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El empirismo de Locke y Hume

Locke y Hume constituyen, junto a Berkeley, los máximos representantes del empirismo. Se conoce como empirismo la doctrina filosófica que se desarrolla en Inglaterra en parte del siglo XVII y el siglo XVIII, y que considera la experiencia como la única fuente válida de conocimiento. Sólo el conocimiento sensible nos pone en contacto con la realidad. Teniendo en cuenta esta característica, los empiristas toman las ciencias naturales como el tipo ideal de ciencia, ya que se basa en hechos observables…

El empirismo de Locke y Hume

John Locke, 1630-1704, cursó estudios de teología, química y medicina en Oxford. Allí entró en contacto con la doctrina escolástica y la teoría de Descartes. Es la formulación clásica del empirismo inglés de la que parte el principio de que todo conocimiento, incluso el abstracto es adquirido, y se basa en la experiencia, rechazando las ideas innatas. El objeto de conocimiento son las ideas, definidas como contenido del entendimiento y sin ningún carácter ontológico, ya que son el resultado directo de la sensación o la reflexión, ideas simples, o el resultado de la actividad asociativa de la inteligencia humana, ideas compuestas. No representa Locke un empirismo radical y acepta el conocimiento por demostración, no fundamentado en la experiencia, como la demostración de la existencia de Dios por el argumento cosmológico o teleológico, y la validez de conceptos originados por el sujeto como los matemáticos o geométricos.

Sus obras más importantes son el Ensayo sobre el entendimiento humano, Tratado sobre el gobierno civil y La racionalidad del cristianismo. Por su parte David Hume, 1711-1776, estudió en un primer momento Derecho, pero pronto se dedicó a la Filosofía. Su filosofía proviene a la vez del empirismo de Locke y del idealismo de Berkeley. Trata Hume de reducir los principios racionales, entre otros la casualidad, a asociaciones de ideas que el hábito y la repetición van reforzando progresivamente, hasta llegar, algunas de ellas, a adquirir una aparente necesidad. Por lo tanto, las leyes científicas sólo son para los casos en que la experiencia ha probado su certeza. No tienen, pues, carácter universal, ni es posible la previsibilidad a partir de ellas. La sustancia, material o espiritual no existe. Los cuerpos no son más que grupos de sensaciones; el yo no es sino una colección de estados de conciencia. Es el fenomenismo. Las principales obras de Hume son el Tratado sobre la naturaleza humana, la Investigación sobre el entendimiento humano y la Investigación sobre los principios de la moral

El empirismo en si supone una crítica a los racionalistas bajo el supuesto que la razón tiene carácter ilimitado, e incluso el propio proceso irracional puede producir cualquier tipo de conclusión. La razón por sí misma no tiene fundamento y funciona a partir de supuestos. Por tanto, sólo se considera válido los conocimientos adquiridos mediante la experiencia. Recordemos que según Descartes las ideas pueden ser innatas, adventicias y facticias. De todas éstas las que para Descartes confieren mayor fiabilidad son las innatas; a partir de éstas, los racionalistas fundamentan la realidad, demostrando la existencia del Yo, Dios y el mundo. Los empiristas entienden por ideas todo aquello que es objeto de conocimiento; Locke incluirá las percepciones, mientras que Hume no. Tanto Locke como Hume admiten un subjetivismo del conocimiento y sostienen que no conocemos realmente la realidad, sólo las ideas sobre ésta.

Locke sostiene, contra la teoría de las ideas innatas de Descartes, que todos nuestros conocimientos tienen su origen en nuestra experiencia, tanto externa, a través de los sentidos, como interna, a través de la razón, -para él, al nacer, nuestra mente es como una hoja en blanco que se irá llenando con nuestra experiencia-. Demuestra la inexistencia de las ideas innatas tanto teóricas como prácticas en las partes 1ª y 2ª del Ensayo sobre el Entendimiento Humano. Afirma que si existieran ideas o principios innatos todo el mundo las poseería, niños, idiotas…, y además todos tendríamos los mismos conocimientos. La idea de Dios, por considerarse innata, tampoco existirá y por tanto no tenemos asegurado una certeza de verdad en las demás ideas.

