán dice:

    Excelente! gracias por el articulo, no sabía que Hitler lo tenía tan cortito a Mussolini, pensé que eran mas pares… evidentemente a Mussolini no le quedaba otra opción, hizo lo mejor para su país, suena espantoso decirlo pero es la verdad. Despues del plan marsall y rodeado de americanos, la vida de los italianos fue un infierno, especialmente para las mujeres
    Saludos

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