Locke respeta el cogito cartesiano: Pienso, luego existo. Por tanto, del YO tenemos certeza intuitiva. Para demostrar la realidad extramental, recurre a la casualidad. De DIOS no tenemos una idea innata pero su existencia se puede demostrar mediante la casualidad, porque es el creador del mundo y de nosotros; tenemos pues certeza demostrativa. Del MUNDO tenemos la certeza de que es la causa de nuestras impresiones; se trata pues de una certeza sensitiva. Hume representa un empirismo más radical. No acepta el concepto de ideas de Locke y Descartes, puesto que afirma que nuestro conocimiento se basa en las impresiones, obtenidas mediante los sentidos. Ideas, copias o representaciones de las impresiones. El criterio de certeza de las ideas para Hume es simple, una idea será verdadera cuando provenga de una impresión, cuando podamos señalar la impresión de la que proviene. Según este criterio podremos tener certeza de las ideas actuales que se correspondan a una impresión, o aquellas ideas coincidentes con impresiones pasadas. No tenemos pues certeza de las ideas futuras puesto que carecemos de impresiones. Aun así, en nuestra vida cotidiana creemos tener certeza de lo que pueda suceder en el futuro:

Llueve, la calle se mojará

Lo que hacemos es que establecer una conexión necesaria entre dos hechos en el que se han de producir unos hechos, efecto, porque antes se han producido otros, causa. Pero si aplicamos estrictamente el criterio de verdad, no advertimos ninguna condición necesaria y por lo tanto no podemos tener certeza de que el hecho será cierto. Lo que ocurre es que tenemos una sucesión de impresiones anteriormente repetidas, pero que es incomprobable que vuelva a suceder. Y aunque esto nos pueda ser útil en la vida cotidiana, dice Hume, lo que no podemos hacer de ninguna forma es utilizar la casualidad para pasar de una impresión a algo de lo que carecemos de impresiones. Por ejemplo:

Dios es la causa de nuestra existencia

Y como no tenemos ninguna impresión del YO, DIOS o el MUNDO, no es válido el argumento de casualidad, y por lo tanto no podemos tener certeza de que existan. Para Hume sólo podemos quedarnos en una sucesión de simples fenómenos: es pues fenomenista. Para los empiristas, el origen de nuestro conocimiento es la experiencia. Las ideas de las sustancias con las que nosotros tenemos contacto son incognoscibles, pero dichas sustancias han de existir puesto que son la causa y la unidad de las cualidades sensibles. Supongamos que tenemos ante nosotros un objeto cualesquiera; de él podemos percibir unas determinadas cualidades, su color, su olor, el tamaño. Pero lo que realmente no podemos llegar a percibir es la esencia de ese objeto, su sustancia. ¿Será ese objeto la suma de las cualidades perceptibles sabor, color, olor? No, porque podremos cambiar algunas de esas cualidades y seguir teniendo la misma sustancia (una rosa por ejemplo seguirá siendo una rosa aunque no huela, o aunque esté de color marchito. Sin embargo, nosotros imaginamos que hay una estructura, igual para todas las rosas, que es el soporte de las cualidades sensibles, que le da unidad y a la vez es causa de dichas cualidades sensibles. Hume no acepta las mismas nociones de idea y casualidad, lo que le lleva a afirmar que la existencia de la sustancia es indemostrable; para él los fundamentos de la experiencia serán distintos, aunque coincida con otros empiristas en que el límite de nuestro conocimiento es la experiencia sensible. Hume hizo una distinción entre dos modos de conocimiento, aunque dejando claro que cualquier conocimiento proviene en última instancia de la experiencia..

Las relaciones entre hechos se expresan según Hume mediante juicios de hecho o juicios sintéticos, es decir, aquellos en los que lo que se define o predica del sujeto no está contenido en el concepto de dicho sujeto por ejemplo: Pedro viste una camisa azul. El vestir una camisa azul no está implícito en el concepto de Pedro. Las relaciones entre ideas por si mismas se expresan mediante juicios analíticos, que son aquellos en los que lo que se define o predica del sujeto está incluido en el concepto mismo, de tal manera que de afirmar lo contrario, no se respetaría el principio de no contradicción. Juan de la Vega es una persona. La condición de persona está implícita en el concepto de Juan, de tal manera que si afirmamos lo contrario, Juan no es una persona, estaríamos cometiendo una contradicción. Aun así, es cierto que los juicios analíticos no se relacionan directamente con la experiencia. Todas las ciencias formales, la lógica y las matemáticas, están formadas de juicios analíticos.

Admitiendo la distinción entre impresiones e ideas, partiendo del criterio de verdad, sólo son verdaderas aquellas ideas de las que podamos tener impresiones, y partiendo de que las ideas analíticas son el resultado de procesos mentales sin relación directa con las percepciones, llega Hume a la conclusión de que el límite del conocimiento no es como en Locke, el conocimiento sensible unificado por las tres sustancias, Yo, Dios y Mundo, sino que nuestro conocimiento de la sustancia es inválido porque está basado en la casualidad. Por tanto, si rechaza las sustancias y el principio de casualidad, nuestra experiencia no se puede constituir o unificar. Solamente, dice Hume, podemos captar la continuidad o contigüidad de las impresiones a través de la memoria, y conocer fenómenos que no mantienen entre sí una conexión real. Con esto estamos negando la ciencia, basada en el principio de casualidad, asignar a todo efecto una causa, y reducimos nuestro conocimiento de la realidad a meras impresiones aisladas. Llegamos pues a una postura escéptica, que constituye una corriente filosófica denominada fenomenismo.

Estando influido por Newton, coetáneo, fundador de la física moderna. Hume, al igual que Newton había hecho con la física, pretende la creación de una ciencia del hombre, del conocimiento humano. De esta perspectiva es donde Hume estudia la moral. Sus posturas se pueden resumir en tres planteamientos fundamentales recogidos en su Tratado sobre la Naturaleza Humana, donde concreta posturas de anteriores filósofos como Shaftesbury y Hutcheson, en el que dice que la razón no fundamenta nuestros juicios morales porque cualquier código moral se puede reducir a un conjunto de juicios, en los cuales se da a partir de una aprobación o desaprobación; es decir, los juicios morales determinan nuestra conducta. Hasta ese momento, sobre todo la filosofía griega, la virtud se había identificado con la razón. La razón no determina nuestra conducta ni la prohíbe. Recordemos que para Hume la razón puede clasificarse en relaciones entre ideas y relaciones entre hechos. Pues bien, ninguna de las dos va a determinar nuestra conducta, la una por no tener en sí misma aplicación concreta, al reducirse a meros universos intelectuales que no se contradicen y que vamos desarrollando; la otra porque por más que observemos un hecho objetivo en la realidad no podemos apreciar el bien ni el mal.

De las dos afirmaciones anteriores podemos deducir que los juicios morales no provienen de la razón. Para explicar de dónde provienen los juicios morales, Hume afirma que objetivamente no tenemos impresiones de la virtud o del vicio, y que éstos provendrán pues de algo subjetivo como son los sentimientos. Por tanto reduce a un nivel emotivo la moral. Esta corriente se denomina emotivismo moral, corriente que llega a nuestros días a través del neopontivismo lógico. En ocasiones no tenemos la sensación de que los juicios morales provengan de los sentimientos. Los sentimientos son unos elementos que se suelen confundir con la razón frecuentemente; esto ocurre porque los sentimientos no son controlables. Hume los considera como algo natural y desinteresado, al contrario de Thomas Hobbes que defiende la tesis egoísta. En estos sentimientos influyen los juicios morales; esta es precisamente su función, despertar un sentimiento en los demás…[1]

La Factoria Historica


[1]Black, M. (1984). Inducción y probabilidad. Madrid: Cátedra. ISBN 84-376-0188-6; Blackburn, S. (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Madrid: Tecnos. ISBN 84-309-3699-2001;  Cassirer, Ernst (1951). Individuo y cosmos en la filosofía del Renacimiento. Buenos Aires: Emecé; Copleston, Frederick (1982). Historia de la Filosofía. 9 tomos. Barcelona: Ariel S.A. Santo Joan Despí. ISBN 84-344-3937-9; Dancy, Jonathan (1993). Introducción a la epistemología contemporánea. Madrid: Tecnos;  Descartes, René (1983). Discurso del método. Madrid: Alianza;  Capra, F. (2008). La ciencia de Leonardo. La naturaleza profunda de la mente del gran genio del Renacimiento. Barcelona: Anagrama. ISBN 978-84-339-6278-2;  Cid F. et alii. (1977). Historia de la ciencia (3 tomos). Barcelona: Planeta. ISBN 84-320-0841-9; Ferrater Mora, José (1984). Diccionario de filosofía (4 tomos). Barcelona jorge em: Alianza Diccionarios. ISBN 84-206-5299-7; Geymonat, Ludovico (1965). Filosofía y filosofía de la ciencia. Barcelona: Labor Madrid;  Goldberg, E. (2002). El cerebro ejecutivo. Barcelona: Crítica; Hermendahl, E. (1969). Física y filosofía. Madrid: Guadarrama; Koyré, Alexandre (1979). Del mundo cerrado al universo infinito. Madrid: Siglo XXI;  Kuhn, Thomas (1981). La estructura de las revoluciones científicas. México: Fondo de Cultura Económica;  Lamote de Grignon, C. (1993). Antropología neuroevolutiva: un estudio sobre la naturaleza humana. Faes Farma. 

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1 Comentario

  1. [...] de la oposición británica del siglo XVIII. Pero quien puede considerarse su influencia natural es John Locke, especialmente en relación con el principio de los derechos inalienables. Los historiadores [...]

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